Karen

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Por fin vacaciones. Adiós al frío, al estrés y a el estúpido de mi ex. Bienvenido calor, sol y mojitos.

Se dibujó una sonrisa en mi cara mientras veía por la minúscula ventanilla del avión cómo la ciudad se hacía cada vez más pequeña.

—¿Ya sabes lo que quieres hacer esta semana?

Analicé a mi compañero de asiento que estaba concentrado en una de las revistas del avión. Siempre me había parecido guapo: pelo negro, unos increíbles ojos verdes y esa sonrisa que hace que cualquier chica se derrita. Mike era el hombre perfecto, porque además de guapo, era simpático, tenía buen sentido del humor y me entendía a la perfección. Pero siempre existía algo que lo tenía que fastidiar, y en este caso resultaba que Mike era gay. Por eso nuestra relación relámpago murió la primera -y única- vez que nos acostamos. Fue una decepción absoluta para ambos, pero lo tomamos con humor y decidimos que si no podíamos ser novios por qué no íbamos a ser amigos. Y así empezó una gran amistad. Poco después Mike me confesó que era gay, algo de lo que ya me había dado cuenta porque nos fijábamos en los mismos chicos.

Al no obtener respuesta Mike alzó los ojos.

—¿Qué? —preguntó al verse observado.

—Nada —dije con una sonrisa—. Gracias por acompañarme.

—Ya sabes que puedes contar conmigo para lo que quieras. La próxima vez simplemente pídelo, así Jessy y yo no nos vemos obligados hacerte una intervención.

—De acuerdo -dije avergonzada.

Estaba pasando un año muy malo. Después de estar tres meses saliendo con Alan me fui a vivir con él. Me hacía mucha ilusión, ¡¡por fin iba a salir de casa de mis padres!! Adoro a mis padres, pero por mucho que les quiera estaba harta de darles explicaciones de por qué no había vuelto a casa a dormir. Así que no dudé cuando Alan me lo ofreció. En apenas una semana me instalé. Jessy y Mike, por el contrario, no lo vieron con buenos ojos. Según ellos era precipitado, pero los ignoré. ¿Qué podía salir mal? Alan y yo éramos iguales, nos gustaba la misma música, las mismas películas, los mismos bares... En general compartíamos los gustos, pero, sobre todo, Alan adoraba mi estilo de vestir algo sobrio. Y yo, por supuesto, adoraba el suyo; su pelo lacio negro que le llegaba hasta la mitad de la espalda, su mirada melancólica, sus inseparables New Rocks y su chaqueta de cuero negra. Me enamoré de él nada más verle. Qué le voy hacer... me pierden los chicos oscuros. Pero las cosas no salieron como yo esperaba. Si bien compartíamos gustos, no compartíamos opiniones. Se me escapó un mueca de disgusto al recordar los cinco meses que conviví con Alan. Habían sido una auténtica tortura. Alan me había hecho sentir como si fuera una invitada, en ningún momento sentí que aquella casa fuera mi hogar. Cuando comprendí que, por mucho que me empeñara, aquello no funcionaba hice las maletas y volví a casa de mis padres.

Con mi regreso me acompañó una depresión que me convirtió en un zombi que sólo hablaba de Alan y su estúpido comportamiento tras mi marcha, que se había basado en... no hacer nada y seguir con su vida. Aquello me molestó mucho. Curiosamente más que los cinco meses de convivencia, e hizo que empeorara mi estado de ánimo. Llegó hasta tal punto mi apatía que Jessy y Mike decidieron actuar porque corría el riesgo de acabar perdiendo el trabajo y, en consecuencia, la cordura por completo. Así que me obligaron a coger vacaciones y me metieron en ese avión camino a la playa. No sé que habría hecho sin ellos. Puede que todavía no hubiese dado con el chico perfecto, pero lo que sí que tenía eran amigos de verdad y pensaba disfrutar aquella semana al máximo con uno de ellos. Nada cambiaría eso.

Me recosté en mi asiento satisfecha con mi conclusión y me centré en la película tan inapropiada que estaban poniendo: Destino Final. A ver, no me mal interpretéis, el género de terror es uno de mis favoritos con el de suspense, pero poner una película donde explota un avión... no lo catalogo como película zen para volar.

