La unión .Parte I

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−Alise

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−Alise...

Reconocí la voz de Daniel, pese a la oscuridad que envolvía el cuarto.

Me acomodé en la cama y agradecí la ausencia de luz, pues de lo contrario él notaria que había estado llorando.

−¿Qué haces aquí? Creí que ya nos habíamos despedido.−dije, pero en el fondo sentí cierto regocijo de que se encontrara allí.

−Sí...pero no lo hicimos de la mejor manera− indicó, sentándose al borde de la cama. Mis ojos lo escrutaron de cerca, aunque era apenas era visible en la penumbra.

−No fue por mi culpa. Fuiste tú quien señaló que no éramos compatibles.

− Lo sé...pero es evidente que soy un idiota. −‹‹al menos lo reconoce›› −No deberías hacer caso a todo lo que digo.

−Te tomaré el consejo− repuse.− Ahora, dime a qué has venido.

−A parte de a intentar disculparme...a estar contigo. –musitó y yo no pude contener el palpito efusivo de mi corazón.− Espero no me prives de tu compañía. Hoy es nuestra última noche. –su mano buscó la mía y su contacto erizó mis vellos, pues estaban frías.

Ciertamente ese sería nuestro último encuentro y pese a mi enojo y contrariamente a las cosas que había dicho, por efecto de aquel, también sentía tristeza por su partida. Pero no quería volver a claudicar, ni mostrarme vulnerable.

−No sé si sea buena idea que te quedes.

− Por favor Alise...−insistió con un tono suplicante, aunque en esa ocasión no había resultado tan persuasivo como aquella vez en el carruaje. − ¿Acaso no has disfrutado nuestro beso?

−¿A qué viene esa pregunta? − Daniel actuaba raro y eso me inquietaba. Aunque nunca había sido muy predecible que digamos− Te consta que sí me ha gustado, y me pareció sentir que a ti también, pues al principio no te resististe mucho que digamos.

−Y tienes razón...aquel beso fue el acto más especial y placentero que experimenté en mi existencia, pero me costó admitirlo...Sentí miedo y no supe bien cómo reaccionar, sobre todo porque nunca antes había besado a nadie.− su confesión me había sorprendida. Daniel llevó el dorso de su mano a mi rostro y me acarició sutilmente, provocando que me estremeciera una vez más. −¿Tienes frío mi adorada?− preguntó, y antes que pudiera contestar me rodeó con sus brazos y me atrajo a su cuerpo. Mi respiración pareció detenerse en ese instante, por aquella intimidad. Su complexión era fuerte y sus músculos sólidos, en contraste con su piel delicada y suave, que se acoplaba a la mía, en las zonas libres de ropa.– Realmente quisiera quedarme aquí contigo –insistió, acariciando la longitud de mis brazos.

Su fragancia comenzó a envolverme y era tan atrayente como una dulce droga.

−Quédate entonces...−dije cediendo.

En el fondo sabía que en pocas horas se iría y siempre estaba latente el temor de no volver a verlo nunca, pues hasta el mejor plan podía llegar a fracasar si el destino se ensañaba.

−Te quiero mi adorada −murmuró y esta vez, fue él quien comenzó a besarme.  

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