Prólogo

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El teléfono sonó y entre maldiciones Alba Ciampi se removió en su cama. Quien quiera que fuera lo mandaría a la jodida por llamarla en la madrugada. Miró su reloj y vio el gran número tres parpadeando. Si era la tonta de Andy se vengaría por esas llamadas, ella no tenía por qué sufrir desvelándose solo porque una de sus mejores amigas se quedaba despierta por culpa de su trabajo.

Pronto? Buongiorno. Parlo con…

—Francesco? —Alba reconoció de inmediato la voz, de inmediato supo que algo no andaba bien. Desde que renunció al compromiso impuesto por su familia y se trasladó para residir en México, sus padres había cortado toda comunicación con ella y su perfecto hermano mayor siguió su ejemplo. —¿Qué ocurre? Habla en español porque no te entiendo.

—Eres Italiana y prefieres que te hable en un idioma extranjero.

—Soy mexicana. Me naturalice hace unos meses.

—Escucha hermana, no quiero discutir. Tenemos problemas mucho más grandes.

— ¿Qué ocurre? ¿Les paso algo a nuestros padres?

—Por  supuesto que no. El viejo nos tendió una trampa. —Así era como se referían a su abuelo. Joseph Ciampi había fallecido hacía pocos meses y no se sentía culpable por no haber asistido al funeral.

—¿Eso qué significa?

—Puso una clausula en su testamento.

—¿Y eso a mí que me importa? —Recalcó Alba con desdén. Su abuelo la había desheredado por romper un compromiso que ella odiaba así que no le interesaba en absoluto nada que tuviera que ver con la fortuna Ciampi.

—No pienso discutir contigo tus razones para mudarte a un país tercermundista como ese. Pero necesito tu ayuda.

—Muchas gracias por insultar mi país.

—¡Suficiente! Escucha. El testamento se leerá en setenta y dos  horas y mis contactos me han dicho que el viejo fue muy insistente que el director de la cadena de hoteles debe casarse.

Alba alejó el teléfono para que no la escuchara reírse. Su hermano era un playboy. Estaba perdido. Recordó todas las ocasiones en las que su abuelo había intentado casar a su nieto y nunca lo logró. Pero ella sabía cuánto había luchado su hermano para hacerse merecedor a ese puesto, había trabajado mucho en la universidad y se había ganado una reputación con base en su esfuerzo y su constancia.

—¿Y yo que tengo que ver con todo esto? ¿Recuerdas que el viejo me saco del testamento?

—No pienso discutir eso. Si yo no me hago cargo de la dirección de los hoteles, ¿Quién crees que lo hará?

Gulio. Pensó Alba. Gulio era su único primo y un total desastre. Arrogante. Narcisista. Alcohólico. Apostador. Así era Gulio y eso no era bueno.

—¿Qué quieres de mí Francesco?

—Necesito una esposa.

—¿Disculpa? —Aún estaba mareada. Su hermano. Su único hermano mayor. El incasable. El soltero más codiciado de Europa. El playboy… ¿Casado? La sola idea era algo impensable para Alba, sabía que aunque su deseo por ser el presidente de la cadena de hoteles fuera mayor que todo el mundo, el jamás se casaría. —¿Estas bromeando?

—¿Me escucho de ánimos para bromear?

—¿Y porque me lo dices a mí? ¿Por qué no se lo pides a nuestra madre? Ella tiene experiencia en matrimonios forzados. —Francesco suspiro ante el reclamo de su hermana.

—Nuestros padres no saben nada y se supone que esta información aún no se ha divulgado.

—No te entiendo. ¿Qué quieres que haga?

—Necesito que me ayudes a encontrar una esposa en las próximas veinticuatro horas.

—¿Y cómo se supone que voy a hacer eso?

—Es simple. La noche de la lectura del testamento diré que me comprometí hace algunas semanas.

—¿No crees que Gulio sospeche?

—Lo hará. Es por eso que te necesito.

—Ve al grano.

—Diré que mi prometida es mexicana, que tú nos presentaste y llevamos varios meses de relación. —Alba no pudo evitar soltar una carcajada. Su hermano detestaba todo lo que tenía que ver con México y nunca comprendió porque ella había decidido dejar atrás todas las comodidades de Italia.

—¿Acaso estás loco? Nadie te lo creerá. ¡Por dios! Ni siquiera tú te lo crees.

—¿Me ayudarás o no? Necesito una respuesta. Pero si dices que no, tengo que recordarte que el tratamiento de nuestro padre se paga con las ganancias de los hoteles y, ¿Cuánto tiempo crees que duraran si Gulio está al frente?

—¿Por qué yo?

—Por qué me guste o no, tu eres la única persona en el mundo que me conoce lo suficiente y sé que nunca me darías la espalda…como yo lo hice contigo.

Alba sintió un leve remordimiento en la voz de su hermano. Era cierto. Él le había dado la espalda cuando más lo necesitaba, pero ella no era vengativa…al menos no con su familia.

—Conozco a algunas personas. Tal vez nos ayuden.

—Pagaré lo que sea.

—Si lo hacen te puedo asegurar que no te pedirán nada a cambio. Por eso amo este país, todavía queda gente que hace las cosas porque quiere no porque quiera algo a cambio.

—¿Me ayudaras o no?

—Claro que lo haré. Te llamaré mañana. Pero déjame darte un consejo, si piensas soltar la bomba de un compromiso frente a Gulio más te vale empezar a pensar en saltar el charco o nadie te lo creerá. Gulio no es estúpido. Sabrá que mientes y te pedirá pruebas.

—Lo sé. Tengo unas horas más para pensar en esto. Pero necesito un nombre para trabajarlo. Y de preferencia una fotografía.

—Muy bien. Te llamaré en unas horas.

Esa no era la forma que Alba habría querido. Pero era perfecto. Llevaba varios días pensando en un plan para casar a sus tres mejores amigas a cualquier costo. Andrea, Luz y Sofía eran sus mejores amigas desde que llegó a México, eran exitosas y muy talentosas. Pero las tres tenían cerrado el corazón. Alba estaba decidida en hacerlas felices y ya sabía quién sería su primer víctima.

Conocía los gustos de su hermano. Solo un nombre se le vino a cabeza. Era perfecta. Y sabía que sería amor a primera vista. Si había algo que ambos odiaban eran las imposiciones. Pero él necesitaba una esposa y ella necesita un esposo urgentemente. 

Se levantó de la cama y se miró al espejo. Su trabajo como casamentera había empezado. 

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