Capítulo 2 - Escena 5

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El día había transcurrido mejor de lo esperado. Luz cerraba la caja con la venta del último cliente que había comprado en su tienda. El clic de la caja registradora era un sonido al que se estaba empezando a acostumbrar. Le gustaba ese clic.

<<Adiós, que tenga un buen día>>, le había dicho al señor Gómez, un hombre de mediana edad que ya había pasado un par de veces por la tienda a por sus maravillosos calabacines.

En cuanto le vio alejarse de la tienda, echó el cierre para hacer balance e inventario. Esa era la única parte que no disfrutaba de su negocio, aunque sabía que no le quedaba más remedio. Giró el pequeño cartel que colgaba de la puerta principal a la posición de cerrado y se puso manos a la obra. Pasado un buen rato, que le pareció más largo que corto, terminó con sus deberes. Cogió su mochila y salió por la puerta, cerrando tras de sí.

Lucía una bonita tarde de lunes a pesar de que la temperatura era un poco baja. Pensó que sería agradable el paseo en bicicleta hasta casa. Siempre disfrutaba del frescor reconfortante del invierno. Abrió el candado de la cadena que sujetaba la bici a un tubo de desagüe próximo, se subió en ella y comenzó a pedalear. Como estaba tan de buen humor, se permitió el lujo de dar un pequeño rodeo por el pueblo en lugar de ir derecha a casa.

<<Tan natural como tú>> se ubicaba en uno de los locales alrededor de la plaza de toros. Era una zona del pueblo que había ganado mucho ambiente. Por una parte gracias a los espectáculos, no sólo taurinos, que en la plaza se realizaban; por otra gracias a los negocios que habían ido floreciendo en los diversos locales a su alrededor. Bares, restaurantes, una tienda de ultramarinos, una churrería, y por fin, la última en llegar, una tienda de productos ecológicos.

Luz bordeó la plaza y tomó la calle principal. Dejó atrás la estación de autobuses, donde una pareja de ancianitos se ayudaban mutuamente a subir al 671. En el Centro Social, un padre jugaba con su hijo en los columpios. Giró a la derecha para tomar la calle Huerta que le llevaría directa a la plaza antigua, sede del Ayuntamiento. En esa calle se fijó en cómo, en La Cita, un restaurante muy conocido de Moralzarzal, la gente llenaba la terraza cubierta y empezaba la tarde con alguna que otra cerveza. A cada pedalada que daba disfrutaba del sol, el aire y las escenas que se producían a su alrededor.

Llevaba sólo un año en aquel pueblo. Antes de eso había pasado toda su vida en el bullicio de la ciudad. La paz y tranquilidad que se respiraba allí le resultaban completamente gratificantes. El sol, el verde y las montañas ejercían un efecto embriagador en Luz.

Llegó a la plaza antigua justo en el momento en que Frascuelo, desde lo alto de la única torre del Ayuntamiento, anunciaba melódicamente que eran las seis en punto. Luz se detuvo un momento a escuchar el reloj. El repicar de la campana le llegó desde todas direcciones. En Madrid, pocas veces tenía uno la oportunidad de escuchar campanadas en directo. En una ocasión, había ido con un grupo de amigos a celebrar el fin de año a la Puerta del Sol, pero con el tumulto de la gente hablando, gritando y riendo era poco más que imposible atender a nada.

A los pocos segundos, el reloj había cumplido su trabajo y se dedicó nuevamente a su monótona tarea de contar el paso de las horas hasta su nueva vuelta a escena una hora más tarde.

Luz le dio un fuerte empujón al pedal derecho y la bici salió como una exhalación hacia delante. Dejó el Ayuntamiento a mano izquierda. La calle giraba por detrás del edificio y terminaba de nuevo en la calle principal. Antes de llegar de nuevo al Centro Social se internó por una zona de chalés a su derecha que le llevó a desembocar en la carretera que partía Moralzarzal en dos. Miró con precaución y cruzó la carretera. Poco más allá, estaba lo que consideraba sus dominios. Casas bajas, la mayoría antiguas con algún que otro chalé de nueva construcción. Tomó un par de calles más y, al poco, una puerta verde de hierro le anunció que había llegado a su casa. Sacó las llaves y abrió. Le encantaba la vista de su hogar al abrir la puerta. La casa se ubicaba justo en el centro de un jardín suficientemente espacioso. Un camino de piedra serpenteaba hasta la puerta principal. Un par de chopos y un pruno al fondo del jardín la saludaron batiendo las hojas. Producían un sonido que recordaba a las olas del mar. Luz siempre experimentaba una sensación de paz cuando escuchaba ese sonido. Era uno de sus preferidos.

Le había costado trabajo encontrar una casa que se adaptara a sus necesidades, pero al final la encontró. Madrid también ofrecía pisos que estaban bien, pero conllevaban el inconveniente del asfalto. Y estaba harta del asfalto, de los coches, del ruido y de las aglomeraciones. Las prisas, la impersonalidad, las luces, los anuncios y la contaminación tampoco iban con ella. Necesitaba volver a conectar con el mundo. Con el mundo tranquilo y natural en el que se pudiera pasar una tarde apacible con el único objetivo de plantar unas semillas de tomate. O leer un buen libro. O simplemente sentarse, escuchar el sonido de los árboles, cerrar los ojos y pensar. Le gustaba mucho pensar. Pensaba en todo tipo de cosas. Algunas rocambolescas y otras muy profundas. A veces, se sorprendía a ella misma y se reía por dentro después de haber pensado en una auténtica estupidez sin sentido. Esas eran las mejores.

FIN Capítulo 2 - Escena 5.

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