Prólogo.

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Primero que nada, me presento. Mi nombre es Leonardo Molander, aunque prefiero ser llamado Leo. Actualmente tengo veintiún años y mi vida es totalmente distinta a como lo era hace más de un año, cuando todo pasó. Ahora debo ir hacia atrás para que todo esto tenga sentido.

Yo solía ser un chico normal. Salía con mis amigos, bromeaba con mi hermano, ayudaba a mis padres en los quehaceres, iba a clases y todo lo que un muchacho promedio hace. Siempre fui el hijo modelo, a mi hermano era al que le decían eso de "¿Por qué no eres tan 'tal cosa' como Leonardo?", sólo unas pocas veces llegaron a preguntarme eso y eran cosas como "¿Por qué te preocupas tanto? Deberías ser un poco más como Marc en ese sentido" y siempre venía por parte de mi padre. Mis notas siempre fueron excelentes, incluso llegué a ser el primero de la clase en la graduación, pero justo una semana antes de eso, todo cambió. Mi madre murió de cáncer. Ni siquiera sabíamos que estaba enferma hasta ese mismo día, una hora antes de que partiera. Desde ese día, nunca volví a ser el mismo de antes.

Al pasar los días, pasé de ser el hijo modelo, el chico alegre y divertido, el que ayudaba a los demás, a ser el hijo que debía intentar ser como su hermano, el chico triste y deprimido, el que necesitaba ayuda. No aceptaba hablar con nadie, ni siquiera con mi padre. Me aislé, los únicos que tenían derecho a comunicarse conmigo eran Marc y Daniela. Ella no duró mucho, pues se fue a Nueva York dos semanas después y como no miraba ni a mi celular, perdí el contacto con ella. Sólo me quedó mi hermano, tampoco por mucho, pues se inscribió en el entrenamiento policial un mes después y sólo lo veía de noche porque su turno era en la tarde y yo me la pasaba durmiendo hasta la hora del almuerzo, momento en el que Marc ya se había ido.

Me cerré casi por completo, mi padre no se preocupaba por mí, de broma me preguntaba cómo me estaba sintiendo, aunque eso no era novedad, él siempre fue así conmigo. Al menos, mi hermano apenas regresaba iba a mi cuarto y no salía de ahí hasta lograr hacerme hablar y convencerme de ir a la cocina a cenar. Él sí se preocupaba por mí, no importaba el poco tiempo que tuviese disponible.

Así fueron las cosas durante dos años. Sí, dos largos años de no hacer nada, así de mal me sentía. ¿Qué puedo decir? De verdad era muy apegado a mi madre. Tampoco es que haya sido igual todo el tiempo, no. El primer año fui empeorando por cada mes que pasaba, eso sí, pero el segundo año fui recobrando lo que era, fui superándolo poco a poco hasta que decidí entrar a la universidad. Presenté la prueba y me aceptaron en Comunicación Social en la Universidad de Miami. Al fin parecía que mi vida volvería a ser normal.

Para ser sincero, me encantaba eso de ser universitario, de verdad necesitaba volver a la sociedad y eso me hizo bastante bien. Esa decisión fue un favor que yo mismo me hice. Volví a ser de los primeros de la clase, varios de mis compañeros se quedaron asombrados al descubrir que un Molander estudiaría junto a ellos. No lo digo por ser presumido, no. De verdad tengo razones para decirlo. Mi familia es muy reconocida en Florida y en gran parte del país, pero fue justo ese detalle el que me hundió al finalizar el segundo semestre.

Llegamos a una parte que era dedicada al periodismo, por lo que todos esperaban grandes aportaciones de mi parte. Las daba, todos se fascinaban con mis ensayos. El gran problema fue la razón: mi madre era periodista. En realidad, trabajaba en todo lo que tuviera que ver con noticieros y parte de la televisión, lo que pasa es que el periodismo era su principal labor. Incluso, era tan excelente en lo que hacía que aún hoy en día sigue en la lista de los mejores, después de casi cinco años sin la posibilidad de algo nuevo de su parte.

Por ese motivo, la mayoría empezó a preguntarme sobre ella, cómo era y ese tipo de cosas. Al inicio no me molestó. Al pasar unas semanas, ya me afectó. Uno de mis amigos lo notó e intentó calmarme, luego intentó detener a los demás, le fue imposible. De repente, me volví uno del montón, ya no sobresalía. Era como si tuviera una nube gris a punto de llover sobre mi cabeza. Los rayos ya estaban cayendo y resonando en mí, hasta que un día, la nube precipitó. Volví a lo que era antes de ingresar. Decidí que ya era suficiente, terminaría el semestre y me retiraría.

