El Refugio. Parte II

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Al ver al comandante los subalternos realizaron un respetuoso saludo militar, que no hacía más que reflejar el rango superior de aquel y aumentar su, ya muy inflado ego, y abrieron el paso de inmediato

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Al ver al comandante los subalternos realizaron un respetuoso saludo militar, que no hacía más que reflejar el rango superior de aquel y aumentar su, ya muy inflado ego, y abrieron el paso de inmediato.

Lo primero que noté al ingresar fue un sitio donde algunos obreros descargan grandes bolsones de materias primas. Visualicé un cartel indicador con los números de cada sector y las referencias de lo que se producía en cada uno.

El cinco era el último. Eso significaba que tendríamos la oportunidad de ver cómo era el trabajo y la producción en los demás sectores.

El sector 1, se caracterizaba por la elaboración de productos agrícolas. Cuando pasamos por ahí observé que varias personas se dedicaban a la molienda y al refinamiento de granos. Había algunas maquinarias rusticas, posiblemente construidas allí mismo y otras más modernas rescatadas seguramente de los escombros de las ciudades ruinosas, las cuales habían sido adaptadas para funcionar manualmente o con vapor.

‹‹Entonces aquí tampoco hay energía eléctrica.›› deduje.

Ya me había dado cuenta hacía tiempo de que el tren funcionaba a vapor, pero no me había imaginado que, al igual que en Las Ruinas, la falta de energía eléctrica era total en El Refugio.

A pesar de ello la fábrica tenía una buena iluminación natural gracias a sus múltiples ventanales ubicados en lo alto, protegidos con gruesos barrotes de hierro forjado, por si a alguien se le ocurría escapar. Aunque a decir verdad, dónde irían aquellos individuos. Afuera no era mucho mejor.

La edificación también contaba con lámparas de aceite ubicadas en zonas estratégicas. Observé largas mesas de madera dispuestas en interminables hileras conectadas entre sí que servían para que los obreros realizaran las distintas tareas de elaboración y envasado. Todos fieramente vigilados por soldados.

A diferencia de la producción, la misma escena se repetía en cada uno de los demás sectores.

El sector 2 dedicado a ganadería, el 3 textil, el 4 carpintería y finalmente el sector 5: metalurgia.

Una vez dentro me di cuenta que era el más importante. El área de los grandes hornos de fundición. Allí se fabrican herramientas, pero también armamento (aunque sin su materia prima, la pólvora) Argos era muy astuto para dejar en manos de unos trabajadores "brutos e inestables" un bien tan preciado. Ese era el lugar donde se habían producido los disturbios.

El joven soldado, que nos había guiado hasta allí, musitó en voz baja:

−Señor, el insurrecto está allí -señaló hacia uno de los grandes hornos de fundición.- Lo tenemos rodeado, pero aún no le hemos podido quitar el arma.

Cuando nos acercamos, divisé a un hombre de avanzada edad y mediana estatura. Sus ojos inquietos nos miraban alertas, desde un rostro demacrado. El sujeto sostenía un trozo de metal afilado en el cuello de uno de los guardias. Su mano temblaba ligeramente, en un tic nervios, pero en su expresión se reflejaba que estaba dispuesto a lo peor.

Darius intentó inicialmente negociar con él, para luego terminar amenazándolo, básicamente. Pero ninguno de los métodos aplicados había dado resultado.

Después de un rato, el obrero inició su perorata, la misma que seguramente había repetido con antelación, sin éxito.

−Estoy harto de ser esclavo de un tirano y de falsas promesas. ¿Dónde está el paraíso que nos habían prometido? Racionan la comida, nos maltratan y explotan...No somos dueños de nuestras propias vidas. ¿Dónde están las medicinas? ¡Exijo las medicinas o este se muere! –presionó férreamente el trozo de metal contra la garganta del soldado, haciendo que un hilo de sangre fluyera del pequeño corte que había hecho en su piel.

Yo me había quedado perpleja con la escena, pero Daniel, quien que me había negado su voz antes, ahora estaba muy ansioso por hablar, incluso a pesar de la advertencia de Darius. Se acercó al hombre en dos zancadas, antes de que alguien pudiera detenerlo y fijó sus orbes en aquel, pidiéndole en voz tenue que bajara el arma, y prometiéndole ayuda.

El sujeto lo miraba con embeleso, mientras comenzaba a retirar el arma del cuello de su rehén, liberándolo. La oportunidad fue bien aprovechada por los militares, que pronto redujeron al obrero y se lo llevaron de allí, aún en su aturdimiento.

−¿Qué le hiciste? –pregunté.

‹‹Seguro lo ha hipnotizado o utilizado alguna misteriosa táctica de persuasión.›› sopesé.

Darius, por su parte, al darse cuenta de que su presencia allí no había servido de nada, probablemente sintiéndose avergonzado frente al resto, por su falta de eficacia, se volvió contra Daniel, furibundo.

−¡Te advertí que no te inmiscuyas! ¡Podría haber muerto uno de los nuestros!

‹‹Ni que los otros no fueran humanos›› pensé.

Entonces el golpe sobrevino, tan rápido, que ni Daniel pudo anticiparlo.

El puño de Darius impactó en su ojo izquierdo e hizo que Daniel se tambaleara hacia atrás perdiendo el equilibrio. Su cabeza golpeó contra un tubo de metal, resultando noqueado de inmediato.

−¡Eres un cretino! -le grité, y sin siquiera pensarlo, mi cuerpo se movió impactando contra el de Darius, en un pobre intento por derribarlo, a pesar de mi tamaño y de tener las manos encadenadas.

Como era de esperar, si tan solo me hubiese detenido a analizar la situación y no hubiese actuado impulsivamente, salí despedida por los aires de un manotazo y choqué contra algo sólido.

De pronto, solo vi un fondo negro y destellos fugaces de luz interrumpiéndolo. Sentí un fuerte dolor en mi mejilla izquierda, que me latía furiosamente, como si un panal completo me hubiera dado una seguidilla de aguijonazos. Además los oídos me zumbaban.

Una sustancia húmeda y caliente empezó a derramarse por mi piel y a filtrarse por mi garganta. Sabía a hierro, oxido y sal. Era sangre, mi propia sangre.

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