Tras pasar el día en la cama, Harry y yo llegamos a casa de mi madre cinco minutos tarde. Sí, tarde. Y ni siquiera me sentí culpable. Para la ocasión, mi madre se había puesto un formal vestido negro con lentejuelas, dos vueltas de perlas al cuello y todos sus anillos. Jonathan llevaba traje y corbata.

—¿Una relajante cena familiar? —le dije a mi madre. Harry y yo íbamos en vaqueros y camiseta.

—Nunca creí que llegara este día —mi madre agarró a Harry del brazo y lo condujo hacia dentro—. Así que tendréis que disculparme por querer celebrarlo. Entra, Harry, entra. Estoy encantada de conocerte por fin. Miranda me ha hablado mucho de ti...

—¿Ha dicho algo bueno? —preguntó él.

—Pues, no —admitió ella—. Pero no debes ser tan malo si te ha concedido su mano en matrimonio —no paraba ni para respirar—. Me encantaría que me llamaras mamá. Tratarás bien a mi niña, ¿verdad?

—No lo dude.

La casa olía deliciosamente a asado. Inspiré y se me hizo la boca agua. Podría tener los nervios destrozados, pero no había perdido el apetito.

—¡Miranda! —Jonathan me dio un abrazo—. Me alegro mucho de verte.

Le devolví el abrazo; seguía sin saber cómo interpretar su comportamiento. No entendía qué estaba haciendo con Nora.

—Me alegro de conocerte —le dijo a Harry, sonriente. Se dieron un apretón de manos.

—Lo mismo digo. He oído, eh, mucho sobre usted.

—¿Mencionó Miranda que soy terapeuta? Me encantaría ofreceros unas sesiones de consejos prematrimoniales. Pocas parejas las toman, ¿sabes? Por eso el divorcio es tan habitual.

—No necesitamos consejos —dije yo—. En serio. Nos llevamos muy bien.

El rostro de Jonathan mostró su decepción.

—Dudo que hayas superado todos tus miedos a las relaciones, Miranda, y dado que Harry debe estar en los 23… ¿me equivoco?

—No —contestó Harry, controlando su sonrisa.

—Y nunca ha estado casado —siguió Jonathan—. Creo que se puede decir que a ambos os iría bien ayuda profesional antes de decir vuestros votos.

Me froté una sien. «Padre Todopoderoso. Lánzame un rayo. O unas cuantas langostas. O una plaga».

—Señor —gritó mi madre de repente—. Tu anillo. Tu anillo, Miranda. Es precioso. No como esa monstruosidad de cincuenta libras que te dio Richard. Sé que lo odiabas. ¿No te provocó síndrome del túnel carpiano? Este es perfecto. Tiene un buen tamaño, pero no te fastidiará los músculos.

Estuve a punto de taparme la mano; me inquietaba que la gente mirase un dedo como si fuera un objeto de valor incalculable. Pero no lo hice. Permití que Jonathan y mi madre admiraran y alabaran. Harry había elegido el anillo perfecto para mí y estaba orgullosa de él. Y orgullosa de Harry.

—Miranda —dijo Jonathan—, deberías plantearte seriamente llevar un diario de boda.

Había visto a novias escribiendo en sus diarios de boda y siempre me había parecido una tontería. Yo no era una persona sentimental. No quería escribir sobre mis sentimientos.

—Ya veremos —dije, sin pronunciarme.

—Te alegrarás mucho después —dijo mi madre—. Podrás disfrutar de los recuerdos para siempre.

—Y trabajar en algunos de tus problemas —añadió Jonathan.

—Huele de maravilla, señora… mamá —Harry rodeó mi cintura con un brazo—. ¿Es hora de cenar?

—Sí, pero… había pensado que nos sentáramos a charlar un rato antes. Tomar una bebida, quizá. O podría sacar el diario de boda que Jonathan me regaló tras declararse y leer algunos fragmentos.

Me froté la nuca.

—Antes, tenemos unas preguntas para Harry —dijo Jonathan, ordenándole a mi madre con la mirada que se atuviera al plan—. Nos gustaría conocerlo mejor.

—Por favor, no —casi gemí—. Nada de interrogatorios.

—Charlar estaría bien —dijo Harry, risueño.

Me dio un reconfortante apretón.

A veces, tenerlo cerca era como tomar un calmante. Me relajaba y mis problemas parecían disolverse. Tal vez porque olía tan bien. O porque sabía cómo era desnudo. Puro sexo. O quizá porque sabía que era mío. «De momento», me advirtió una vocecita.

Tragué saliva. Estúpidos miedos.

Fuimos al estudio. Harry y yo nos sentamos en el sofá. Jonathan sirvió un brandy a cada uno. Yo acepté la copa y simulé tomar un sorbo. No iba a hablar de embarazos después del fiasco de los trillizos.

—Harry, querido —dijo mi madre—. Me muero de ganas de saber cómo convenciste a mi dulce Miranda para que se casara conmigo.

—A base de sesiones de sexo duro, si queréis la verdad —dije. Mi estrategia era sencilla. Ser tan directa que mis padres no se atrevieran a preguntar más. Era eso, o arriesgarme a que preguntaran algo que no quería contestar.

Mi madre se sonrojó, Jonathan tosió y desvió la vista. Harry apretó los labios para contener una risa.

—Me alegro de no ser el único que está a merced de esa lengua afilada que tiene —dijo Harry—. No le asusta decir lo que piensa, ¿verdad?

—¿Es ésa la razón de que la escogieras entre tantas solicitantes? —preguntó Jonathan—. ¿Su… franqueza?

—Miranda no tuvo que rellenar una solicitud me di cuenta de que estaba un poco avergonzado—. Se convirtió en la única elección posible desde el momento en que la vi.

Sentí una opresión en el pecho, como siempre que decía esas cosas tan dulces. Incluso mi Tigresa interior ronroneó como una gatita.

«¿Qué harás cuando comprenda que fue una equivocación?» La horrible pregunta rondó mi mente. La aparté a un lado, negándome a planteármela.

—Eso es lo mas romántico que he oído nunca. ¿Has oído, Jonathan? ¿Has oído lo que ha dicho de mi nena? —mi madre se llevó la mano a la boca.

Me pareció ver lágrimas en sus ojos.

Sí, lágrimas sin duda. Se derrumbó en el sillón, y empezó a emitir sollozos desgarradores. Me levanté y corrí a su lado.

Beautiful mess (Harry Styles)¡Lee esta historia GRATIS!