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El lugar favorito de Yoichi era el pecho de Kimizuki.

Amaba apoyar su cabeza en ese lugar porque también podía esconderse en el hueco de su cuello mientras dormía. Yoichi siempre se hacía pequeño al dormir siempre buscaba acurrucarse, esconderse, y encajaba perfectamente al dormir con su novio.

El día anterior habían terminado el apoyo al hospital después del accidente masivo, algunos pacientes fueron dados de alta después de recuperar la conciencia, otros se trasladaron a distintos hospitales donde cada uno tenía su seguro médico, eran menos de la mitad aquellos que se quedaron en el hospital, unos pocos habían fallecido; pero eso era algo que a veces no se podía evitar.

Se quedaron más tiempo, hasta que volvió a esconderse el sol y casi cumplieron con las veinticuatro horas, hasta que el jefe de urgencias llamó para dejar salir a algunos y para avisar sobre su posible ausencia durante las siguientes treinta y seis horas. Para suerte de todos, el horario y los pacientes con accidentes menores que llegaban a diario retomaron su rutina.

Yoichi se separó de los brazos del pelirosa y se sentó en el borde de la cama, se quedó viendo a un punto indefinido durante varios segundos y después bostezó. Talló uno de sus ojos con el borde de su suéter y se levantó para meterse al baño.
Dentro, se quitó su suéter que más bien era de Kimizuki y lo dejó en el piso, fue desvistiéndose hasta que abrió la llave de la regadera y el sonido del agua apareció.

Kimizuki despertó unos minutos después, al sentir la ausencia de calor a su lado. Cuando Yoichi despertaba no pasaba mucho para que el pelirosa le siguiera, por más que el castaño se esforzara para que su novio no se diera cuenta y siguiera durmiendo cómodamente no lograba salirse con la suya.

El mayor se arrastró hasta el borde de la cama y bajó sus pies. Se quejó cuando se estiró y su espalda tronó; tomó sus lentes para ponérselos y se fue directamente a la pequeña cocina de su departamento.

El día anterior se había quedado esperando a que Yoichi saliera del quirófano, el castaño se demoró cuatro horas extras y a pesar de que sus salidas tuvieron una gran diferencia de horario, Kimizuki no quiso dejar que su pequeño se fuera solo a casa. Sentarse en la sala de espera durante esas cuatro horas no había sido lo más cómodo del mundo, pero no se quejaba, porque sabía que siempre había familias que esperaban más tiempo que eso.

Cuando Yoichi salió del baño, se fue directamente a la habitación para vestirse; después de dejar la ropa sucia en el cesto que usaba especialmente para eso, vistió unos pantalones sencillos color café, una camisa de botones con cuello y se colocó un suéter sobre ella, además de ponerse sus tenis. Antes de salir de la habitación acomodó las sábanas de la cama y las almohadas.

El aroma que incriminaba a Kimizuki desde la cocina no lo decepcionó, como nunca lo hacía.

Se encontró con el pelirosa moviendo una espátula larga sobre un sartén plano que él mismo había comprado cuando comenzaron a vivir juntos.

Yoichi sonrió y se acercó para pararse en las puntas de sus pies y ver sobre el hombro de Kimizuki lo que hacía, claro que no sirvió de nada puesto que el contrario era más alto.

―Buenos días, Kimi

La voz risueña de su castaño fue el indicio de que sería un buen día.

Kimizuki bajó la flama de la estufa hasta lo mínimo para poder girarse y poder dedicarle un poco de atención a su chico.
Automáticamente los brazos de Yoichi rodearon el cuello de su novio y volvió a ponerse de puntas para alcanzar sus labios.

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