Megalodon

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La existencia de un megalodon vivo constituiría algo más que el mayor hallazgo de la historia de la zoología, enfrentaría al ser humano a su debilidad, a su ignorancia, a sus miedos.

Prólogo.

David Cann, un paleontólogo marino intenta salvar su matrimonio con un viaje de placer a Tahití. Apenas ha llegado allí cuando recibe una sorpresiva llamada de su antiguo profesor, Renè Samson, pidiéndole que se desplace a una pequeña y desconocida isla cercana en donde ha ocurrido un extraño accidente con un barco pesquero en el mar. A regañadientes, David deja a su novia y acude al lugar del incidente. Pretende quedarse tan solo unas horas y volver, pero una vez allí será testigo de la magnitud del acontecimiento y de las inquietantes implicaciones que lleva consigo. A partir de ese momento David se irá implicando contra su voluntad en una misteriosa y extraña trama que, a medida que avanza, parece desembocar en una sola alternativa: la supervivencia, en algún lugar de la inmensidad del Pacífico sur, de una pesadilla depredadora que todos creían desaparecida miles de años atrás.

Capítulo 1

El hidroavión giró de nuevo en el cielo y la pequeña isla que habían rebasado un instante antes se apareció de nuevo ante sus ojos. Ahora pudo contemplarla con más detenimiento. Lo que más le sorprendió fue que era notablemente más montañosa que las que habían sobrevolado antes. En vano buscó las playas blancas que abundaban en otros lugares o la balsa coralina de aguas azul turquesa. Aquí la tierra parecía precipitarse abruptamente en el mar sin apenas transición y una vez allí seguir descendiendo bajo una masa de agua oscura. A primera vista gran parte de la superficie estaba ocupada por una voluminosa masa piramidal cubierta por un manto de vegetación espesa. De vez en cuando, a cada lado, surgía alguna formación de roca desnuda, como un contrafuerte en el que descansara el enorme peso de la montaña. Y si bien, en la parte inferior, el terreno se escalonaba abriéndose en parte, las terrazas que formaba le parecieron a David de una pendiente demasiado fuerte como para permitir el asentamiento humano. Esa apariencia vertical y escarpada daba al conjunto de la isla un aire cerrado y secreto.

David miró al piloto y éste le sonrió. Había completado el giro y se encontraba en la trayectoria perfecta. El aparato se estabilizó unos segundos en el aire y comenzó a descender. Hasta ese momento David había podido mirar abajo sin marearse; con la distancia todo parecía inofensivo y el viaje podía considerarse incluso agradable, pero ahora, con la superficie del agua tan cercana, sentía el deseo urgente de cerrar los ojos. Tras cabecear el hidroavión dos veces seguidas se sobresaltó y sus párpados cayeron instintivamente. En la oscuridad intentó pensar en otra cosa que le distrajera del momento actual. A veces funcionaba al enfrentarse a una situación que se encontraba fuera de su control. Al menos funcionó en su primera cita con Sarah, cuando ella se empeñó en subir en una de esas máquinas de feria que te elevan en el aire, y una vez allí, a unos metros del suelo, comienzan a girar sin sentido en todas direcciones, con movimientos cada vez más bruscos, como un púgil que intentara golpear sin éxito a un rival invisible. Si hubiera tenido más confianza con ella desde luego se hubiera negado a subir en aquel cacharro infernal, pero se la habían presentado apenas dos días antes y ambos se tanteaban contínuamente el uno al otro temiendo decepcionarse. De repente el hidroavión dio un tumbo violento, como si tropezara con algo en el aire, y de manera natural el parque de atracciones desapareció.

El piloto se volvió un instante hacia David y sonrió. Notaba su miedo. Seguramente lo había visto muchas veces en las caras de decenas de pasajeros a los que había trasladado hasta allí, y en cierto modo no dejaba de ser un divertimento para él.

- Tranquilo, son corrientes térmicas que bajan de aquella montaña, allí a la derecha, ¿la ve? A esta hora están algo revueltas y les gusta jugar un rato con el cacharro. Cuando bajemos un poco más nos estabilizaremos. ¿Se encuentra bien?

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