Capítulo 2 - Escena 6

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Las ocho y media de la mañana no era una buena hora para coger el coche. West Broadway se había convertido en un descomunal atasco de color amarillo. Los taxis se entremezclaban los unos con los otros como si fueran gacelas en la sabana. Además, el humo de los tubos de escape y las luces de freno rojas distorsionaban aún más, si cabe, el confuso ambiente. No se apreciaba dónde acababa un coche y comenzaba el siguiente. Como cada mañana, Manhattan se había convertido en un caldo de cultivo de nervios, prisas y gritos de desesperación de numerosos neoyorquinos que llegaban tarde a trabajar.

Ajeno a esa trampa de acero, caucho y gases tóxicos, Jack sorteaba el tráfico de la calle montado en su bicicleta Dahon Aniversary. Las pitadas de los coches se mezclaban con la música de su móvil, fundiéndose en sus oídos en una extraña sinfonía pop-street en la que, a veces, por pura casualidad, se mantenía la armonía.

Cerca del cruce con Worth Street, los primeros rascacielos de la ciudad financiera se elevaron en el horizonte. Jack seguía su camino con el pedalear monótono de aquél que ha hecho ese recorrido en innumerables ocasiones. Sólo de vez en cuando prestaba especial atención a la calzada. No quería chocar con los camiones de descarga que paraban en seco, con las obras mal señalizadas o, incluso, con los transeúntes despistados que cruzaban por donde no debían.

En West Broadway con Chambers Street se detuvo un momento. Plegó su bicicleta y entró en el Starbucks de la esquina, junto al Cosmopolitan Hotel, para su encuentro matinal con la cafeína. No le gustaba el Starbucks de Wall Street. Demasiados conocidos a su alrededor. Ni siquiera se quitó el casco ni apagó la música de su móvil. Se acercó a la barra y pidió un Breakfast Blend. La cafetería estaba llena, aunque Jack tuvo la suerte de que no hubiera nadie pidiendo en la barra. Eso le ahorraría sus buenos cinco minutos.

Salió con su café caliente en una mano y la bicicleta en la otra. Sólo con el aroma que desprendía el pequeño vaso se despertó un poco más. Ese sería su segundo café de la mañana. El primero, como de costumbre, se lo había tomado en la cafetera espresso de su propio apartamento. Desplegó la bicicleta, apoyando el vaso en la barandilla de la boca del metro, y continuó su camino.

Cinco minutos más tarde llegó al final de West Broadway, al parque Silverstein, en el cruce con Vesey Street, con el One World Trade Center como telón de fondo. La Torre de la Libertad lucía impresionante esa mañana de lunes. Sus 1776 pies de altura la convertían en el edificio de oficinas más alto del mundo. Jack miró la hora en su reloj. Marcaba las nueve y cinco. Todavía le quedaban unos minutos para llegar a la oficina. Había sido una suerte que la barra del Starbucks estuviera vacía. Cogió el vaso de café que reposaba firmemente sujeto al manillar, en un accesorio adaptado para ello, y le dio un generoso sorbo. Miró a su alrededor. El National September 11 Memorial se cruzó en su vista. No pudo reprimir un sentimiento de tristeza. Allí, dieciséis años antes, había ocurrido el atentado más trágico en la historia de su país.

Pensó en ello por un momento mientras sorbía su café. El odio, la guerra y el poder por el poder le vinieron a la mente. Era increíble lo que el ser humano era capaz de hacer. Todo por unos ideales que muchas veces eran confusos incluso para aquellos que los habían promulgado. Muchas veces el hombre se movía por instinto. Por un impulso irracional motivado por el fervor de las masas. No cabía otra explicación posible para las atrocidades que veía todos los días en las noticias y leía en los periódicos. No se podía imaginar que seres racionales fueran capaces de ejecutar a sangre fría actos que ni los animales más despiadados de la naturaleza eran capaces de imaginar. Pero así era.

El ser humano era capaz de lo mejor, de las más altas metas y los objetivos más nobles. Y la penitencia por ello era llevar en su interior al peor monstruo que existía. La codicia.

Una sonrisa burlona afloró a su cara. Aunque no se consideraba en absoluto mala persona, no podía negar que, en el fondo, él pertenecía al sistema más codicioso de cuantos existían en la tierra. En cierto modo, él era un soldado en una guerra que se libraba en los mercados de valores. Sacó su móvil del bolsillo y lo miró con atención. Las buenas intenciones se disiparon al instante. Amaba ese móvil. Le había costado mucho esfuerzo conseguirlo y se sentía muy bien con él entre los dedos. Apuró el último sorbo del café y pulsó el botón de encendido. El reloj de la pantalla marcaba las nueve y cuarto. Había dejado a su mente divagar demasiado tiempo. En quince minutos abriría Wall Street, como comúnmente llamaban a la bolsa, y él no estaría allí para la apertura. Bradley le echaría una buena bronca si no llegaba a tiempo. Subió la bicicleta a la acera y atajó por Vesey Street, que era de una sola dirección y no precisamente de la que él había tomado. Giró a la velocidad del rayo por Broadway Avenue y al poco tomó finalmente Wall Street a su izquierda. Unos cuantos de metros más allá y tras un esfuerzo considerable llegó al cruce con Broad Street. Había llegado a su destino. El New York Stock Exchange, un imponente edificio neoclásico con seis columnas corintias en su fachada, se alzaba en todo su esplendor delante de él, aunque Jack no podía cantar victoria todavía. No se podía presentar en el parqué con la ropa deportiva. El traje estaba perfectamente doblado en una mochila a su espalda. Sudoroso y en chándal no era la mejor manera de abrir el mayor mercado de valores del mundo.

Corrió como una exhalación atravesando el hall de entrada con la bicicleta en la mano. Era una suerte que se plegara tan fácilmente. Soltó la bicicleta en la cinta de rayos de la garita de entrada. Casi se llevó a Richard, el guardia de seguridad, por delante.

—Llegas tarde, Jack —le reprobó Richard.

—¡Ya te digo! ¿Me haces un favor, Richard?, ¿me guardas la bici? Bradley me va a matar.

No le dio tiempo ni a escuchar la respuesta. Pasó el detector de metales, recogió su mochila y salió como alma que se lleva el diablo hacia los vestuarios. Cuatro minutos más tarde, con una taquicardia digna de un corredor de maratón tras los cuarenta y dos kilómetros, trajeado y con la corbata a medio anudar, entró en el parqué justo en el momento que la campanada de apertura del atril principal anunciaba el comienzo de la jornada.

FIN Capítulo 2 - Escena 6.

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