Desde la muerte. Parte IV

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Él, lejos de moverse, simplemente alzó una mano, en una especie de señal y dijo:

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Él, lejos de moverse, simplemente alzó una mano, en una especie de señal y dijo:

−Pueden salir ahora –sentenció y del bosque encantado emergieron otras figuras humanas.

Pude reconocer a algunos de los soldados de El Refugio y entre ellos a Darius.

Pero mis ojos quedaron anclados en la imagen de Argos, el cual sostenía con firmeza la espada de su hija, nuevamente en el cuello de su esposa.

Al parecer Vera tenía un extraordinario don para terminar siendo prisionera, y su maligno esposo, tenía inigualables dotes para salir invicto todo el tiempo; incluso a la misma muerte había vencido.

Aunque no le quedaba mucho tiempo, y a mí tampoco, pues al parecer el destino seguía su curso y la profecía se cumpliría exactamente como había sido establecida.

−¿Entonces decías? -se jactó Jonathan ahora, desde su posición ventajosa.

−¡Te haré pagar de todos modos! –vociferó Daniel, totalmente furibundo.

Había contenido su temperamento, más tiempo del que pensaba.

Avanzó con determinación hacía el hijo del tirano, justo en el momento en que Iris elevaba los brazos al cielo y la claridad del día desaparecía.

Ráfagas de un tempestuoso viento comenzaron a aflorar de ella y a girar a su alrededor convirtiéndola en una especie de remolino blanco y dorado y elevándola por los aires.

Escuché cientos de aleteos aproximarse y comprendí que la reina había llamado a los ángeles que moraban la Montaña Sagrada. Unos a uno, los alados empezaron a materializarse en el claro, cayendo desde el cielo, como astros de fuego plateado.

−Todos lo haremos −recalcó ella, sin ceder ante la manipulación de Jonathan.

Los soldados de Argos se prepararon para luchar, lo mismo que los ángeles que blandían sus plumas-espadas en el aire.

Pero ninguna batalla tendría lugar mientras ellos tuvieran prisioneros.

Jonathan intercambió una mirada fugaz con su padre:

−Sabes que hacer. –susurró.

Este afirmó la hoja de aquella hermosa y bien adornada espada, en el cuello de Vera. Algunas gotas sangre emanaron de aquel pequeño corte propinado, tiñendo de rojo su cuello.

−Por favor, no permitas que la dañen-supliqué a Iris, que era la de espíritu más aguerrido en ese momento.

Mi ángel en cambio había dejado caer la plateada espada a un costado. La hoja centelló antes de apagarse totalmente.

−Muy sensato de tu parte Alise −exclamó cínicamente Jonathan −Aunque sinceramente, sino la necesitara ni siquiera yo velaría por su vida. Menos después de que intentara asesinarme − miró a Vera con desprecio −Por cierto madre, deberías saber que en el palacio siempre hay ojos vigilantes. Fue una estupidez poner veneno en mi comida.

El rostro de Vera era una máscara blanca de seriedad, pero en sus ojos reconocí la mezcla de emociones, furia, y pena, y también un poco de paz, ya que había dejado de cargar con el peso de aquella muerte que tanto la atormentaba.

En ese momento, en medio del debate, oí la voz de Iris clara en mi cabeza.

‹‹Alise, cuando te dé la orden debes irte de aquí. Esto va a estallar en cualquier momento y tú debes mantenerte alejada del conflicto››

No debía decir más, sabía que su objetivo era mantenerme a salvo para que pudiera cumplir con mi destino y yo pensaba hacerlo a como dé lugar.        

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