¡RECHACE IMITACIONES!

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En un capítulo anterior te aconsejé leer. Ahora te ordeno que no imites.

Casi estoy seguro de que ya hiciste los deberes (o la tarea, como decimos acá en México) y has conseguido ejemplares de diversos autores, has visto cómo narran y crean personajes y mundos. Ahora tú quieres hacer lo mismo. Puede que sea muy pronto para exigírtelo, pero prefiero hacerlo desde ahora y no cuando tus bestiecillas hayan crecido y no puedas domarlas. No trates de escribir como ellos. Mejor escribe como tú aunque no sepas ni jota. Usa tus palabras. Usa los recursos literarios que conozcas; y si no conoces alguno, espera mis próximas entregas para que por lo menos empieces con eso. Pero, por el amor de Olam, ¡no imites a ningún autor jamás! Si no haces caso, sufrirás la maldición del Faraón.

Mario Vargas Llosa decía en su archirecomendada obra Cartas a un joven novelista: "Leyendo Cien años de soledad o El amor en los tiempos del cólera nos abruma la certidumbre de que sólo contadas con esas palabras, ese talante y ese ritmo, esas historias resultan creíbles, verosímiles, fascinantes, conmovedoras; que, separadas de ellas, en cambio, no hubieran podido hechizarnos como lo hacen, porque esas historias son las palabras que las cuentan. La verdad es que esas palabras son las historias que cuentan, y, por ello, cuando otro escritor se presta ese estilo, la literatura que resulta de esa operación suena falaz, mera caricatura. Después de Borges, García Márquez es el escritor más imitado de la lengua, y aunque algunos de sus discípulos han llegado a tener éxito, es decir muchos lectores, su obra, por más aprovechado que sea el discípulo, no vive con vida propia, y su carácter ancilar, forzado, asoma de inmediato. La literatura es puro artificio, pero la gran literatura consigue disimularlo y la mediocre lo delata."

Lo que el presidente quiso decir... ejem... lo que el señor Vargas Llosa trató de comunicarnos es un hecho sencillo pero complejo. La imitación no es más que una caricatura del original. Si intentas escribir como hacía Tolkien o igual que J. K. Rowling, no pasarás de ser una burda copia de ellos. Lo peor del caso es que un lector con verdadera pasión por la literatura (o un editor si buscas publicar) te descubrirá de inmediato ¿Y qué pasará? Simplemente dejarán de leerte o tu manuscrito irá a la pila de basura —Slush pile, si usamos la juerga del mundillo—. Explicar esto es fácil; lo complicado es que no se note de quién aprendimos.

En el párrafo anterior de Cartas a un joven novelista hay una palabra que me pareció interesante: ancilar. Se me ocurrió buscarla en el diccionario de la Real Academia y resultó ser un adjetivo referente a la ancila... que es una esclava. Pues bien, al imitar a otro escritor, esclavizas tus obras a la mediocridad.

Por desgracia, sólo conozco una manera de evitar el bache de la imitación: Leer mucho y escribir mucho usando todo tu conocimiento. No importa si es poco ahora. Verás cómo incrementa con el tiempo. La literatura podría compararse con una maratón. Tal vez al principio te quedes sin aliento y no resistas más de 100 metros pero, si continúas entrenando, adquirirás condición física para soportar la competencia. Recuerda, nadie nace enseñado.




Vaya. Me sorprende lo serio que me puse ahora.

Así que quieres escribir...¡Lee esta historia GRATIS!