EL DESENCADENANTE

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Nuestra historia comienza, como no podría ser de otra forma, con una muerte. La identidad de la persona fallecida no importa, sino su trayectoria por ese breve camino al que llamamos vida y las huellas que ha dejado tatuadas a su paso sobre las viejas baldosas gastadas del tiempo.

De nacionalidad italiana, nuestra difunta llevaba ya más de cincuenta años como residente de la ciudad de Buenos Aires. Su morada estaba habitada por la monótona soledad de quien ha dejado atrás a su familia. Las amistades las forjaba en clubes y casinos mientras que el rostro de sus hijos y sus nietos se dibujaba en una pequeña pantalla para Noche Buena y su cumpleaños —y el día de la madre, si lo recordaban—.

Su último suspiro llegó sin sorpresas. A los casi noventa y siete años ya no tenía el privilegio de la buena salud. Las figuras frente a ella se veían siempre borrosas y no existían lentes o cirugías capaces de mejorarle la visión. Del oído derecho no escuchaba desde hacía ya casi una década y el bastón que usaba a modo de sostén apenas si le permitía ir de la cama a la cocina o al baño de su propio departamento.

Una enfermera la ayudaba tres veces por semana. Era parte de la burocracia familiar moderna en la que era preferible pagarle a un extraño por sus servicios profesionales antes que hacerse cargo de la madre que los había cuidado cuando ellos todavía no podían valerse por sí mismos. Las excusas eran siempre idénticas. Que la falta de tiempo y el trabajo lo imposibilitaban, que carecían del conocimiento necesario y qué les quedaba muy trasmano el departamento. ¿Llevarla a vivir con ellos? ¡Impensable! No tenían espacio ¿qué pensarían los chicos? Las opciones debatidas eran el geriátrico y la enfermera. Esta última terminó por convertirse en la ganadora de la contienda porque era más económico de esa forma.

A la anciana nunca le había importado la falta de cariño de sus descendientes. Comprendía que los tiempos habían cambiado y que tanto sus hijos como sus nietos —ya adultos— habían forjado sus propias familias.

Esperó su final con paciencia. Contó los meses, los días y las horas a medida que el tiempo se le escurría entre los dedos como arena en un viejo reloj.

La muerte llegó por fin durante una calurosa madrugada de diciembre, entre Navidad y Año Nuevo. Arribó envuelta en su negro vestido de gala, con la mirada oculta bajo una sombrilla de telarañas; se movía al compás de una melodía gris que entonaba entre murmullos vacíos. Abrazó a la anciana como si se tratase de su propia madre; fue la muerte quien derramó las primeras lágrimas sobre su rostro y luego se la llevó.

La historia podría bien terminar acá, en este punto preciso en el que un alma ha sido arrancada del mundo para dejar de existir entre los vivos. Y sin embargo, es en este efímero instante que comienza nuestra anécdota.

EL VELORIO¡Lee esta historia GRATIS!