Una breve introducción (o tal vez no tan breve)

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    ¿Qué conexión puede existir entre: una princesa triste, un monstruo alienígena, un malvado visir, un laberinto lleno de acertijos, la tumba de un antiguo faraón, viejos recuerdos de familia, seis niños y un perro?

   Mi padre siempre dice que todo relato que se precie ha de tener una introducción llamativa, un desarrollo o argumento bien explicado y un final, a ser posible, feliz; dice también que si además tiene una aplicación para quien lo escucha o lee, ya es la historia perfecta. Como veis, la teoría la tengo muy bien aprendida, ahora bien, hay historias a las que resulta casi imposible encontrarles ni siquiera el principio, así que procuraré seguir el orden cronológico de los acontecimientos. Pero antes de entrar en materia, os voy a presentar a los protagonistas, unos niños que un día descubrieron, por casualidad, el maravilloso poder de la fantasía.

   Creo que empezaré por Natalia, mi hermana mayor (si se entera de que la he llamado niña, seguro que me mata). Tiene dieciséis años y es muy gruñona, no permite que nadie entre en su habitación o toque sus cosas; mamá dice que es la adolescencia pero, sinceramente, desde que tengo uso de razón, la recuerdo así de borde. Se pasa el día hablando por teléfono o conectada al Messenger. Físicamente es bastante mona, aunque jamás lo reconocería delante de ella. Tiene el pelo castaño claro con rizos, que ella se empeña en recoger en una coleta, aunque siempre le queda algún mechón rebelde que le cae delante de los ojos y que tiembla peligrosamente cuando se enfada. Si no está entretenida con sus aficiones favoritas, Facebook o teléfono, la encontraríais delante del espejo. Si el suyo fuese el de la bruja de Blancanieves, seguro acababa aburriéndose de ella y le dejaba una grabación con lo de que es la más bella del reino. A veces tenemos la gran suerte de que quede con sus amigas, una forma de librarnos un rato de ella, y es entonces cuando puede pasarse horas decidiendo qué se va a poner mientras amontona ropa y más ropa encima de su cama.

   Al cumplir Natalia seis años mis padres, que habían decidido ir a por la parejita, se encontraron con la sorpresa de que no llegaba un bebé pareja, sino un trío: mis hermanos José, Luis y Julián. Les pusieron esos nombres porque decían que si los llamaban a los tres de un tirón, parecía que sólo hubiera un niño con nombre de protagonista de telenovela. Si habéis hecho bien las cuentas, sabréis que ahora tienen diez años. Qué os puedo contar de ellos... son sencillamente pura potencia. Papá y mamá nos han contado que cuando nacieron parecían muy tranquilos y apacibles, siempre dormían, no lloraban... Yo creo que estaban estudiando el terreno y cargándose de energía que, por otra parte, parece que aún no han gastado; en casa a veces los llamamos “los duraceles”.Desde P-3 han sacado de quicio sistemáticamente a todos sus profesores; mis padres dicen que más les valdría acampar en el patio de la escuela, porque se pasan más tiempo allí intentando solucionar enredos que en casa. En el fondo (aunque sea muy en el fondo) no son malos, pero son tres, y lo que no se le ocurre a uno, se le ocurre a otro, o lo que es peor, planean algo los tres juntos. Su última afición es sacar de quicio a Natalia, aunque hay que reconocer que eso no es muy difícil.

   Cuando Natalia tenía ocho años -los trillizos dos y, aunque fuera a ratos, parecían angelitos-, mis progenitores se plantearon traer otra criatura al mundo, cruzando los dedos para que fuera una unidad y a ser posible niña, "para equilibrar un poco" decían. Y nací yo, Irina. Mis padres dicen que al lado de mis hermanos soy un cielo, y en parte es verdad; soy bastante tranquila, no me gustan las peleas, por eso a veces soy el centro de las burlas en el cole. Para mi edad, ocho años, soy un poco corta de estatura, pero sobre todo muy delgada, lo que me da la apariencia de ser debilucha. Mamá siempre se esfuerza por hacerme sentir bien, y me dice que lo que realmente hace débil a una persona es no tener la valentía suficiente para aceptar a todos los seres humanos, por muy diferentes que nos parezcan. Algo que he heredado de mamá es su pasión por los libros, a mí me encanta leer, aunque todavía me cuesta un poco si el libro es muy gordo. Todos los profesores coinciden en que soy pésima en matemáticas pero que, por otra parte, tengo un vocabulario muy rico y variado.

