Tuve muchas veces la sensación de que alguien me observaba.

Ese alguien, la mayoría de las ocasiones, se fundía entre la multitud antes que yo consiguiera ponerle rostro. Tenía la teoría de que mi imaginación me jugaba malas pasadas, aunque siempre tuve presentes unos ojos azules. Unos ojos que tenían que ser recordados por algo especial.

Tuve muchas veces el presentimiento de que, si seguía por el pasillo, donde la gente se amontonaba y no me permitía ver más allá de los cuerpos de las personas que tenía más cerca o los rostros de las personas de mayor estatura, podría saber el nombre de la persona que me observaba desde lejos. Independientemente de si la conocía o no, sabría de quien se trataba.

Nunca tuve la oportunidad de hacerlo.

Siempre tuve miedo de seguir a un fantasma.

¿Una chica popular con problemas de autoestima? No ocurría mucho, pero ese, no era mi caso. Solo no quería parecer idiota delante de las personas con las que tendría que convivir los próximos años, el ser animadora ya me daba una fachada como para que la gente agregara a la lista que, por ser casi rubia, era idiota. Sin duda, no lo era.

Caminando en sentido contrario al que me gustaría ir, seguí a las demás. Como si mi propósito en la vida fuera ser  una más en el grupo de clones que se reunían alrededor de su reina, Kitty. Hija de unos padres que crecieron en los años setenta donde marcas bastante conocidas empezaban a existir, la llamaron por accidente “Diablo”.

Aunque, por motivos que aún desconozco, no le dije nada al respecto cuando lo descubrí. Supongo que fue por respeto, a veces pienso que por miedo, casi siempre pienso que fue por no encontrar el momento adecuado. Pero claro, nadie quería meterse con Kitty. Menos una chica de primero a la que, sin duda, era fácil aplastar.

El grupo se paró delante del casillero de Kitty. Miré la hora desde mi móvil, me quedaría sin tiempo para almorzar sin continuábamos con el recorrido que Kitty quería. Consistía en ir al baño, poner los libros en la taquilla y, lentamente, ir desfilando por el pasillo hasta llegar a la cafetería.

Guardé mi móvil antes de que alguien se diera cuenta de que no estaba idolatrando a la reina. Miré hacia mis pies, uno de mis zapatos de tacón se había soltado.

Fantástico. Pensé.

Me acuclillé y rápidamente me lo volvía a atar. Con un salto algo patético me puse de pie, pero supongo que no fue el mejor momento para hacerlo. Un fuerte golpe en mi espalda hizo que mi endeble equilibrio fuera derrotado, me pilló desprevenida, no noté lo que pasaba, hasta que mi cara estaba más cerca del suelo de lo que me hubiera gustado. Intenté parar la caída con mis manos, pero solo provocó que mi orgullo no se quebrara por completo y que acabara a cuatro patas sobre el suelo. La mirada de todos se posó en mí, alarmados por mi caída.

Perder el equilibrio al usar tacones era bastante frecuente, sobre todo si recibes un fuerte golpe sin previo aviso.

-         Auch –pronuncié al llegar al suelo-.

Me senté en el suelo, mirando mis –ahora- sucias manos, comprobando que no tenía ningún rasguño. Intenté ponerme de pie, pero se pareció más a un intento fallido de hacer el puente. Suspiré resignada, mirando a mis tacones.

-         Lo siento.

Miré hacia arriba. Un chico estaba plantado delante de mí, con una mueca en la cara. Entonces vi a una pelota rodar en mi dirección. Supe lo que había pasado al instante: los locos del equipo de futbol jugando otra vez en el pasillo. Miré de nuevo al chico.

Blue, Deep and Yours |Louis Tomlinson|¡Lee esta historia GRATIS!