Capítulo 2 - Escena 2

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—¿Está todo listo señorita Silva? ¿Mateo tiene preparado ya el coche? —dijo con evidente tono de apremio Diego Rojas.

—Sí, don Diego. Está esperando abajo —respondió una voz metálica al otro lado del intercomunicador.

Diego asintió satisfecho. Cerró su maletín de cuero negro y salió por la puerta de su despacho con paso decidido y enérgico. La señorita Silva se llevó un buen susto con el bandazo que dio la puerta al abrirse con tanta brusquedad. Dejó inmediatamente de organizar los papeles sin tramitar que se le habían ido acumulando en la mesilla y prestó oídos a su jefe.

—Quiero que tome buena nota de todo cuanto acontezca mientras esté fuera. La llamaré para que me mantenga informado. Los albaranes de los próximos envíos están en el archivador de la esquina superior derecha. El señor Soto está al corriente de todo. Póngase a sus órdenes. Me marcho, señorita Silva.

Y salió por la puerta con la misma velocidad que sus palabras. Emilia Silva se quedó parada, procesando la información que su jefe le acababa de transmitir. Enjuta, de rasgos cuasi cómicos, contrastaba en todo con Diego. <<¿Ha dicho esquina superior derecha o izquierda?>>, pensó con indecisión.

Cuarenta y cinco pisos más abajo y diez minutos más tarde, Diego salió del edificio sin prestar atención al guardia de seguridad que le saludaba efusivamente. Vio su limusina aparcada al otro lado de la calle, al lado de la entrada al parking de la embajada de EEUU. Mateo paseaba de un lado a otro del coche con aire inquieto. Diego cruzó la calle sin reparar en los coches que transitaban por el asfalto. Un par de ellos le pitaron y otro a punto estuvo de llevárselo por delante. Él ni siquiera se dio cuenta. Andaba con paso distraído, más preocupado por sus pensamientos que por el tráfico de Santiago.

—Mateo —dijo en cuanto llegó a su altura—, vamos a parar en el hotel Sheraton. Tengo un asunto urgente que resolver antes de partir.

—Como usted mande, señor —respondió Mateo nervioso. Llevaba cuatro meses como chofer privado de Diego y todavía no se acostumbraba a su trato. Era tímido por naturaleza y el aire serio y autoritario de Diego no hacía sino acrecentar su timidez.

Mateo arrancó el coche y se incorporó a la calzada. La calle Andrés Bello discurría paralela a la cuenca del río Mapocho, que por aquella época del año bajaba con abundante agua. Les llevó más de treinta minutos llegar a la altura del puente de la Concepción, que cruzaba tanto el río como la Costanera Norte. Había mucho tráfico a esa hora de la mañana. Un par de calles más adelante llegaron finalmente al San Cristóbal Tower, sede del hotel Sheraton.

—Espera en el coche. No tardaré —sentenció Diego.

—Como usted mande, señor —repitió Mateo como un autómata. Tenía que empezar a dominar sus nervios si quería conservar ese trabajo.

Diego salió del coche y se ajustó la americana. Andaba deprisa, incómodo ante el asunto que se disponía a tratar. Llegó a recepción y preguntó por la habitación 505. El recepcionista le indicó amablemente que se encontraba en el quinto piso. A mano izquierda, según se salía del ascensor. Diego se giró sin darle las gracias y se dirigió al ascensor. Presionó el botón de llamada y esperó a que las puertas se abrieran. Se fijó en los números que aparecían encima de la puerta. <<8,7,6,5,4...>>. No le gustaba esperar. Desde que quebrara la Rojas International Trading Company su carácter había cambiado. Se sentía más nervioso e inquieto. Quería volver a su status de vida lo más pronto posible y eso le generaba una ansiedad a la que no acababa de acostumbrarse. <<...3,2,1>>. Por fin se abrió el ascensor. Una pareja de extranjeros, con una cámara de fotos y un mapa como todo equipaje, salió por la puerta. Era evidente que se encontraban de vacaciones en Santiago. <<Mejor para ellos>>, pensó Diego. Entró en el ascensor y pulsó el botón del quinto piso. Las puertas se cerraron y un leve tirón le anunció el ascenso. Mientras subía, se miró al espejo. Un tipo gordito y de baja estatura le devolvió la mirada. Intentó sonreírle, pero la sonrisa no le salió natural. Se anudó la corbata y se peinó el poco pelo que le quedaba.

Tras perderse un par de veces por no haber prestado suficiente atención al recepcionista, encontró por fin la habitación 505. Llamó con el puño tres veces y esperó. Su futuro se jugaba al otro lado de esa puerta.

FIN Capítulo 2 - Escena 2.

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