Todo lo que sé de mi madre

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Lo que más recuerdo de mi madre es que, cuando aún vivía, solía recordarme lo cerca que estamos de la muerte. 

Para ella era como nuestra sombra, siempre pegada a los talones, esperando para atraparnos cuando caigamos. Era un trámite más, el siguiente paso natural; como ir al instituto después una vez terminado el colegio. La muerte nos acompañaba desde el nacimiento. Velando, supongo, por sus intereses.

Mi madre solía decirme que la línea que separa este mundo del otro es muy delgada, que no hay barreras, solo una cortina delgada, ligera, como una gasa. La mayoría somos tan ciegos que no podemos verla. A veces, cuando estaba muy triste, como vencida, me decía que teníamos mucha suerte de no tropezar con ella y ver lo que esconde.

No quiero que os hagáis una impresión equivocada. Mi madre no era una chalada. Tampoco era una oportunista; no era una de esas personas que se aprovechan del dolor ajeno y que, acaban de ver cómo tu abuelo posa la mano en tu hombro. No. No se paseaba por ahí con una bola de cristal y nunca, jamás, puso en contacto a nadie con sus familiares fallecidos a cambio de un poco de pasta. Ella no era así. En absoluto. Si lo hubiese sido, hubiera sido más sencillo entenderla, quererla. 

Mi madre era una persona funcional, tan normal como tu madre. Era una mujer inteligente, atenta y cariñosa que nos enseñó la importancia de una vida feliz. Mi madre cuidó de mí y de mis hermanos y nos inculcó unos valores muy fuertes. Hizo de nosotros buenas personas.

Nos grabó a fuego el amor por la vida. Y para ella, la muerte era una parte muy importante de la vida.

De niños se nos hacía complicado. No entendíamos porqué nuestra madre tenía tanto interés en la muerte o porqué trataba de inculcar en nosotros el mismo interés por ella. Intenta explicar a tu compañero de clase que existe una tela muy fina, poco más que una gasa, que le separa de sus abuelos muertos. Si lo haces, te conviertes en seguida en el rarito de la clase. Y lo peor es que yo no entendía porqué... Pensaba que todos los padres enseñaban lo mismo a sus niños. 

En la vida se aprende a base de palos, ¿verdad?

Con el tiempo aprendí a callarme. La vida, en muchos sentidos, es como el escenario de un gran teatro, al principio no sabemos actuar, somos nosotros mismos, sin disfraces y sin guión. Con el tiempo, aprendes a vestirte, te pones máscaras y varias capas de ropa... Al final, aprendes a disimular, a ser quién no eres, aprendes a pasar desapercibido dentro del rebaño y eso, tampoco es que sea mala cosa. Aprendí que podía hablar sobre los cromos, sobre fútbol y hasta sobre dibujos animados sin parecer un bicho raro, pero los temas más delicados de nuestra existencia, me los tenía que guardar bien hondos. Ningún niño quiere escuchar que, cuando te mueres, no vas al cielo, que te vas a un lugar gris y oscuro en el que nunca pasa nada. 

Durante muchos años la odié. No podía ser de otra forma. Su forma de mostrarnos el mundo tal y cómo era me jodió buena parte de la infancia, lapidó mi vida social. Conforme crecí me fui distanciando de ella, me fui transformando en un engranaje más de la maquinaria. Solitario y amargado.

Entonces, llegó un momento de mi vida en el que la entendí. En ese momento entendí toda su extraña parafernalia. Era una mujer moribunda y asustada, que trataba de comprender qué le esperaba después del trago más amargo. Ese era su mecanismo de defensa contra lo desconocido.

Debió enterarse de lo del cáncer cuando yo tenía unos siete años. Eso creo al menos. Nunca volví a pensar mucho en eso, hasta hace un par de meses. En ese momento yo también era padre. Tenía ya mi propia familia y había decidido que mis hijos no necesitaban saber nada de barreras, ni de cortinas... Yo les he enseñado todo lo que necesitan para ser felices, para triunfar en la vida.

