Vine a Madrid para matar a un hombre al que no había visto nunca

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Vine a Madrid para matar a un hombre al que no había visto nunca y, ahora, me encuentro delante de esta máquina de escribir, desalentado por el amor, esperando a que la muerte que llegue sea la mía.

Crixo; ese maldito cabrón! Obviamente ese no es su nombre real, se dice que se llama Felipe, pero ese nombre no intimida lo suficiente como para ser un capo de la mafia moderna. No toda la culpa de lo que me ha pasado es suya, yo acepte ser uno de sus matones para ganarme la vida fácilmente y he hecho cosas horribles en su nombre.

Él me envió aquí, a matar a uno de los grandes accionistas del país. Él lo llama una prueba de confianza, pero todos sabemos que muchos de los que van a Madrid no vuelven, y si lo hacen sin haber cumplido su objetivo, la afrenta para la mafia es tal, que lo mejor que te puede pasar es quedarte inválido.

En el fondo, es normal que quiera verme muerto, después de dejar escapar a esa abogada, él lo consideró una traición, pero fui incapaz de asesinarla mientras su hija de apenas 5 años miraba desde el coche, quizás tiene razón y soy débil, pero aunque me cueste la vida, no me arrepiento de ser como soy.

Cuando llegué a Madrid me dirigí hacia este mismo hotel para alojamiento. Una mujer gorda y arrugada yacía sentada en la entrada leyendo el periódico más facha que pudo encontrar, solo tuve que decir una palabra: "Crixo". Ella, sin levantar la mirada de la aglomeración de estupideces impresas en papel que leía me dio una llave, yo avance por las mugrientas escaleras. La pulcritud del lugar brilla por su ausencia, la habitación en cuestión tiene más mugre que pared, una cama que parece no haber sido limpiada en años, una bombilla fundida colgada de un cable, por lo tanto la única fuente de luz que tengo es una ventana prácticamente inútil, pues a menos de dos metros hay una pared de tochos, y este cachivache oxidado que tiene más años que la propietaria del local, al cual ignoré por completo el día que estuve aquí, quién diría que sería la mejor manera de ahogar mis penas.

La misma tarde que llegué, fui a buscar a mi víctima en el Wall street madrileño, las calles de la vasta ciudad eran confusas para un chaval que había vivido toda su vida en el plano cuadriculado de Barcelona. Después de un largo paseo, finalmente llegué a la bolsa de Madrid en la Plaza de la Lealtad.

No tenía ni una foto ni un nombre, solo una matrícula, así que me dispuse a buscar disimuladamente por las calles circundantes un coche con la matrícula "5648 JSV". Cuando mi tenacidad empezaba a decaer, allí estaba, al final de la calle, un Mercedes azul marino que parecía recién comprado. Esperé en una esquina para poder reconocer a mi víctima, incluso prepare el móvil para hacerle una foto y no olvidarme de su cara.

Mirando alrededor, me di cuenta de que todos los que pasaban por ahí eran fósiles encorvados con trajes más caros que el hotel en el que estoy, (y no me refiero a una estancia en él). No es muy difícil acabar con la vida de un viejo, pues ya tienen un pie en el otro barrio. Además, no sienta tan mal estrangular a un maldito ricachón que vive de asfixiar a familias humildes.

Un grupo de hombres vestidos de etiqueta salieron del gran edificio. Entre ellos se podía discernir a una figura claramente más alta y esbelta que las demás, un musculado y trajeado rubio de ojos azules era el centro de atención del grupo. Mientras se dirigía a mí, y por ende, al coche, en mi cabeza no paraban de repetirse las mismas palabras: "que no sea él, que no sea él". Desgraciadamente, era él, entró en el Mercedes azul marino mientras mis propios planes de un asesinato fácil se desbarataban por esta jugarreta del azaroso destino.

