Prólogo

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Respiré profundamente repetidas veces con la intención de lograr tranquilizarme.

¿Qué estaba por hacer? ¿Con qué cara iba a decírselo?

Faltaba nada para que Gastón llegara a mi casa y ya sentía que carecía de aire. Estaba arrepintiéndome de mi idea de decirle a mi mejor amigo de toda la vida que estaba enamorada de él. Mi inseguridad estaba sobrepasándome y, si seguía así, terminaría por inventarle alguna mentirilla para salvarme. Pero lo que me detenía de mentir era que, en pocos días, él se iría a la universidad de Inglaterra a estudiar teatro. Nuestra relación estaría más acortada por la distancia, y si Gastón se iba a ir, al menos tenía que decirle lo que me pasaba.

Llevaba años enamorada de él, y era duro para mí tener que ver cómo se besaba con las conquistas que encontraba en las fiestas o en el instituto. Sabía que él estaba comenzando una relación amorosa con alguien más, y esa era una razón más para confesarme. Esa muchacha alta y rubia no me gustaba nada para él. Se lo había dicho un par de veces, pero terminaba molestándose conmigo y evitando el tema. No es que no me agradara porque estuviera celosa, y sí que lo estaba, pero la mala vibra y mi detector de falsas se encendía cuando ella estaba cerca. Intentaba ser amable cuando hacía el mal tercio entre los tórtolos en alguna que otra salida, pero en mi mente las maldiciones nunca hacían ausencia.

Me había acercado a la ventana a ver las estrellas cuando sentí unos suaves golpecitos en la puerta de mi habitación. El rechinido de la entrada se oyó y cuando me di la vuelta, ahí estaba Gastón. No hacía falta preguntarle cómo había entrado, recordaba perfectamente que le había dado una llave de la casa. Me sentía pequeña ante él, me sentía nerviosa y muerta del miedo. Pero me repetí una vez más que era hora de hablar. Estaba cansada de guardarme algo tan fuerte para mí sola.

—Hola —saludó y se acercó hacia mí para besarme suavemente en la mejilla. Su perfume se introdujo por mis fosas nasales y suspiré mientras mantenía los ojos cerrados.

—Hola —respondí, y él se sentó en mi cama, atento a mis acciones.

—Cuéntame, ¿qué ha pasado? Sonabas algo inquieta cuando llamaste.

—Tenemos que hablar.

—Soy todo oídos.

Estaba a punto de echarme atrás, a punto de crear esa mentira que pretendía no hacer, pero mi mente fue reproduciendo recuerdos. Había ciertas actitudes que me decían que no me correspondía, pero había otras que me decían que sí.

Ya lo tenía en frente de mí. Ya lo tenía atento a mis acciones y pacífico ante mi sepulcral silencio.

— ¿Estás bien...? —Rompió el silencio—. ¿Qué tienes, Brisa? Te ves algo pálida —se acercó a mí, y nuevamente pude apreciar su dulce y embriagante perfume.

Los escalofríos me recorrieron el cuerpo entero cuando imaginé poder perderme de manera demostrativa en él, sin necesidad de ocultar lo que sentía cada que lo veía. Quizá esa decisión era buena. Quizá esa decisión cambiaba nuestra relación para mejor. Con ese paso podía acercarme de la manera que quería hacia él, y si tenía suerte, Gastón me correspondería.

Mi boca empezó a formular todo, cada sentimiento, cada sensación producida por su presencia. De vez en cuando me atrevía a mirarle a los ojos en busca de alguna buena señal, pero terminaba apartando la mirada porque no soportaba la presión que yo misma había creado. La desviaba a cualquier parte, ya sea el techo, el suelo, la puerta, o el ropero. Era muy cobarde, tenía que admitirlo. Pero sentí orgullo de haber destapado algo que llevaba oculto desde hacía mucho tiempo y algo que había sido muy difícil de empezar a comentar.

Destinados #D1 | Próximamente En Físico Donde viven las historias. Descúbrelo ahora