Yo me reí por lo bajo. Sin sentir la más mínima timidez, me desnudé y me sumergí en el agua caliente y relajante. Solté otra risita al imaginarme a Harry en la otra habitación buscando desesperadamente algo que hiciera las funciones de bañador.

Mi sonrisa se esfumó cuando abrió la puerta. Llevaba una toalla blanca alrededor de la cintura. Era más provocativo que si hubiera salido desnudo. Emanaba fuerza y puro atractivo sexual.

Tragué aire. El hombre me deseaba. Estaba duro como una piedra y era bello como una escultura.

—Pareces tenso. ¿Por qué no vienes aquí y te daré un masaje en la espalda? —señalé el agua que había ante mí.

—No, gracias —entró en el agua lentamente dejando que el agua acariciara su piel tal y como yo deseaba hacerlo. Supongo que había decidido jugar con tan poca ética como yo—. Estoy bien aquí —se relajó contra el borde de la bañera con los ojos cerrados, como si no tuviera una sola preocupación en el mundo.

—Entonces quédate ahí sentado, pensando en las cosas que podríamos estar haciendo. Si me oyes gemir, no le des importancia. Probablemente estaré entregándome a los espasmos…

—Maldición, Miranda —abrió los ojos—. Tú ganas, yo pierdo. Ven aquí.

Vaya, vaya, vaya. Ensanché los ojos sintiendo un escalofrío de anticipación y victoria. No había esperado que se rindiera tan pronto.

No debí moverme lo bastante rápido para él, porque me agarró de los hombros y me dio la vuelta, de modo que apoyaba la espalda en su pecho. Deslizó los dedos por los extremos de mis pechos y luego avanzó hacia mis pezones. Me mordí el labio inferior.

Lamió una gota de agua de mi hombro y yo me abrasé con un ardor que no se debía al agua.

—Tenías razón —murmuró—. No puedo resistirme sabiendo que estás desnuda. Que me deseas.

Apoyé la cabeza en su hombro. Lo deseaba con locura. Él me dio la vuelta, haciendo que el agua se desbordara por el borde de la bañera.

—Necesito oírte decir que esto no es sólo sexo. Necesito oírte decir que es hacer el amor.

—Yo… no —moví la cabeza—. No puedo decir eso —cuanto más admitiera, más insistiría él en que nos casáramos. Lo sabía, lo percibía.

—Eres demasiado cabezota para tu propio bien, ¿lo sabías? —dijo él con una mueca de enfado.

—Tú también.

—Si pasamos la noche juntos, no prometo que no vaya a pedirte que te cases conmigo —me advirtió.

—Mi respuesta no va a cambiar —moví la cabeza y mi cabello acarició su pecho y estómago.

—Eso dices.

—Eso lo sé.

—Cambiaste de opinión respecto a ser mi novia.

—Ya, bueno… —no supe qué decir. Tenía razón.

Besó mi mandíbula y nuestros pechos se juntaron, resbalosos de vapor y agua. Deslizó una mano por mi estómago. Sus ojos brillaban con satisfacción y deseo y estoy segura de que eran un espejo de los míos.

Me levantó y me colocó sobre su regazo, con mis piernas rodeando su cintura.

—Basta de hablar —dijo—. Se me ocurre un uso mejor para nuestras lenguas.

—Demuéstralo.

Puso su boca en la mía y su lengua la invadió. La mía estaba lista para recibirlo. Sabía a whisky, pero sobre todo a Harry, ese sabor masculino propio que me volvía loca. Era lo que quería, lo que necesitaba. Estar con él. Que mis miedos y yo nos perdiéramos en el placer que él podía darme.

El agua se movía a nuestro alrededor, actuando como un estimulante adicional. Apreté las piernas alrededor de su cintura y me acerqué más. Su erección rozó mi punto más sensible y ambos nos tensamos con súbito placer.

Recorrí su cuerpo con las manos. Cada centímetro de piel. Pecho, pezones, pene.

—Vas a matarme —rezongó él, mordisqueando mi cuello, lamiendo cada gota de agua.

—Sería una buena forma de morir, ¿eh?

—Eres mi cryptonita personal —dijo él—. Me debilito sólo con estar cerca de ti.

—Me alegro —besé su cuello, sin dejar de restregarme contra él. Dejé escapar un gemido de placer.

—Si no fuera por tus labios de cuatrocientos billetes la hora, podría haber resistido, tal vez, uno o dos minutos más.

—¿Sólo cuatrocientos? —deslicé mi boca hasta sus pezones y lamí y tracé círculos con la lengua.

—Cuatrocientos mil, cariño —puso las manos en mi rostro y me obligó a mirarlo—. Tus labios valen cuatrocientos mil dólares por hora.

Sonreí lentamente. Con mis piernas aún en su cintura, se puso en pie. Lo besé y seguí haciéndolo mientras salía de la bañera e iba hacia el cuarto. Caímos sobre las sábanas frescas y secas.

Nos frotamos y revolvimos el uno contra el otro, incrementando nuestra excitación.

Después él me tumbó de espaldas y puso la cabeza entre mis piernas. Lamió mi interior y casi grité. Añadió sus dedos al juego, moviéndolos dentro mientras su lengua se ocupaba de mi clítoris. Mis piernas temblaron del placer que sentía, estaba a punto de… .

—¿Preservativo? —dijo él de repente.

—Sí —contesté rápidamente, aunque una parte de mi deseó decir que no. Iba a mantener una charla larga y severa con esa parte cuando tuviera tiempo.

—Un segundo —dijo él. Corrió hacia su bolsa.

—¿Por qué has traído preservativos si pretendías esperar hasta la noche de bodas?

—Conozco mis limitaciones —admitió él con una sonrisa avergonzada.

—Date prisa —urgí yo, jadeante y deseosa.

Él estuvo sobre mí un instante después, penetrándome hasta el fondo. Grité su hombre y arqueé la espalda. Estar con él era un placer exquisito.

—¿Puedo ser un poco brusco? —me preguntó.

—Soy una Tigresa, ¿recuerdas?

Él se retiró y embistió con fuerza. Gemí de éxtasis. Repitió la acción una y otra vez, llevándome más y más cerca del límite.

—Miranda, Miranda, Miranda —canturreaba mi nombre al moverse. Una plegaria, o quizá una maldición.

—Harry —dije yo. Una maldición sin duda.

Su ritmo se incrementó y también mi placer.

Estaba al borde, tan cerca que moriría si no daba el salto pronto. De repente, él se echó hacia atrás, embistió de nuevo y golpeó el punto exacto donde lo necesitaba. El clímax me desgajó en dos. Veía estrellas y la sangre me golpeteaba en las venas.

Creo que incluso abandoné mi cuerpo un segundo.

Mientras mis músculos se contraían alrededor de él, soltó un rugido fuerte y largo. Su cuerpo se tensó y sujetó mis caderas. Volvió a gritar mi nombre y esa vez no me quedó duda de que era una plegaria.

Beautiful mess (Harry Styles)¡Lee esta historia GRATIS!