Capítulo 31: Sin ti

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Kyouta

La primera vez que la vi no pensé gran cosa de ella.

Lo único que se me vino a la mente era el peligro inminente en el que estaba a punto de verse involucrada. Recuerdo que la seguí sigilosamente, tratando así de que no se diera cuenta de mi presencia, sin embargo, ese esfuerzo que hacía no parecía valer ya que ella estaba más concentrada en comer ese mongayaki —que, a decir verdad recuerdo que se veía muy delicioso— que en mirar si se encontraba en una zona segura.

Aunque hice todo esto, al final tuve que intervenir porque vi a unos tipos muy sospechosos cerca de ella. Por suerte, logré ocultarla de esos tipos pero ella terminó desmayándose del susto. Me alarmé cuando me di cuenta pero de inmediato se me ocurrió llevarla a la casa de Shiro —un amigo de mi madre. Su nombre es distinto pero yo lo llamo así—. La llevé a allá y aunque me gané un coscorrón de parte de Shiro, me permitió resguardarla allí. Shiro se dio cuenta de que tenía fiebre y me quedé cuidando de ella. Cuando la acomodé —de tal manera que se sintiera más cómoda—, pude apreciarla mejor. 

Era una chica de cuerpo pequeño, su cabello era liso pero suave y le llegaba un poco más abajo de los hombros, ah, y además era de verde oscuro el color; sus pestañas, aunque no tenían curva eran largas y pobladas, su piel de un tono piel claro —pero no tan claro—. En ese momento no pude evitar murmurar: "Ahora que la miro bien, ella es realmente bonita" y sentí un pequeño ardor en las mejillas.

Cuando amaneció, ella despertó asustada al verme tan cerca de ella —no pude evitarlo, es un hábito mío— e hizo un montón de preguntas así que tuve que explicarle. Se quedó a desayunar y ahí pude darme cuenta que comía mucho —y digo que COMÍA MUCHO. Si, así con mayúscula—, fue la primera vez que vi a una chica comer tanto y sinceramente eso me hizo pensar que ella era muy adorable. 

Al atardecer ella se fue y no la volví a ver hasta después de tres meses aproximadamente.

Me la encontré cuando ella recién salía de una tienda comiendo un anpan. Ese día me comentó que sus amigas se habían ido de viaje y ahí fue cuando se me ocurrió la fantástica idea de invitarla a quedarse en el templo con nosotros. La idea me entusiasmó muchísimo y sin que pudiera objetar algo la traje conmigo. Durante esas semanas hicimos muchas cosas distintas y pudimos conocernos un poco mejor —aunque era un poco difícil ya que ella no hablaba mucho—. En una noche cuando noté que ella se veía muy roja me acerqué a ella y toqué su frente para tratar de saber si mis sospechas eran ciertas. Al percatarme de lo cerca que estaba de ella, no pude evitar ponerme igual de rojo a ella y me aparté inmediatamente.

Esa noche me percaté de que mis latidos se habían acelerado y me pregunté cuál habría sido el motivo.

Durante el viaje que tuvimos con Shiro y Misaki —una amiga de Shiro y yo—, nos fuimos de exploradores. Recuerdo que me quedé maravillado cuando vi un montón de flores y cogí una de ellas. Corrí hasta donde se encontraba ella y se la mostré, entusiasmado. Exclamé que la flor era muy bonita y ella asintió de acuerdo a lo que dije. Se la puse detrás de la oreja y le dije que la flor quedaba más bonita en ella. Ella me dio las gracias y desvió la mirada con la cara roja. Ahí fue cuando me di cuenta de lo que había dicho y también desvié la mirada sin poder evitar ponerme como un tomate de rojo.

A lo largo de esas vacaciones, pude saber más de ella.

Tenía mi misma edad, estaba en 2° de secundaria, tenía dos amigas llamadas Nike y Chiharu, asistía a cursos intensivos después de salir de clases los martes, jueves y sábados. Su cumpleaños era el 28 de agosto y su signo zodiacal era virgo. Lo que más le gustaba hacer era comer —ya lo suponía por su increíble apetito— y soñaba con abrir un restaurante para poder comer todo lo que quisiera —me reí con aquello—, y también que vivía con sus padres.

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