EL INGENIOSO BACHILLER DON CIPOTE DE LAS SANCHAS

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Al lector desta desusada historia:

Ha de saber voacé, justo es notarlo, como aqueste manuscrito no salió del magín parco y sin fuelle de mi propria persona cual hubiere querido fuese, sino que hube la fortuna de hallarlo en los rancios campos de la Chantría, con ocasión de unas obras que por revolver la tierra pusiéronmelo a la vista, de que hube grande alegría, por ser libro curioso y de entretener sin que traya por medio cosa deshonesta o prohibida, con lo que comencé a traducille del morisco (que debió escribillo en tal forma alguno de los muchos infieles aquí arribados) a la castellana lengua, para solaz y contento del común de las gentes, mal que me pese no haber en recaudo apenas si dos capítulos, que los demás aún deben de dormir en susodichos páramos bajo cualquier peñasco, y estoy por buscarlos según imprima aquéstos, por parecerme liviana parte de obra gruesa y sustanciada mérita de ser leída. Fírmolo de mi mano en León, hoy a veinte y dos de Enero del año mil novecientos y noventa y cuatro.

El tradutor

EL INGENIOSO BACHILLER DON CIPOTE DE LAS SANCHAS

Cap. I. De cómo don Cipote fue armado caballero y otros sucedidos que al caso vienen como de molde

En un lugar de las Sanchas, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía, y que vive, en verdad, un bachiller de los de servilleta en casillero, estudio a ratos y flexo cegador. Es el caso que fue que quisieron los cielos, por velle entre tanto descerebelado trastocalle el suyo entendimento con lo que pudiere convivir entre sus pares con mejor armonía, pues si “vuelto amarillo heme, con los orines iréme” según dictar ha nos la sabia (por vieja) Experiencia, madre y aun nodriza de los refranes todos.

Volvióse pues el susodicho bachiller loco de atar y de amordazar incluso, y diose a entender cómo en la su persona resucitaban cual ave fénix los heroicos siglos de la andante caballería, pues no fue otro su embebecimiento que aquéste. De lo cual coligió serle labor propria dedicar en adelante su existencia y la fuerza de su diestro brazo a enderezar entuertos, amparar doncellas e infantes, y acometer aventuras inauditas, que de sólo mentarlas inundaren de espanto al común de los mortales, de forma que ellas solas bastaren a elevar su insignia al broncíneo Olimpo de los caballeros andantes, y a grabar su nombre en el suntuoso mármol de las mesmísimas puertas del sancto Vaticano, y con esto la salvación in aeternum, amen.

Determinóse luego a principiar tan novedoso oficio, arrinconando para ello sus estudios de licenciado (no que de licencioso, puesto que haya quienes sustentan estotra cosa) a la primera ocasión que se le pintare calva, la cual no tardóse en aparecer, no ya pelona, sino tan limpia de guedejas que bruñía al sol y podían comerse sopas en su cabeza (con esto quiere decir el narrador de aquesta sin par historia, que fuele fácil cumplir sus desatinados deseos, y vuesas mercedes se dignen disculpar el diluvión de requiebros que mi humilde pluma pare sin tregua).

Y hete aquí cómo nuestro valeroso bachiller, los libros in Pietatis Montem sepulctati, según reza afamada coplilla estudiantil, amaneció al venturoso día en el cual arrancaba el sendero de su gloria. Pero por más que buscóle por doquiera pudiese pensársele, no hallóle comienzo claro ni seña que a él lo encaminara. De lo cual infirió convenirle más el campar a su gusto por las tierras de la Señora Infanta, al rececho de hazañas, que tiempo habría después de buscallas allende los mares en luengos y lontanos continentes, tanto más cuanto primero los calzones, y después los galones, según se dice, y con sentido, que las gestas grandiosas de que nos dan razón troveros y demás juglaresca gente es ciencia que nacen a partir de las chicas y de andar por casa, por así decirlo.

Dende entonces hasta agora mudósele el seso y ahormáronsele los sentidos todos, de modo que cuanto dellos recebía calzábasele en la mollera cual regio borceguí a los usos caballerescos de la caterva de Amadises, Belianises, Orlandos, Tirantes y Lancelotes varios que pulularen otrora a caballunos lomos, y hogaño en letra impresa. Así pues, la Residencia volviósele castillo en un dácame allá esas pajas, y sus convecinos gente descomunal y canallesca, hechiceros de redomas y ensalmos, y fermosísimas doncellas de elevada cuna.

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