Después de unos segundos para recomponerme, cogí a uno de los viejos que acompañaban al hombre y le pregunté a dónde se dirigía, que no me incumbía, me dijo, pero después de insistir un poco más y de ejercer una pizca de fuerza sobre el hombro del desgastado hombre me respondió que se alojaba en el Westin Palace, así que ya tenía un destino al que dirigirme.

Después de dar un par de vueltas cual turista perdido, llegué al hotel en cuestión. Al entrar, los botones me miraron mal, supongo que por mis pintas de matado. Una vez dentro, me dirigí al bar del hotel, deseando encontrarlo allí. Esta vez tuve suerte, él estaba en la barra, hablando con el barman. Ese no era un buen sitio para actuar, pero enseguida supe quién me lo contaría todo sobre mi víctima. Me senté unos taburetes a su derecha y esperé a que se marchara, entonces, cuando el mismo barman vino a atenderme a mí con un: "¿qué le pongo caballero?", yo no dude un instante, le cogí de la corbata y le dije:

-Dime todo lo que sepas de ese tío.

-No puedo revelar información de los clientes, es una norma- me dijo intentando no parecer asustado.

-Muy bien, ¿cuántas quieres?

-¿Crees que podrás sobornarme?-dijo recuperando la compostura.

-No, ¿que cuantas puñaladas quieres?- le dije mientras golpeaba sobre la mesa con mi navaja mariposa (todavía no sé cómo nadie de alrededor no se dio cuenta).

Él tragó saliva y me respondió a media voz:

-Puedo llamar a seguridad- a lo que yo le dije:

-Pero tarde o temprano tendrás que salir del hotel.

-Puedo llamar a la policía- me decía mientras notaba el sudor frío por su frente.

-La policía, esos holgazanes corruptos, ¿realmente crees que moverían un dedo por ti?- Se hizo el silencio, entonces supe que ya era mío, así que le dije:

-Venga va, no vale la pena jugársela por un ricachón pijo de estos, ¿no? ¿En qué habitación está el rubio?- bajó la mirada y dijo:

-112.

-Así me gusta campeón- le dije con una sonrisa en la cara. Pero cuando ya me iba me cogió del brazo y me dijo:

-No es una mala persona, pese a ser rico, siempre piensa en los demás, no se merece esto.

Sacudí mi brazo haciendo que me dejara, pero esa frase me dejó pensando.

En cuanto me dirigía hacia el ascensor oí una grave voz detrás de mí: "¡Hey, chaval!". Sin pensarlo dos veces empecé a correr hacia las escaleras, el barman delgaducho ya había cantado, y ahora tenía a los gorilas del hotel detrás de mí. Me planté delante de la habitación 112, y al introducir la ganzúa en la cerradura la puerta se abrió y una mano me llevó adentro.

-Si esos grandullones te persiguen es que alguna gorda has liado, chaval.- dijo con una sonrisa llena de bondad en la cara.

Lo tenía delante, podía apuñalarle en ese momento, pero no lo hice, y me alegro. No me preguntó ni el motivo por el que estaba allí, me ofreció pasar a tomar una copa y charlar un rato. Mi cuerpo permanecía inmovilizado pensando en qué debía hacer.

Después de que él me contara toda su vida lo tuve claro, el no merecía que yo llevase a cabo mi encargo. Después de unas copas de vino, yo también le conté toda mi vida y surgió algo entre nosotros. Sin saber cómo y con demasiadas copas de vino en el cuerpo acabamos en la cama, no recuerdo muy bien esa noche, pero creo que puedo asegurar, que con lo que me espera no tendré ninguna mejor.

Esta mañana me he despertado con un mensaje de Crixo en el móvil, decía: "sí esta tarde no está muerto vendremos a por ti". Tal y como llegué, he desaparecido sin dejar rastro, he bajado por la ventana sin levantar sospechas (suerte que era un primer piso) y ahora estoy aquí.

Vine a Madrid para matar a un hombre al que no había visto nunca y, ahora, me encuentro delante de esta máquina de escribir, desalentado por amor, esperando a que la muerte que llegue sea la mía.

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