Capítulo 31: Sin ti

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Al observarla cada día, me daba cuenta que la mayor parte del tiempo no sonreía. Siempre tenía la misma expresión neutral y no se sorprendía por cualquier cosa. Cada vez que la veía, daba la impresión de que ocultaba algo y también... era como si solo fuese un cascaron. Su mirada muchas veces era perdida. Me preguntaba en qué estaría pensando para tener tal mirada. 

No le pregunté sobre eso nunca.

Me encantaba ir a buscarla para que viniera a comer y me hacía feliz ver que degustaba la comida que yo preparaba con una expresión de alegría interna. Como un niño que trata de demostrar que no está tan alegre de recibir un dulce cuando se ha enojado con su padre. Algo así podía apreciar en ella.

El día en que ella me preguntó sobre mis padres cuando estábamos cocinando juntos no pude evitar explotar con ella. Le grité muchas cosas. Para cuando me di cuenta ya era demasiada tarde y lo único que hice fue salir corriendo de allí. No quería que ella viera ese lado de mi. No quería.

Desde que mi madre murió, nunca quise hablar de mi pasado con nadie. Pero cuando mencionó eso, no pude evitar que me hirviera la sangre al recordar a mi padre y todo lo que habíamos pasado mi madre y yo por su culpa y sus malditos negocios sucios con los yakuza. Por eso nunca sacaba el tema. 

Luego de calmarme, me di cuenta de la estupidez que había hecho al tratarla así esa noche. Y la culpa abarcó en todo mi ser. Durante esos últimos días de viaje, la evité lo más que pude. No tenía el valor para verla a la cara. Así llegó el último día de verano en el que iríamos al festival de la ciudad. Cuando la vi vestida con esa hermosa yukata que hacía resaltar el color azul naval de sus ojos, me quedé embobado observándola y al darme cuenta me volteé con la intención de salir del hotel y recé porque ella no hubiera notado mi sonrojo al verla.

Mientras caminaba junto a ella en el festival buscando a Shiro y a Misaki —quienes, como no, se escabulleron de nuestro lado dejándome solo con ella— y parábamos en los puestos pude darme cuenta de algo: Ella aún tenía el alma de una niña. Se emocionaba por cualquier pequeña cosa. Aunque intentara ocultarlo lo notaba por el brillo de sus ojos. Comía a montón y jugaba también. Supuse que esa fue su primera vez en un festival y me dio curiosidad de saber cuál pudo ser la razón por la que nunca fue a una. Le regalé un llavero que le encantó por lo que vi y me sentí feliz de verla así. Nos disculpamos mutuamente por lo que había ocurrido y seguimos caminando. Todo era perfecto. Hasta que noté una cara familiar en medio de la multitud. Y no era precisamente una cara que recordara con agrado.

«No puede ser...» pensé en ese momento, inquieto. 

Le pedí a ella que se quedara quieta y que me esperara. Ella asintió y yo eché a correr para confirmar que lo que había visto, no fuera cierto. Cuando regresé y vi que ella no estaba, una terrible sensación de pánico y angustia me invadieron por completo. Sabía dónde estaba y quien era el responsable de aquello. Y cuando la encontré en ese granero, en medio de las llamas que ardían sin piedad y la tuve rodeada entre mis brazos, sentí un tremendo alivio de que estuviera ahí, conmigo, viva.

Luego de que pasó todo, le dije las palabras que hace muchos años no decía ni sentía tan fuertemente como ese día: "Te quiero." Y decidí contarle mi pasado.

Le conté la historia de un pequeño niño, que aunque no tenía muchas cosas, vivía feliz junto a su padre y su madre. Pero con el pasar del tiempo, su padre fue cambiando. Se volvió más violento y muchas veces maltrató a su madre. El niño muchas veces intentó ayudarla más su madre se lo prohibió. Una noche su madre al fin tomó la decisión de irse y se llevó al niño con ella, para alejarlo de toda esa violencia y conflictos que se avecinaban por culpa de su esposo el cual, cometió el grave error de involucrarse con los yakuza. Un error que cuatro años más tarde, cobraría factura.

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