El guarda de seguridad me dejó subir al piso de Harry sin hacer preguntas ni comentarios, a pesar de que nunca había estado allí. Supuse que Harry debía haberle enseñado una foto y avisado que iría.

Había pasado toda la tarde pensando en dos cosas: en vivir sin Harry y en vivir con él. No quería ninguna de las dos permanentemente, pero tenía que elegir una. No hacerlo sería injusto para Harry. Por desgracia, estaba tan lejos de una decisión como antes. Mi lista de a favor y en contra estaba equilibrada.

A favor:

Sexo ilimitado con Harry.

Pasar más tiempo con Harry.

Desayunar sobre el pecho de Harry.

En contra:

Preocuparme por qué estaría haciendo Harry si volvía tarde.

Preocuparme de si Harry aún me quería cada segundo de cada día.

Preocuparme de si Harry se cansaría de mí antes que después.

¿Cómo superaba una persona sus miedos más profundos? Había consultado mi manual de Tigresa, pero la única respuesta era que tenía que matarlos y devorar sus restos. Eso no contestaba a mi pregunta.

Harry abrió la puerta y esbozó esa seductora sonrisa que me volvía loca.

—Entra —hizo un gesto con la mano.

—Gracias —entré. Nunca había estado allí y sentía curiosidad. Las paredes del salón eran de un clásico color marfil. Visillos blancos cubrían las cinco ventanas. A primera vista, todos los muebles parecían del mismo monocromático tono blanco. Pero al fijarme más noté que los cojines tenían fundas de tono cremoso y las fundas remates color blanco roto.

Tras el sofá había una larga y estrecha mesa de madera oscura. Sobre ella colgaba una lámpara de araña con cientos de lágrimas de cristal. Había mesitas chinas a ambos lados del sofá. Era una habitación que clamaba dinero, no comodidad. No me gustó.

—¿Quién decoró esto? —pregunté sin intentar ocultar mi desagrado. Nada de eso encajaba con la personalidad abierta de Harry.

—Mi madre.

—Ah, le falta calidez.

—Igual que ella, en general. Decorar el piso hizo que se sintiera necesitada, así que se lo permití —me dio la mano—. Ven, te enseñaré el resto.

Me llevó a una cocina de dimensiones generosas. Las encimeras de mármol estaban limpias. No había cacharros en el fregadero ni nada fuera de lugar. De hecho, daba la impresión de que nunca se hubiera preparado una comida allí.

Después me enseñó la sala de juegos. No se parecía en nada al resto del piso. Tenía un sofá oscuro y cómodo, una televisión de pantalla grande y un impresionante equipo de música. Supuse que pasaba la mayor parte del tiempo allí y dude que su madre hubiera intervenido en la decoración.

—Y éste —dijo—, es mi dormitorio.

Los tonos azul profundo y dorado hablaban de calidez y masculinidad, y encajaban con él. La decadente cama con dosel llamó mi atención. Madera satinada y sábanas revueltas. Me encantaría revolcarme desnuda en esas sábanas de algodón egipcio.

Olía a sándalo y ese olor me excitaba.

Volvimos a la sala de estar de la mano. Me encantaba el contraste entre su mano grande y fuerte y la mía pequeña y blanda. Era delicioso.

—¿Dónde está mi regalo? —pregunté—. Prometiste dármelo si venia.

—Dame un minuto —sonrió y desapareció por el vestíbulo. Volvió poco después con una caja roja de tamaño medio en la mano—. Para ti.

Beautiful mess (Harry Styles)¡Lee esta historia GRATIS!