Quién sabe... Puede que me haya equivocado. Nuestros padres siempre tuercen nuestras vidas en un sentido u otro. Nadie supera esa etapa sin algún tipo de cicatriz emocional que, con el tiempo, acaban heredando nuestros propios hijos. Ese es el secreto de la paternidad, ¿no? Dejar algo en herencia. Aunque solo sean huellas y cicatrices.

Mi madre murió anoche. ¿Sabes qué? No se pareció a lo que solía contarnos. Sus ojos no empezaron a rodar hacia dentro, no se quedaron en blanco, su espíritu no se elevó desde su cuerpo con el último suspiro. No fue nada de eso. Simplemente dejó de funcionar. Como una máquina que se queda sin energía. Como un transistor que se queda sin pilas. Estaba ahí, con los ojos cerrados y respirando tranquilamente, y al instante siguiente ya no estaba. Simplemente dejó de funcionar. Ya no vivía.

Pero antes de irse quiso decirme algo. Antes de partir, necesitaba cerrar una herida que llevaba demasiado tiempo abierta. Quiso contarme porqué nos enseñó todo aquello cuando éramos niños. Supongo que, en el último momento, necesitaba vaciarse, buscar nuestro perdón.

Cuando yo era muy pequeño mi tía se puso muy enferma. Ella vivía en una casa de campo, en esa época no había Internet, ni teléfonos móviles, estaba aislada allí y nadie supo lo enferma que estaba. Creo que ni ella misma lo sabía. Tenía un aneurisma. Uno de esos cabrones silenciosos que se esconden en tu cerebro hasta que un día, de repente, deciden inmolarse y hacer que todo salte por los aires. En su caso decidió estallar una mañana mientras conducía.

Mi tía causó un accidente triple. El resto de conductores salió ileso. Ella no. Ella dejó de existir en aquella misma carretera.

Mientras me lo contaba la observé, no se parecía en nada a mi madre. Era como si un esqueleto le hubiese robado la piel y quisiera hacerse pasar por ella. Le pregunté qué tenía eso que ver con sus historias. Al fin y al cabo la gente muere a todas horas y un aneurisma no es nada fuera de lo normal.

Sí. Contestó mi madre. La gente muere a todas horas. Pero aquel día, mientras trataba de hacerme tragar un puré de zanahorias en la cocina de nuestra casa, mi tía se le apareció. Según lo que pudo saber por el atestado, eso sucedió diez minutos antes del accidente. Estuvo mirándola por encima de mi hombro durante un buen rato, mientras la cuchara de plástico temblaba, derramando aquella pasta naranja por toda la mesa.

No dijo nada, las dos se miraron en silencio. Entonces mi tía levantó la mano, la señaló y, tras un instante de tenso silencio, se desvaneció.

Enterrada en las sábanas del hospital, mientras el cáncer la consumía, me dijo que aquello le abrió los ojos a la realidad. Algunas semanas después de aquel suceso, ella también comenzó a sentir molestias en el estómago. En ese momento las ignoró. Un tiempo después supo que tenía cáncer. Sus ovarios se estaban llenando de tumores, como pequeñas bombillas en un tablero que alguien había decidido encender. Entonces supo que la muerte también había puesto su fría mano sobre ella.

No entiendo qué quiso decir con todo eso. Nunca la he entendido y creo, desde lo más hondo de mi ser, que nunca quise entenderla. Había mucha amargura entre nosotros, demasiados años de distancia. No entiendo como una mujer que se apaga lentamente, como una luz cuando alguien cierra el interruptor podía seguir creyendo en todo eso con cada fibra de su moribundo ser.

Lo único que entiendo es que mi esposa está en un viaje de negocios. La echo mucho de menos y quisiera que estuviese aquí conmigo, ayudándome a superar estos momentos tan complicados. Pero ahora mismo está en un avión, volando hacia Berlín y no puede contestar a mis llamadas.

Entonces... ¿cómo es posible que acabe de verla en nuestro salón? ¿Qué hacía ahí de pie, con el rostro blanco como la leche, con el brazo levantado y un dedo acusador aputándome? ¿Por qué la aerolínea en la que viaja se niega a contestar ninguna de mis preguntas?

¿Qué demonios se supone que significa todo esto?

Todo lo que sé de mi madreDonde viven las historias. Descúbrelo ahora