Capítulo 2 - Escena 7

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Franz había llegado con el tiempo justo a la puerta de embarque de su vuelo. Había tenido que correr como el rayo por la Terminal 2 después de que aquel estúpido taxista con sangre de horchata le llevara pisando huevos.

Una vez dentro del avión se acomodó en su asiento en clase business y trató de relajarse un poco. Tendría algo más de dos horas por delante para repasar el informe. El piloto del Boeing 737 anunció por megafonía que estaban a punto de despegar. Frank se abrochó el cinturón de seguridad y clavó las manos al asiento. Mal momento para la relajación. Nunca le habían gustado los despegues y mucho menos los aterrizajes. Por su cabeza desfilaban multitud de situaciones en las que algo siempre salía mal. La mente, a veces, funciona de manera ajena a los deseos de uno.

Afortunadamente todo salió como estaba previsto. El avión rompió la fuerza de gravedad impulsado por sus cuatro motores Rolls Royce y al poco rato una señal lumínica anunció a los pasajeros que ya se podían desabrochar los cinturones de seguridad.

Franz sacó el portátil que había traído en su bolsa de mano y lo encendió. Algo más calmado al comprobar que el avión estaba estable, miró por la ventanilla mientras el ordenador terminaba de arrancar. La monótona vista aérea de los campos de Castilla no consiguió distraerle demasiado. Al poco, las características campanas de inicio de Windows le trajeron de vuelta a su tarea.

Abrió el informe que había terminado la tarde anterior y lo empezó a repasar. <<Crisis nuclear Siria>>. Así lo había titulado. No era ninguna broma. El conflicto desatado en Oriente Medio estaba empezando a contagiar al resto del mundo. Cuatro años atrás los países de la ONU habían conseguido negociar favorablemente con el régimen sirio, frenando así la escalada de violencia. La paz había llegado, pero era una paz que no había durado demasiado. Muchos creían que Bashar-Al-Asad simplemente había estado ganando tiempo. Había hecho creer a la comunidad internacional que destruiría las armas y los arsenales, que restablecería la paz en su territorio negociando con el ejército rebelde una tregua para que cesaran las matanzas, que atribuía principalmente al propio ejército rebelde. El informe que Franz tenía en sus manos demostraba que mentía. Los satélites habían captado imágenes en las que aparecían claramente plantas que podrían estar siendo utilizadas para enriquecer uranio. Además, en las inmediaciones de Homs y Hamah, también habían captado fotografías de movilizaciones de carros de combate y soldados que no concordaban con las típicas maniobras habituales de entrenamiento. Siria se estaba preparando para la guerra. Y lo que era peor, por otros informes que Franz había tenido la ocasión de estudiar, parecía que había contagiado de su entusiasmo a sus aliados. Irán, Irak y el Líbano se habían declarado abiertamente a favor del régimen sirio. Se conocía desde hacía poco tiempo que la guardia revolucionaria de Irán y los chiitas de Irak se habían desplazado a Siria para dar su apoyo a Al-Asad. Además de ellos, estaba Hezbollah, que también se había pronunciado a favor de la causa. Aunque los países que más preocupaban en Bruselas y en Washington eran, sin lugar a dudas, Rusia y China. Los dos promotores de la paz de hacía cuatro años, junto con EEUU, eran claramente pro Al-Asad. Todo apuntaba a que, cuatro años atrás, Rusia y China habían presionado a la Casa Blanca para evitar una guerra que hubiera ido en perjuicio de sus intereses comerciales con Siria y sus vecinos. Franz dudaba de qué lado se pondrían estas dos superpotencias si llegaba a estallar la guerra. Al fin y al cabo, como pasa en la mayoría de los casos, el dinero mueve a la ideología. Y en ese conflicto había mucho dinero en juego.

FIN Capítulo 2 - Escena 7.

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