Julius De Macedonia

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I

–Princesa Alexandria, ¿A dónde lleva ese bebé?

Una mano huesuda señalaba el pequeño bulto escondido entre pliegues de sabanas en sus brazos. Alexandria, como si fuera un presagio, lo ocultó más en su pecho con temor. Frunció el ceño a la anciana que la había detenido en pleno pasillo del palacio; se había asegurado perfectamente que nadie la mirara mientras huía con su bebé... Nadie... Había afrontado al parto a escondidas, con ayuda de su nodriza y ahora estaba preparada para escapar de ese lugar con un pequeño saco de monedas de oro que la ayudarían a subsistir y a mantener a su bebé alejado de Macedonia y de las garras de su tiránico padre, que seguro asesinaría al niño al enterarse de su existencia.

Después de todo, Alexandria estaba prometida a un príncipe de las cercanías, compromiso que no podría llegar a ser tras haber perdido su inocencia y más que eso, a manos del Dios Febo. Era una completa aberración.

–A ninguna parte –Respondió entre dientes –. ¿Quién es usted? ¿Qué desea?

–Ese niño... –La mujer era vieja, quizás demasiado incluso para mantenerse en pie, y la mano que los señalaba a su niño y ella, estaba cubierta de venas y verrugas que saltaban a la vista. Temblorosa se aproximó a ambos manteniéndose en pie con ayuda de un bastón, Alexandria por instinto dio un paso atrás –. ¿Quieres saber el destino que depara a su hijo...? Princesa...

? Princesa

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–Mi nombre es Julius...

–¿Eh?... ¿Jean? ¿De que estas hablando, cariño?

Con enormes ojos miraba a la mujer frente a ella... ¿Era es su madre? No, no era, se veía diferente. Su madre era hermosa, de cabellos negros largos, ojos oscuros y piel tan blanca como la nieve. Su madre Alexandria había sido la mujer más hermosa de toda la ciudad, envidiada por muchos a pesar de ser solo una simple campesina, muchos hombres se habían intentado ganar su afecto mientras criaba a Julius sola.

No, pero que decía. Su madre había muerto hace mucho.

–¿Qué hay de Pompeya? –Preguntó mirando alrededor, e intentando ubicarse. ¿Dónde estaba? Ese lugar era tan extraño, diferente al hogar tan humilde de donde venía.

La mujer pasó a mirar a un hombre a su lado con curiosidad. –¿Pompeya? ¿De dónde ha sacado eso?

El hombre en cuestión se encogió de hombros, un poco preocupado.

–Tal vez lo hemos dejado ver mucha televisión. Quizás deberíamos intentar hacerlo interesarse en algo más.

Fue en ese día, cuando su vida como Jean-Jacques Leroy comenzó. El mismo día en que recobró esas memorias de su amada Pompeya, de su vida, su sufrimiento, su amor y su muerte.

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Pompeya {Yuri On Ice}Read this story for FREE!