El yin y el yang .Parte I

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Durante los siguientes cinco días no había visto a Daniel y eso empeoraba mi estado de ánimo

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Durante los siguientes cinco días no había visto a Daniel y eso empeoraba mi estado de ánimo.

Me sentía inútil porque él se había encargado de mantenerme al margen de sus planes, y ese "periodo de quietud e incertidumbre" no era bueno.

Lo único beneficioso era que, al igual que él, había ganado cierta independencia y los soldados ya no me vigilaban tan de cerca. Podía ir y venir por los sitios de acceso público en el palacio y eso incluía sus gloriosos jardines.

Argos estaba ansioso por marchar y había movilizado a su servidumbre para cargar los insumos: armas, provisiones, en los trasportes que los conducirían hasta aquel misterioso portal. Una tarea de nunca acabar, pues la expedición era numerosa y el equipaje magno.

−Perdone señorita, no sabía que estaba ya aquí.-dijo Isabel.

La anciana llegaba, como cada día, puntual para realizar el aseo del cuarto, dos horas después del almuerzo. Tiempo que yo dedicaba a caminar por el exterior, con la esperanza de encontrarme con Daniel.

De hecho, hacía esos paseos varias veces al día, con el mismo objetivo, pero siempre obtenía los mismos funestos resultados.

−Hoy opté por no salir.-le respondí, al tiempo en que la ayudaba con sus instrumentos de trabajo.−Prefiero colaborarle en sus labores− indiqué, esperando la habitual protesta de su parte, que no tardó en llegar.

Objeción que una vez más decidía ignorar.

Me gustaba ayudarla con la limpieza. No solo porque alivianaba sus quehaceres sino porque yo misma me mantenía ocupada, y sentía que tenía un propósito más efectivo, que simplemente "esperar".

Isabel no hablaba mucho, pero en nuestras efímeras charlas me había contado que vivía en El Refugio hacía casi catorce años. Había llegado a aquel lugar, poco después de que Argos se proclamara soberano y al igual que todos había trabajado arduamente para levantar el reino.

El aquel momento me había compadecido de su situación, pero Isabel me había dicho que la vida allí era mejor opción que seguir padeciendo en Las Ruinas. Además, según ella, sus señores también le habían dado un propósito, al nombrarla nana de sus hijos, después de que la guerra le arrebatara los suyos.

Mientras la octogenaria mujer deslizaba el plumero por el marco del retrato de Evelia, con sumo cuidado y afecto, me animé a profundizar un poco más nuestra charla trivial, esperando que, al fin sintiese la suficiente confianza para abrirse conmigo un poco más.

−La niña Evelia era hermosa− comencé.

Ante la mención de su nombre, sus ojos se iluminaron con un singular cariño maternal.

−Ciertamente señorita. Usted me la recuerda mucho− reconoció al fin.−Sobre todo por su enorme gentileza.

−Lamento mucho su perdida –comenté, manteniéndome activa en mis tareas domésticas. – La muerte de un ser amado deja un vacío difícil de llenar, especialmente si se trata de alguien tan joven...Seguramente su fallecimiento sorprendió a todos, por su corta edad.

−Fue una verdadera tragedia− corroboró la anciana−La niña enfermó repentinamente y no pudieron salvarla y lo mismo le pasó a su hermano gemelo Jonathan.

Esa sí que había resultado una verdadera sorpresa. Argos era padre de dos vástagos, ambos fallecidos.

Imaginaba que él podía cargar con semejantes pérdidas, debido a su impasible temperamento, en cambio Vera había quedado devastada.

−¿Los dos murieron de la misma enfermedad?

−No lo creo. La muerte del señorito Jonathan fue repentina y él no tenía signos de padecimiento. Pero con niños tan especiales nunca se sabe.

−¿Cuando dice que eran especiales, se refiere a que poseían dones mágicos?

La anciana asintió. No tenía por qué ocultarlo, pues tanto ella como yo, éramos conocedoras de los secretos de aquel lugar.

−El señorito Jonathan tenía el mismo espíritu brioso y el carácter difícil de su padre− señaló y esa era una forma cortes de decir que "el señorito era un cretino" – pero en lo demás se parecía a su madre.

−¿Él también había heredado el don de sanación?

La mujer negó, y pude notar como su cuerpo se tensaba.

−La verdad es que esos dones eran propios de su hermana. Jonathan en cambio...él... hacia todo lo contrario señorita Alise... provocaba dolor y enfermedad.

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