El Conejito Rosa

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No es una historia sad, es más bien un especial de día de muertos/halloween
RabbitR, amame ;;




El sol se ocultaba en el cielo gris y como cada tarde la voz de la bocina se alzaba impotente en el centro del parque de diversiones buscando a los niños perdidos.

El parque estaba a punto de cerrar, todos los shows habían terminado y los juegos ya reposaban después de un día de sonrisas y diversión. Los tipos que llevaban disfraz y botargas ya no las traían, a excepción de uno.

Llevaba en su mano un ramillete de globos rojos que flotaban por encima de sus orejas rosadas. Era un conejo, un lindo conejito rosa, de largos bigotes y ojos saltones. Era el favorito de todos los niños. Con él, todos ganaban un premio y los hacía reír con chistes y bailes.

El Conejo miraba hacia la alta bocina, esperando pacientemente a que anunciara el nombre de cada uno de los niños encontrados y el de los niños perdidos.

Una mujer con vestido blanco y cabello rubio se acercó al gran Conejo Rosa.

-Disculpa, ¿has visto a mi hijo?- la mujer recordaba al conejo, su hijo había participado con él bailando y cantando, y por supuesto, el Conejo también la recordaba.

-No- respondió una voz fría, muy diferente a la voz que cantaba y hacía bromas en el show.

-Es bajito, tiene cabello rubio y ojos azules al igual que los míos, traía una playera blanca y pantalón...-.

-No lo he visto-.

La facción de la mujer se quebró en una mueca de desesperación, angustia y tristeza.

-¿Cómo se llama su hijo?-.

-Jamie...- dijo ella con la voz quebrada por las lágrimas que salían sin cesar de sus ojos.

El chico que estaba dentro del conejo sonrío.

-Le ayudaré a buscarlo- dijo la voz que salía de la cabeza del conejo.

Extendió su mano con un globo rojo y se lo ofreció a la mujer. Ella miró confundida al globo, lo tomó con sus temblorosas manos y con los ojos inundados en lágrimas siguió su camino gritando el nombre de su pequeño esperando inútilmente una respuesta.

La voz de la bocina terminó su recital con el nombre de "Jamie Evans" mientras el conejito le daba la espalda y se dirigía a una pequeña casa que se encontraba al final de la feria, escondida por la gran y vieja rueda de la fortuna y por unos pinos demasiado altos.

Al llegar frente a la puerta de la casa se quitó la cabeza de conejo, dejando ver a un chico de unos veinte años, de cabello castaño oscuro y amarrado en una cola de caballo; sus ojos eran azules, un azul frío y los adornaban unas ojeras moradas; su piel era pálida y fría; su rostro era apuesto y su cuerpo era alto y delgado.

Él sonrió y soltó los globos, dejándolos escapar. Los globos se elevaron hasta lo alto de la rueda de la fortuna y se fueron flotando como si estuvieran huyendo de ése lugar.

El chico entró a su casa sin borrar la sonrisa de su rostro y con la cabeza de la botarga en la mano, se dirigió a la pequeña sala y tomó un bate que descansaba sobre el negro y viejo sillón. Después, fue a la cocina y tomó algo envuelto en una toalla que estaba sobre la desgastada mesa de madera que estaba justo en el centro.

Abrió una puerta de madera algo carcomida que daba a unas escaleras en las mismas condiciones de la puerta y bajó tranquilamente. Las escaleras bajaban a un cuarto lúgubre, frío y con poca iluminación, el sótano.

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