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Pen Your Pride

Desesperación. Parte II

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Recuerdo un día de requisa en particular cuando mi madre y yo merodeábamos cerca del tren, en busca de algo para comer, con la precaución de no ser vistas

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Recuerdo un día de requisa en particular cuando mi madre y yo merodeábamos cerca del tren, en busca de algo para comer, con la precaución de no ser vistas. Ese día lo vi soportando malos tratos de los soldados.

Al principio, cuando el joven bajó del tren, creí que era uno de ellos porque estaba aseado y mejor alimentado que nosotras, pero luego observé la forma en que uno de los guardias lo maltrataba, golpeándolo cruelmente porque en un descuido había dejado caer una bandeja con comida, que llevaba en sus manos y entonces me di cuenta que estaba equivocada.

Mi madre me dijo: ‹‹Alise, ese es un esclavo. Seguramente su familia lo vendió a los guardias por algo que comer.››

Aquellas palabras habían hecho que mi sangre se helara por completo.

‹‹Inepto›› Había gritado el soldado. ‹‹Ahora la comida no se va a poder comer. ¡Ha tocado el suelo de este lugar inmundo! ¡Déjala ahí, que sirva de alimento a las ratas! Si es que todavía queda por aquí alguna.››

Lo cierto es que no quedaba ninguna, ya que hacía tiempo que las habíamos cazado y también era cierto que ese día íbamos a saciar nuestro apetito. Pero ese privilegio estaba próximo a acabarse, por que la tarea de esperar a los demás soldados, que salían a requisar la zona, era cada vez más rápida.

En el lugar donde vivía ya no quedaba nada, ni nadie, de gran valor y utilidad. Hacía mucho que los hombres fuertes se habían ido para combatir en las guerras y ganarse su lugar en El refugio, los ricos lo habían comprado y a aquellos con talento se los había llevado el tren. Solo quedamos unos pocos pobres y mal nutridos, sin nada de interés que ofrecer, salvo nuestra libertad.

Después de aquel encuentro con el esclavo, me había informado bien sobre el tema.

Nuestro antiguo hogar había sido destruido completamente en un bombardeo, así que mi madre y yo habíamos construido el nuevo en un lugar que alguna vez fue la gran biblioteca de nuestra ciudad. Así que, aunque no podíamos llenarnos el estómago con comida, al menos podíamos nutrir nuestras mentes con historias. Claro que ninguna comparable con las que me narraba mi madre, que eran más mágicas que realistas. Esos libros reflejaban la historia, el estilo de vida y las costumbres de nuestra civilización. Hablaban de arte, medicina, cultura, pero sobre todo había libros de estrategias de guerra y luchas de poder, y esclavitud obviamente.

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