Desesperación. Parte I

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¡Esperanza! Eso es lo que me había llevado hasta allí en primer lugar

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¡Esperanza! Eso es lo que me había llevado hasta allí en primer lugar. El anhelo de encontrar un lugar seguro donde descansar. Donde mi joven, pero débil y maltratado cuerpo de tan solo veinte años pueda reposar eternamente.

Hacía días que no había parado de llover. El agua helada y ácida se había calado hasta lo más profundo de mis frágiles huesos. Se hacía cada vez más difícil encontrar alimento ya que las plantas y los animales no abundaban por aquellos sitios, no desde hacía tiempo.

La roca gris y dura me había sacado ampollas en los pies y ya no tenía fuerzas para nada más. Así que con lo último de energía que me quedaba había logrado llegar hasta allí, al lugar que mi madre llamaba El Santuario. Era solo un tronco hueco y retorcido, pero majestuoso e imponente, que según contaban sus viejas historias, era la entrada a uno de los bosques sagrados donde vivían aquellas míticas y gentiles criaturas que cuidaban de la naturaleza y en cierto sentido también de nosotros.

Mi madre era bella, al menos a mis ojos, aunque en realidad lo bello escaseaba en esos tiempos de hambre y miseria, en un mundo que había sido corrompido por el poder y la avaricia, pero aún en este mundo mi madre sobresalía. En ella había un brillo, una luz especial. Claro que esa luz, después de que mi padre murió, no duraba mucho encendida. Había momentos en los que solo se apagaba. Sus hermosos ojos dorados, como los míos, quedaban oscuros y sin vida y ya no veías nada más. No hablaba, apenas comía y bebía (aunque no había mucho que comer) Parecía sumergirse en un océano profundo hasta perderse totalmente en aquellas misteriosas aguas, como en busca de algo oculto en las profundidades, para luego salir de repente a flote y contar historias como estas. Historias de un mundo diferente al que conozco: repletas de magia, bondad, amor y esperanza.

Pero la realidad era que me encontraba allí sola, desamparada, frente a aquel Santuario, con la esperanza de morir, esperando que algo de lo dicho en aquellas historias fuera cierto y rogando a esas legendarias y mágicas criaturas que me ayudaran a hacerlo rápidamente. Aunque era obvio que eso no iba a suceder porque nada era verdad. Dejabas de creerlo con tan solo mirar al alrededor: ruinas de edificios y transportes reducidos a chatarra, producto de grandes guerras que afectaron al mundo hacía quince años atrás, convirtiendo a las ciudades en desiertos, excepto por los que aun vivíamos escondidos en ellas; escasa y rala vegetación, casi ningún animal y por si fuera poco una lluvia incesante que se clavaba en mi piel como cientos de agujas heladas.

No, la magia no existía en el mundo. A veces me costaba trabajo imaginar que mi hogar había sido construido sobre lo que alguna vez fue una gran ciudad, con enormes monumentos, centros de arte, museos, teatros, bibliotecas. Cuando yo nací todo aquello estaba en pie, pero a mis cinco años las guerras habían comenzado y en breve acabaron con todo. Aunque nadie allí se interesaba en el arte ni en la literatura, por eso mi madre cuando narraba esas historias extraordinarias era considerada una loca e incluso a veces pienso que quizá lo haya estado, ya que cuando tuvo la oportunidad de hacerlo no lo dudó: se hundió en las profundidades de su océano para siempre. Nunca despertó. Me dejó sola y desprotegida, sin una luz en la oscuridad del planeta.

‹‹Dentro del corazón humano siempre hay una chispa de luz, y mientras esta se mantenga hay esperanza›› decía. Pero no sé si en verdad los creía, sino no se hubiese dejado morir así.

De todas formas creo que lo mío es herencia si se lo piensa bien, porque eso era lo que estaba dispuesta a hacer. No tardaría mucho más, ya casi podía sentir la paz de la anhelada muerte...