Por suerte, quedaba muy poco para acabar, así que no fue mucho el tiempo que tuve que simular como si nada me pasara aunque fuera muy obvio. Presenté mis últimos exámenes, entregué mis últimos trabajos y abandoné todo. Jamás regresé. Al empezar el siguiente lapso, ni me buscaron, nadie fue capaz de siquiera preguntar qué había pasado conmigo. Al parecer, ser el hijo de Rose Ascenzo no me hizo ser tan relevante como para que se interesaran lo suficiente en mí. Sólo les importó tenerme entre sus estudiantes como para decir "aquí estuvo un Molander", sin tomar en cuenta que ni terminé la carrera. Interesados. De nuevo, no culpo a los amigos que hice allá, como no revisaba nada y no aceptaba visitas, de seguro intentaron algunas veces y se rindieron.

Y de repente, ya me había aislado otra vez, pero fue diferente y peor, porque estaba solo. La primera vez, fue en la casa de mi padre, al menos estaba con él aunque ni lo notara y con mi hermano, pero ahora estaba totalmente solo. ¿Cómo se me ocurrió mudarme solo? Nunca serví para eso. Rechacé a cualquiera que intentara hacer contacto conmigo, sólo Marc tuvo la oportunidad y sólo porque es mi hermano. No iba a dejarlo ahí afuera esperando como un perro por su comida. Él no se rendía, era capaz de quedarse ahí por horas, o quizás, si ya había llegado a la parte del entrenamiento en la que les enseñan a patear puertas para abrirlas como se ve en la televisión, creo que también llegaba a ese extremo. Es más, creo que la primera vez me convenció de abrirle así, amenazando con hacer eso. En fin, mi mundo volvió a derrumbarse, ¿cómo se me ocurrió meterme a estudiar algo que era obvio que en algún momento me afectaría por ser lo que hacía mi madre y me acordaría de ella? Qué gran error cometí, debí estudiar otra cosa, quizás todo sería distinto de haberlo hecho.

Este aislamiento, por peor que aparentara ser, duró mucho menos. Al poco tiempo ya salía de mi casa. En una de esas salidas fue que pasó lo que causó que mi siguiente parada fuera la más inesperada. Un día, salí simplemente a caminar, sólo a eso. Quería caminar por las calles de la ciudad. El día estaba soleado, era muy bonito, lo que me ayudaba a sentirme mejor de vez en cuando. Ese fue el caso esa vez, me estaba sintiendo excelente. El simple hecho de salir a andar por ahí ya era una señal de mi mejora.

Ya iba de vuelta a casa, faltaba poco para llegar, cuando de repente me pareció ver una cara conocida en malas condiciones. Me acerqué a ella. ¡No podía ser! Era Pauline, pero estaba tan mal, tan distinta. Ella fue una compañera de clase desde la primaria hasta terminar el colegio. Empezamos siendo amigos, luego de la nada empecé a sentirme atraído hacia ella, cosa que no debí hacer. Creí que podríamos estar juntos y cuando regresamos a clases para tercer año, ella tenía a un nuevo amigo. Qué decir amigo, novio. De paso, me humilló frente a gran parte del colegio, por lo que se ganó algo difícil en mí: mi desprecio.

Regreso a lo que iba. La vi ahí, parada en la calle con una pinta que jamás le había visto. Estaba gastada, esa es la palabra. Llamé su atención y me miró. Sus ojos, sus ojos siempre habían sido hermosos, ahora eran como un adorno navideño dañado, con rojo y verde en tonos espantosos. Era como si se hubiese estado drogando. ¿Pauline era capaz de eso? Quisiera decir que no, pero debo admitir que en los últimos meses que la vi, era similar, sólo que no tan exageradamente y eso fue cuando aún íbamos a la preparatoria. Sus notas bajaron, pasó de ser la eterna primera de la clase a ser el tercer lugar. No estaba mal, aunque igual era algo raro. Todos sospechaban que era porque se había metido en algo malo. Yo sí sabía qué era y sí, se fue con unos tipos que la metieron en un mundo terrible. No podía creer que siguiera con ellos.

Ella se sorprendió al verme. Yo me enojé al verla. Me molestó saber que seguía con esos tipos. Incluso cuando yo la despreciaba, una pequeña parte de mí hacía lo contrario, no porque fuera un enamorado resentido, para esos días aún no había sentido amor de verdad hacia una chica, pero sí era algo que me ponía de mal humor. Creo que llegó a asustarse al ver cómo me torné, no la culpo, porque me enfurecí tanto que me la llevé a mi casa sin su permiso y no la dejé salir, o como normalmente se dice aunque suene más feo, la secuestré.

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