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Qué suerte que esta noche voy a verte

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Se sentía un triunfador. Había acabado de firmar la venta de un paquete de acciones tóxicas por un valor muy superior al que realmente tenían. La operación se podía resumir con la célebre frase hecha gangsteril de pasarle el muerto a otro. Desde hacía un tiempo el mercado financiero y bursátil se asemejaba en demasía a un grupo de chiquillos jugando a la bomba. Se compraban y se vendían acciones, bonos e hipotecas demoníacamente hipervaloradas hasta que el artefacto explotaba en las manos de cualquier incauto que hubiese arriesgado demasiado al sentarse en una mesa de tahúres en la que todos van de farol y, además, apuestan con dinero falso. Pero no, Juan se sabía mejor que el resto de jugadores del tapete... Aunque uno nunca debía confiarse demasiado, ya que las burbujas son imprevisibles y suelen reventar en el momento más inesperado, causando enormes estragos y mutilaciones de dividendos.

Juan decidió ir a celebrar el negocio en un restaurante lujoso con sus compañeros -ésa era otra de sus reglas de oro: tener amigos era una debilidad; puesto que sólo uno de ellos te podía traicionar-. Durante la cena, la mesa fue territorio de paso y cementerio para numerosos centollos, ostras, percebes y huevas de caviar, todos ellos bendecidos en sus tumbas por un diluvio sin fin de vino gallego...

Comieron y bebieron como si no hubiera un mañana. Y, a la hora de los digestivos, se trasladaron a una salita VIP en la pudieron satisfacer sus ansias desbocadas de fumar un buen habano, mientras apuraban un vigoroso brandy.

Juan se levantó por tercera vez para dirigirse al excusado. Era de la opinión que una celebración sin nieve, era una merienda de críos en un chiquipark. Sin embargo, en su cabeza embotada por el alcohol, no terminaba de fenecer una vocecilla que le advertía de que hacía semana que el número de gramos consumidos había sobrepasado todas las líneas rojas.

Desdeñó con fingida amabilidad la propuesta de sus compañeros de mesa para ir a tomar unas copas. No, esa noche, no. Esa noche era sólo para él. Los triunfadores deben paladear su victoria en soledad, lejos de sanguijuelas aduladores -eso era, precisamente, lo que Juan pensaba del resto de comensales-. Así que salió a la calle, con el cielo enladrillado de negro vinilo como las fauces de un lobo que le canta a la Luna, tomó un taxi y se acercó a la zona de discotecas de la ciudad... Los auténticos depredadores no cazan en manada.

Juan pensó que, con el tiempo, las discotecas habían ganado sin el humo asfixiante del tabaco, pero eso también había ido en detrimento de la cantidad y la calidad de las presas. Tres cubatas más tarde, todavía seguía adosado a la barra, jugando con los peces de hielo al son de la música discotequera, mientras ojeaba los ejemplares femeninos de la pista de baile en busca de la víctima propiciatoria, aquella que, por inexperiencia o heridas recientes en el corazón, se alejaba del grupo embelesada por una mirada ofídica.

Rubias y morenas se movían todavía en pequeños corros, con un vaso pegado a sus manos, perdiendo el tiempo en discretas agrupaciones mixtas que no solían fructificar.

Decidido a apurar la última copa antes de marcharse de aquel antro, hizo entrada en su campo visual la presa perfecta: alta, morena, radiante. Un ajustado vestido negro le hacía los coros a sus movimientos de cadera. La belleza de su cuerpo de reloj de arena -perfilado en su parte superior por un corpiño o un wonderbra-, le incitaba a alargar la noche en compañía.

Dejó su posición en la barra a un trasnochado cuarentón sin opción alguna al sexo gratuito y se acercó a ella. De cerca, sus ojos verdes y almendrados, modelo Modigliani, todavía parecían más seductores. El caballero, consciente que dominaba por completo la situación, se le acercó por detrás, posó sus manos en las caderas de la mujer y le susurró las palabras mágicas a la oreja, mezclando desproporcionados halagos con una invitación, repleta de obscenidades, válida para dos... en casa de él o de ella.

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