Un nuevo día

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El sol asomaba por el horizonte, iluminando el solitario bosque. Animales de lo más variopintos empezaban a moverse entre los árboles.Un lagarto de cola afilada, escamoso y ágil, con una cola tan puntiaguda como un puñal (de ahí su nombre) se arrastraba por el suelo. Vio un hueco entre las rocas y decidió deslizarse en su interior para resguardarse. Se movió por el interior de la fisura hasta que llegó a un espacio más grande, como una especie de pequeña caverna. Se dió cuenta de que unos ojos brillantes lo miraban desde las sombras, y la criatura a la cual pertenecían los ojos se movió rápido hacia él. El lagarto huyó espantado, y la figura que le observaba empezó a ladrar a la vez que pequeñas lengua de fuego salían de su boca.
John se despertó sobresaltado al escuchar ladrar a su compañero.
-Eh, Broco, ¿que pasa?- Dijo dirigiéndose al lobo. Este se dió la vuelta y empezó a mover la cola enérgicamente.
-Tranquilo chico, tranquilo... Bueno, supongo que es hora de seguir caminando. Oahh- John bostezó. Estaba todavía un poco adormilado pero había dormido asombrosamente bien a pesar de la situación en la que se encontraba. Supuso que sería porque el día anterior había acabado agotado después de todo lo que había pasado. Salió de la cueva y reanudó la marcha en dirección contraria a la que bajaba el caudal del agua. John todavía no se había planteado la distancia que podría haber hasta llegar al lugar donde nacía el río así que solo podía desear que no fuera demasiado largo. El terreno ya comenzaba a curvarse y a ascender, pero como los árboles eran tan densos no tenía ni idea de como era el relieve unos kilómetros más adelante. Los pies de John sudaban en sus maltrechos zapatos, así que se los quitó, los cogió en la mano y continuó descalzo. Le resultaba inquietante tener los pies así de desprotegidos por la cantidad de seres extraños que podría haber allí pero la arena de la orilla del río era suave y blanca, y el tacto era muy agradable. En eso se entretenía cuando escuchó un ruido, como el zumbido ​de una mosca, pero se oía tan fuerte como si estuviera en su oreja y movió las manos alrededor instintivamente, pero lo que quiera que fuese no se había acercado tanto. Miró alrededor suya y entonces lo vio, era una especie de insecto, como un mosquito, pero tan grande como una pelota de tenis. Tenía unas escamas que reflejaban la luz y hacían que pareciera del color del arcoíris. Al contrario de lo que alguien pudiera pensar, estaba lejos de resultar desagradable, es más, se movía de una forma hipnótica, que provocaba en John la necesidad de tocarlo y dejar que se posara sobre él. El bicho se acercó, y entonces dejó entrever un aguijón que dirigía hacia John, pero a este no parecía importarle... Broco, observando la escena considero que la criatura se estaba hacer ando demasiado a John, así que con un gruñido saltó intentando agarrarle entre sus fauces, lo que hizo que la otra criatura viendo el peligro decidiera alejase y volara a la otra orilla del río, donde se perdió entre los árboles. Tras esto John sintió como si despertara de una especie de sueño y vió como su amigo lo miraba de forma extraña.
-No se que ha pasado... Ha sido como si hubiera perdido la capacidad de pensar y no pudiera reaccionar. Gracias Broco, lo has hecho genial, a saber que habría pasado si esa cosa me hubiera llegado a picar.-Broco ladró satisfecho mientras que John lo acariciaba.-Guau, estás muy caliente, aunque supongo que eso será normal en un animal que es capaz de escupir fuego por la boca.
John siguió adelante durante unas horas más, parando solo a refrescarse y cuando veía alguna planta que daba frutos como los que había comido la noche anterior para tomar un tentempié.
-¿Sabes que Broco?-Dijo mientras masticaba uno de esos frutos.-Realmente no se si debo comer esto, pero por ahora no me ha sentado mal, claro que tampoco sé nada sobre posibles efectos a largo plazo. En fin, o muero intoxicado o muero de hambre, así que creo que tampoco tengo muchas más opciones.
El camino acababa donde el río formaba un lago en el que caía una pequeña cascada, que John estimó que tendría cuatro metros de altura más o menos. La pared de piedra no tenía muchos puntos de apoyo y estaba resbaladiza debido a la humedad que el agua causaba. A un kilómetro había una parte por la que era mucho más seguro y fácil subir, así que decidió encaminarse hacia allí. En veinte minutos ya estaba subiendo entre grandes rocas que le proporcionaban plataformas seguras.
John empezaba a cansarse, y agradeció estar en una buena forma física, porque sino no llevaría la mitad de lo que ya había recorrido. Cada vez había menos árboles  a los lados del río, y John vió que este venía de una pequeña montaña situada a un día de camino. Luego miró la posición del Sol que se ocultaba por el horizonte. Se dió cuenta de que Broco ya no estaba, y se asustó. Quizás se había metido entre la maleza y le había ocurrido algo.
-¡Brocooooo!
Llamó desesperadamente al animal, y para su alivio, este apareció trotando alegre con lo que parecía un conejo normal y corriente agarrado en las fauces. Lo depositó a los pies de John.
-Gracias Broco, pero ahora no tengo mucha hambre, dijo mirando al pobre animal.- Te lo dejo para ti.
Broco volvió a coger al conejo y empezó a comérselo tumbado en la hierba. John prefirió no mirar así que decidió dormir allí mismo ya que no tenía donde resguardarse esta vez. Se acomodó en la arena, y aunque no era lo mismo que la cama de su piso, no estaba tan incómodo. Comenzó a pensar en su familia y sus amigos, en su vida esfumada súbitamente, y se quedó dormido.

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