Continuaba meditando acerca de la película cuando mi atención se desvió hacia mi vejiga. El medio litro de café que me había tomado por la mañana para despertarme quería salir con urgencia.

—Mike, tengo que ir al baño —avisé a mi compañero para que me dejara salir de mi sitio.

De camino a los baños me di cuenta de lo vacío que estaba el avión. Tampoco era de extrañar si contábamos con que estábamos a mediados de septiembre un lunes de madrugada. Casi todo el mundo había cogido vacaciones los meses de julio y agosto, meses mucho más calurosos para ir a la playa. Pero a mí no me importaba, aquello sólo quería decir que las playas estarían vacías.

Estaba ya con la mano apoyada en el picaporte del aseo cuando una garra me sujetó del hombro echándome hacia atrás con brusquedad.

—Lo siento, guapa, es una emergencia —dijo una mujer rubia dedicándome una sonrisa burlona antes de cerrar la puerta delante de mis narices. Parpadeé atónita sin dar crédito a lo que acababa de pasar... ¡¡La muy guarra se había colado con toda la cara del mundo!!

Mis mejillas ardían de indignación cuando la puerta del baño se volvió abrir. Posé mis ojos furibundos en la mujer de melena rubia que salía del aseo mientras se colocaba el vestido azul turquesa de forma distraída. Me aclaré la garganta para llamar su atención. Cuando sus ojos se posaron en mí me crucé de brazos a la espera de una disculpa. Me observó unos segundos sin mucho interés antes de sacar un móvil del diminuto bolso que colgaba de su hombro y ponerse a escribir en él dirigiéndose a su sitio. Abrí la boca perpleja por la poca vergüenza de la mujer. ¡No se había disculpado! Ni siquiera me había dado las gracias por haberla cedido el puesto... aunque hubiese sido de forma involuntaria. Sentí cómo la ira comenzaba a crecer dentro de mí. Odiaba ese tipo de personas. Esas que necesitan pisar a los demás para sentirse mejores. No llevaba bien que me tratasen mal, bastante tuve en el instituto. Así que tendía a no callarme nada y eso era lo que pensaba hacer con aquella mujer, pero... mi vejiga tenía prioridad. Decidí posponerlo tras pasar por el aseo.

Una vez resuelto el problema con mi vejiga eché un vistazo a los asientos en busca de la mujer de pelo rubio. No tardé en dar con ella. Era guapa, aunque para mi gusto llevaba muy poca ropa para estar en un avión y demasiada bisutería. Continuaba con mi análisis cuando sonrió de una forma tan descarada a su compañero que me pudo la curiosidad y desplacé mis ojos a éste. En cuanto vi la sonrisa ladeada se me cortó la respiración y mi corazón empezó a bombear a un ritmo salvaje. Consciente de que me encontraba en una posición muy visible, reaccioné y me oculté detrás de la cortina que separaba los baños del resto de la cabina del avión.

—No puede ser —murmuré sin apartar los ojos del rostro que llevaba un año (y dos meses) sin ver.

Era Chris. Chris mi pesadilla del instituto, que tras pasar dos horas encerrada con él en un ascensor se convirtió en... "Nada" pensé con tristeza sin despegar la vista de su rostro mientras él continuaba sonriendo a la mujer rubia. "Y es mejor así" me repetí al ver de qué manera Chris cogía la mano de su acompañante.

Pasado unos minutos que aproveché para serenarme, decidí ponerme en marcha a mi sitio. Tenía controlada la situación, no pasaba nada. Chris no me había visto, así que podría sentarme y continuar con mi vida sin que la parejita se diera cuenta. Sí, lo mejor era hacer como si no le hubiese visto y dejarlo correr.

Comencé a caminar con paso decidido mientras sin despegar los ojos del fondo del pasillo me repetía: "No le mires, no le mires, no le mires".

Continuaba con esa perorata en mi cabeza cuando algo se enredó en uno de mis pies haciendo que perdiera el equilibrio. Trastabillé un par de pasos hasta que alguien me sujetó por los brazos antes de caer encima de su pecho. Cuando alcé la vista para disculparme, me encontré con esos ojos azules que no se habían borrado de mi cabeza.

—¿Karen? —preguntó Chris con un gesto que no conseguí descifrar.

Morticia 2¡Lee esta historia GRATIS!