Prólogo

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ESTAMBUL

–Tiene visita, mi señora –dijo su escolta sin pasar el umbral de la puerta.

–Lo sé, Einar. Hazlos pasar, por favor.

Selina, la bruja, no se inmutó ante la presencia de los recién llegados y siguió trasplantando las delicadas plántulas de sus apreciadas mandrágoras. En realidad, los estaba esperando, y sentía una fuerte curiosidad por saber si su visita estaba relacionada con el reciente encuentro que había tenido con el Jefe álfar.

–Buenas tardes, Selina. –La saludaron los inseparables hermanos.

–Los hijos de Dídrik, el sanador asesinado... ¿Qué os trae por aquí? –preguntó la bruja, girándose hacia ellos.

Los sorprendieron su rostro arrugado y los gruesos mechones plateados que decoraban su cabello. Habían oído los rumores que aseguraban que Selina se había debilitado debido a la muerte de su esposo, pero no esperaban que el envejecimiento que provocaba la ruptura fuera tan acelerado. Parecía una anciana frágil. Su expresión era afable, casi maternal, pero los hijos de Dídrik no se dejarían engañar por esa apariencia bondadosa; no podían confiarse.

–Nos han llegado inquietantes noticias de Europa. Nuestros informadores dicen que los álfar han iniciado la búsqueda de la cura –explicó el mayor de los hermanos. En realidad, solo se llevaban siete minutos, pero él se jactaba de ser el mayor.

–Si vuestros informadores os mantienen al día de los acontecimientos, ¿qué puedo hacer yo por vosotros? –La sonrisa de Selina se ensanchó. Ella conocía perfectamente sus motivos y pensaba sacar partido de ello.

–Los alfar han empezado a buscar el Endir, la cura que nuestro padre inventó. Hace quince años que lo eliminamos, y ese bastardo se llevó lo que sabía de su poción al otro mundo –explicó la menor–. ¿Por qué quieren encontrarla ahora?

–¿Estás segura de estar haciendo la pregunta correcta? ¿Son los motivos de la búsqueda los que os preocupan? –La mirada maliciosa que les lanzó hizo brillar de enojo los ojos de los ghul.

–En realidad, no –intervino el mayor, intentando aparentar indiferencia–. Suponemos que las razones son las mismas de siempre: que los «monstruosos» ghul volvamos a ser los inofensivos álfar que una vez fuimos. Lo que de verdad nos preocupa es la suerte que puedan tener nuestros enemigos en esa tarea. ¿Serán capaces de hallarla? ¿Harán menguar nuestra población de vasallos obligándolos a beber el brebaje de nuestro padre?

–Oh, sí, estoy bastante convencida de que lo encontrarán y de que la población de ghul se verá seriamente afectada –afirmó la bruja con rotundidad.

–¡Lo sabía! ¡Debí matar a papá después de obligarle a darnos la poción! –gruñó la menor.

–Pero aún hay algo que podéis hacer para cambiar los acontecimientos del destino –anunció Selina con voz cantarina–. Os lo diré a cambio de vuestros anillos.

–¡Ni hablar! ¡No pienso dartelo, bruja! –espetó la hija de Dídrik–. Prefiero amenazarte con arrancarte la información, o la lengua... Tú decides.

–No, no, no, pequeña ghulesa maleducada. Si no quieres que tus palabras se vuelvan contra ti, no debes olvidar nunca con quién estás hablando –la regañó Selina. Levantó la mano derecha y, al instante, la garganta de la ghulesa se cerró. ¡No podía respirar! Se puso colorada y después azul. Sus rodillas se doblaron y su hermano tuvo que sujetarla para que no cayera al suelo. ¿Debilitada? Tal vez, pero Selina seguía siendo letal.

–¡Basta ya, por favor! –pidió él. Sus manos empezaban a cambiar, pero sabía que si adoptaba su forma de ghul delante de la bruja, se arrepentiría.

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