Capítulo 1 - Franz

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El Centro de Satélites de la Unión Europea, CSUE, lucía distinto esa tarde de domingo. Aunque las banderas de los estados miembros ondeaban al viento con el mismo compás indiferente de todos los días, una luz en la ventana del segundo piso delataba que alguien no estaba disfrutando del merecido descanso dominical.

Franz Holmberg se encontraba en su despacho redactando un informe urgente que tenía que presentar a la mañana siguiente ante la Comisión Europea, en Bruselas.

<<Bonita manera de pasar una tarde de domingo, Franz>>, se había dicho en voz alta. A pesar de ser el director del Centro, o más bien por el hecho de serlo, sus obligaciones le habían llevado a tener que excusarse de la fantástica barbacoa que su mujer estaba ofreciendo en casa con unos amigos comunes.

<<María, tengo que ir a terminar el informe>>, le había dicho a su mujer.

María era una mujer comprensiva. Comprendía las razones que impulsaban a su marido a ausentarse de casa, aunque no las compartía. Franz llevaba una buena temporada con mucho trabajo y eso empezaba a hacer mella en su situación personal.

La mujer había empezado a preguntarse si había sido buena idea, tres años atrás, convencerle de que aceptara aquel puesto de director. Al principio, todo le parecieron ventajas. Los años que había pasado en Bruselas no le habían resultado tan maravillosos como había pensado y necesitaba desesperadamente cambiar de aires. El puesto parecía venido del cielo. No sólo significaba una oportunidad enorme en la carrera de Franz, sino que implicaba volver a su tierra, a España, la que había dejado hacía siete años por amor. Esa era la principal motivación de María: volver a su tierra. Además estaba Peter, su único hijo, de un año de edad. María prefería criarlo en un clima que ella consideraba mucho más saludable. Torrejón de Ardoz parecía un sitio ideal para ello. Era pequeño, aunque estaba cerca de la capital. Además, también se encontraba a una hora escasa del pueblo donde se había criado de pequeña. Lo discutieron, lo hablaron y, finalmente, Franz asintió y la familia cambió de aires.

Los dos primeros años en España fueron estupendos. Franz se adaptó fácilmente al nuevo modo de vida, mucho más cálido que el de Bruselas. El trabajo marchaba bien y Peter se estaba criando sano y fuerte. Al poco tiempo nació Susana. Susana Holmberg Yagüe sonaba muy cosmopolita. La razón era que ella, María Yagüe Sánchez, quería que al menos uno de sus hijos tuviera un nombre español. Franz estuvo completamente de acuerdo con esa decisión. Recordaba que el día que habían elegido el nombre de Susana, Franz había venido con un ramo de rosas gigante. El ramo estaba sujeto por un lacito blanco del que colgaba una pequeña pulsera de plata. En el reverso de la pulsera se podía leer la siguiente dedicatoria: <<Para Susana y María, los dos amores de mi vida>>. María no recordaba mejor época que aquella.

Pero todos los buenos momentos se fueron diluyendo con el tiempo. Franz empezó a asumir más responsabilidades y a ausentarse de casa cada vez más veces, sobre todo a partir del último año. Con dos niños, un marido ausente y una casa que llevar, a María se le echó el mundo encima.

—¡Condenado fichero! —exclamó Franz en voz alta. No había nadie en el edificio que le pudiera escuchar así que se podía permitir el lujo de perder un poco las formas—. ¿Dónde te has metido?

Franz tenía pegada la cara a la pantalla del ordenador. Un poco más cerca y pasaría a formar parte del sistema de archivos. Se estaba poniendo nervioso y no era para menos. Hacía dos meses que había vuelto a estallar una crisis en Oriente Medio. El 21 de agosto de 2013, cuatro años antes, Naciones Unidas atribuyó al régimen sirio la autoría de un ataque con gas tóxico. Murieron más de 1.300 personas. Estalló un conflicto internacional que a punto estuvo de llevar al planeta a la Tercera Guerra Mundial. Afortunadamente, la diplomacia funcionó. El 27 de septiembre del mismo año, EEUU y Rusia, con la mediación de China, consiguieron llegar a un acuerdo en el marco del Consejo de Seguridad de la ONU que puso fin al conflicto. Al menos institucionalmente, puesto que los derramamientos de sangre continuaron. La quebradiza paz internacional había conseguido taponar la herida cuatro años. Ahora había vuelto a suceder y Franz no tenía la menor sospecha de que esta vez la diplomacia sería inútil, aunque él se aferrara a ella. Se negaba a pensar que la solución consistiera en ver quién tiraba más bombas.

—¡Aquí estás! ¡Por fin! —Franz despegó la cara del ordenador con un gesto de aprobación. Hizo doble clic en el fichero y un desplegable le invitó a que introdujera la contraseña de acceso. Tecleó los ocho dígitos y un mapa apareció en la pantalla. Contenía información geoespacial clasificada del denominado foco caliente en Oriente Medio. El fichero estaba segmentado por capas según lo que se quisiera mostrar. Orografía, poblaciones, bases aliadas, posibles objetivos... De todo. Adjuntó el fichero al informe, lo guardó en un pen drive y le dio a imprimir. Levantó la vista de la pantalla y se fijó en la impresora. Al poco rato, un chirrido en la misma le informó de que el archivo que acababa de enviar se había comenzado a copiar. Se levantó y recogió la primera hoja. En el título se podía leer:

<<Sobre la Política Común de Seguridad y Defensa de la Unión Europea (PCSD). Informe de contingencia del CSUE: Crisis nuclear Siria>> 

FIN Capítulo 1 - Franz.

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