Mamá dice que tengo que agradecérselo a los libros.

   Hace unos tres años mis padres vieron un reportaje sobre unas pobres niñas en China; ellos no nos han querido contar todos los detalles, pero al parecer allí, como son tantos, sólo se puede tener un hijo por familia, y no sé por qué extraña razón prefieren a los varones (si soltáramos a mis hermanos en medio del país seguro que cambiaban rápidamente de opinión). A lo que íbamos, muchas niñas son abandonadas en orfanatos donde no tienen ni las atenciones ni el cariño suficientes, así que hubo reunión familiar y se decidió entre todos que podríamos compartir lo bueno que teníamos, con por lo menos una de aquellas niñas, y así fue como llegó a casa Carmen. Le pusimos ese nombre en memoria de mi abuela y además porque es cien por cien español y queríamos que se sintiera muy integrada en su nuevo país.

   Cuando Carmen llegó, tenía más o menos un año; parecía enferma y triste, pero gracias a las atenciones de todos y de los médicos, se ha convertido en una adorable criatura de cuatro años y medio. No conozco a nadie a quien no le caiga bien; es dulce y encantadora, tiene tanta adoración por mí, que desde muy pequeña compartimos habitación. A mí me encanta leerle cuentos y jugar con ella, aunque a veces se pone un poco pesada.

   Llegados a este punto, he de hablaros de las dos superamigas de mamá, las que se encargan de cuidarnos cuando surgen emergencias y no hay tiempo de avisar a canguros. Merche está tan unida a mi madre que hasta se parecen físicamente; la gente piensa que son hermanas y si alguien lo pregunta mi madre siempre responde: "es más que mi hermana; es mi amiga". A decir verdad nos encanta cuando viene, porque solemos hacer lo que queremos con ella; y es que no puede evitar adorarnos, claro que nosotros también la idolatramos.

   A María, la otra gran amiga de mamá, es más difícil tomarle el pelo pero, claro, es monitora de comedor en un colegio y está acostumbrada a lidiar con niños cada día. Es muy inteligente y siempre nos ayuda con nuestros deberes. La verdad es que hasta los trillizos se portan bien cuando ella está en casa.

   Cuando pensábamos que nuestra familia no crecería más, llegó otro bebé; tenía cuatro patas y mucho pelo blanco, parecía una pequeña bola de nieve salvo por las orejas, mejillas y el culito, que eran y siguen siendo de color negro, lo que le da un aire muy gracioso. Como ya habréis adivinado se trata de un perrito, y digo “perrito” porque es una mezcla de yorkshire y caniche. Mi padre dice que es un “yorniche”. Es pequeñito, pesa alrededor de unos dos kilos y mide unos treinta centímetros de alto.

He de deciros que mi madre jamás había consentido que un perro entrara en casa (para quedarse, se entiende), pero mi padre que a veces parece más crío que los trillizos, un día se presentó en casa con él. Es evidente que no quería quedar como la mala de la película, así que después de hacernos prometer que no tendría que preocuparse para nada del animalito, aceptó a regañadientes. Cuando estamos todos delante le llama “chucho” y hace como si no le importara, pero cuando cree que no la vemos le hace carantoñas y le da golosinas. La verdad es que todos estamos como locos con Nikon, que así es como se llama. Sé que parece un nombre raro para un perro, pero es que mis padres tienen una pequeña agencia de diseño gráfico y publicidad, a veces su trabajo incluye hacer fotografías para anuncios, vallas publicitarias, catálogos... Las cámaras de fotos que utilizan son de la marca Nikon, y de ahí el nombre del perro.

   Precisamente y después de las presentaciones, he de decir que todo lo que os voy a contar sucedió por culpa de un cliente de mis padres.