De pronto, divisé una tenue luz a lo lejos y escuché el suave arrullo de una melodía

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De pronto, divisé una tenue luz a lo lejos y escuché el suave arrullo de una melodía. Pensé que tal vez así se sentía cuando dejas este mundo, como si te durmieras acunado por una nana, pero esta idea duró solo un instante en mi mente y pronto me di cuenta que no estaba muriendo, ni mucho menos entrando a un lugar mejor. Lo que veía era la luz del tren que iba a "El Refugio", última cuna de nuestra civilización, dominio del temido Argos, y esa melodía que oía no era más que el susurro distorsionado, que me había traído el viento, de los bocinazos que anunciaban que el tren iba a detenerse.

‹‹¿Qué los habrá hecho parar en este lugar?›› Me invadió el pánico de repente. ‹‹¿Y si pararon por mí?››

Para muchos era mejor vivir en El Refugio que terminar pereciendo en esas ruinas miserables. En cambio, para mí era distinto. Llevaba años acostumbrada a pasar necesidades y privaciones, ingeniándomelas junto a mi madre para hallar alimento e incluso, después de un tiempo, ya no tuvimos que preocuparnos demasiado por ello, pues nos dimos cuenta que había un día en particular en el que era más sencillo encontrar comida: el día en que los soldados de El Refugio hacían la requisa.

El tren pasaba por varias ruinas en busca de personas con ciertos "dones o talentos especiales" para que formasen parte del circo privado de Argos, el soberano de El Refugio. Él había sido el vencedor de la última gran guerra, la cual costó miles de vidas, entre ellas la de mi padre que fue reclutado contra su voluntad, como soldado.

Mi progenitor se rehusaba a pelear, no por cobardía, sino porque no soportaba la idea de dejarnos solas a mi madre y a mí y de que algo malo pudiera pasarnos, ya que éramos lo único que tenía y él significaba todo para nosotras.

Otros, en cambio, se unían al ejército de buena gana, porque habían oído decir que Argos conocía la ubicación del último espacio natural que aún quedaba intacto en la tierra. Eso equivalía a encontrar un oasis en medio del desierto, por ende estaban dispuestos a luchar junto a él para defenderlo. Además estaba la promesa que les hacía a las personas que se le sumaran: la posibilidad de disfrutar, sin restricciones, tanto ellos como sus familias, de "las maravillas de aquel hermoso lugar". Claro que eso era así si sobrevivías. Por eso, a pesar que mi padre y su ejército ganaron la guerra, como él murió, mi madre y yo continuamos viviendo en Las Ruinas, casi muriéndonos de hambre. Aunque francamente hoy me alegro que así haya sido, porque la promesa de que todos disfrutarían de los bienes y riquezas por igual era demasiado perfecta viniendo de uno de nuestra especie.

Cuando la guerra se ganó, los soldados y sus familias se fueron a vivir a El Refugio. Los demás sobrevivientes, que no habían combatido, aferrados a la idea de tener una vida mejor, pagaron con sus pertenencias y objetos de valor un lugar allí, pero estuvieron lejos de alcanzar su sueño. Tuvieron que entregarlo "todo" para poder permanecer.

Argos, con ayuda de su ejército, se hizo del poder y convirtió en rey, mientras que el resto debió acatar sus órdenes, levantar el imperio y trabajar para engrandecerlo.

Tiempo después abrió las puertas a las personas con "talentos especiales" que quisieran integrar el circo y por último les dió una oportunidad a las personas pobres de las ruinas. Estas tendrían un lugar "seguro y digno" donde vivir, a cambio de ofrecer su vida como esclavos.

Y he ahí otra de las razones por las cuales prefería quedarme donde estaba, porque mi fin sería ese en El Refugio: la esclavitud.

Místicas Criaturas. El Refugio ~En Físico PRÓXIMAMENTE~¡Lee esta historia GRATIS!