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Aquella noche era una noche lluviosa, vaya que hacía tiempo que no llovía de tal manera en Paris.

Aun la herida que tenía en el hombro no había cicatrizado del todo y debía pedir ayuda a veces para ciertos movimientos. Ese maldito ladrón me había dado bien duro, sino fuera por ella seguramente ahora estaría en el suelo con los gusanos.

-D'artagnan – Escuche como detrás de la puerta de mi habitación sonaba la voz de Porthos. Era muy tarde para este tipo de visitas. Sin pensarlo demasiado me levante de la cama y me coloque la bata antes de abrirle la puerta.

-¿Qué ocurre? – pregunte alzando una ceja viendo que había una dama detrás de él

- Es algo importante – solamente me contesto eso antes de que su mano se colocara en mi pecho y de un solo empujón se introdujera junto a mí en la alcoba – Espero que no te importe pero no podía dejarla sola

Miré a la chica, una joven mujer de unos treinta y algo de años. Rubia de facciones bastantes refinadas y que por la poca ropa que llevaba consigo dejaba ver que su cuerpo estaba bien formado. Aparte la mirada tosiendo, ya estaban adentro no lo podía sacar de aquí. Realmente le debería dar una patada, cuidándome tanto en los últimos años como para que Porthos me colocara en este tipo de situaciones. Su llegada al palacio como consejero real a veces me daba más dolores de cabeza que alivio.

-¿Qué es lo importante? – pregunte alzando mi ceja mientras me quitaba la bata para dársela a la chica sin nombre. La diferencia entre Aramis y yo era que yo era más débil de lo que parecía – por favor madeimoselle – le hablé a la muchacha mientras esperaba que mi amigo hablara.

El señor de Du-Vallon encendió una vela y agarró la botella de vino que estaba en el escritorio a medio tomar.

-Uno de los embajadores, un hindú... - comenzó hablar Porthos mientras llenaba un vaso. Era raro verlo tan exaltado al hablar cuando eso ocurría era porque algo malo había pasado – Las semillas de café sé que no hacen nada malo, sino dicen que es muy bueno para salud pero...

- ¿Pero? – miré a la chica quien me miraba asustada.

- Como ellos venían de la india he pensado que un regalo no estaba de más, cada uno tiene su función aquí en la corte. Aramis es más diplomático y Athos tu sabes...- tomo del vaso de vino y se dejó caer en la silla

- Porthos al grano ¿Qué ocurrió? – no había nada peor que cuando comenzaba a contarme la historia y la hacía larga para que no lo fuera retar

- Que está muerto en una de las salas, te juro que no lo mate. Se ha pasado con el opio. Yo no sabía que eso podía pasar.

Fruncí mi entrecejo y escuche como la chica se largaba a llorar.

-¿Esta muerto? Puede ser que simplemente este pasado – hable intentando sonar bastante tranquilo

- Ya lo movimos, ella estaba con él. - hizo un movimiento hacia la chica quien entre lágrimas afirmaba con la cabeza - Cuando digo estaba, tú me entiendes. Dice que se ha muerto así, la verdad que lo envidio me gustaría morirme así -una sonrisa apareció en los labios de mi amigo y puse los ojos en blanco, no podía hablarme enserio - No podía dejarla con el muerto. Cuando entre estaba en un estado de crisis.

Di un gran suspiro y camine por la habitación para sacar un pañuelo. Se lo tendí a la chica, quizás para el muerto fue algo agradable pero lo dudo que para ella lo fuera.

-¿Y por qué la has traído a mi habitación?

- Porque Aramis me iba a gritar, él es un obispo imagínate el escandalo si alguien me hubiese visto, Athos es un señor y tu...- Porthos se quedó callado al ver como alzaba mi ceja - de los tres tú eres el más sensato y además creo que entre los dos podemos mover al muerto.

-Reza porque nadie aparezca por mi habitación porque le harás compañía al hindú. – Golpeé el hombro de Porthos – vamos a mover al muerto. Usted señorita quédese aquí y si alguien toca la puerta no diga nada.

Amistades Peligrosas¡Lee esta historia GRATIS!