Universo dorado

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Toda la casa era de un gris azulado: los dormitorios, el comedor... es decir, toda, excepto el aseo, que no poseía más que una pequeña ventana cuadrada que daba a un pequeño patio de luces donde nunca había luz... y la cocina. Aquel era su lugar favorito en todo el mundo a esas primeras horas del día, pues los primeros rayos de la mañana, los más sublimes, efímeros y especiales se colaban por la pequeña ventana orientada al noreste, inundando la fábrica de comida del color del trigo, de un limón recién exprimido y de un plátano sonriente. Y así, esos primeros minutos de la mañana, ella se los pasaba en aquella jaula de oro, en la cueva del sol, preparándose para brillar tanto que hasta ella misma podría sustituir a su amigo al atardecer, cuando el oeste convierte al sol en ocaso y aquella ventana lo espera impaciente hasta el próximo amanecer.

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