El viernes llegó muy rápido pero no lo bastante.

—¿Estás seguro de que no quieres sexo conmigo? —pregunté, mientras surcábamos la autopista en otro de los coches de Harry, un lujoso Jaguar Azul oscuro—. Podríamos aparcar y hacerlo ahora mismo. Estoy dispuesta.

Él me lanzó una mirada ardiente que se clavó en mis muslos desnudos. Me había puesto una falda rosa corta que le había pedido prestada a Lucre, sabiendo que se subiría cada vez que me sentase. Tenía mis trucos.

—Quiero hacerte el amor —su voz sonó áspera—. Créeme, estoy a punto de consumirme.

—Pero todos los días me dices que no —era imposible sonar más plañidera—. Y no has intentado tocarme en toda la semana.

—¿Recuerdas lo que te dije antes de irme a Florida? ¿Y lo que te he dicho por teléfono? Es en serio. Nada de sexo hasta que no haya compromiso.

—Seré tu novia, vale, y tú mi novio —gruñí—. Eso es un compromiso.

Siguió un largo silencio. Él tenía la vista en la carretera, pero noté que sus manos aferraban el volante.

—¿Qué me dices de ser mi prometida?

—Cada cosa a su tiempo. Novia es cuanto puedo ofrecerte de momento.

—Me parece justo —suspiró, pero fue un suspiro feliz. Puso una mano sobre la mía—. Es un gran paso para ti. Sé que no querías otra relación.

Era un paso tan grande que me costaba creer haberlo dicho en voz alta.

—Deberíamos sentar algunas normas básicas.

—Nada de normas.

—Pero…

—Nada de normas.

—Pero…

—Las normas son para los militares y los niños malos. La única restricción necesaria es la fidelidad. Nada de salir con otras personas.

Oírle decir eso me templó, por dentro y por fuera.

—Nada de pedirme mi mano en matrimonio, y nada de pedírsela a mi padrastro.

—Eso me suena a norma —dijo, con media sonrisa.

—Tú has puesto una norma, así que yo también.

—Me parece justo —repitió él.

—Entonces, supongo que somos una pareja.

—El entusiasmo de tu voz me inspira. Desde luego —dijo él con voz seca. Pero sus ojos chispearon con una mezcla de malicia, felicidad y pasión.

Me volví hacia él. El sol creaba un halo a su alrededor y se me cerró la garganta de repente.

—Así que después me harás temblar de placer. ¿Correcto?

—No —él movió la cabeza con pena y suspiró—. Lo siento.

—¿No? ¡No! ¿Qué quieres decir con no? He dicho que seré tu novia.

—Quiero reservarme para el matrimonio.

—¡Serás tramposo! —enseñé los dientes—. Retiro todo lo dicho. No soy tu novia. Soy tu peor enemiga.

—No puedes retirarlo —apretó los labios, esos labios deliciosos y traidores, para no reírse—. Así me respetarás más.

Entrecerré los ojos. Bien. Si quería jugar, yo también jugaría, pero sucio. Cuando llegáramos a la cabaña lo seduciría. Decidir llevar la relación a otro nivel había sido un paso enorme para mí, y esperaba… , no, «merecía» una recompensa.

«Espera y verás, Harry Styles».

Una hora después, cuando llegábamos a nuestro destino, tenía mi estrategia planificada. Lucir piel, decir cosas malvadamente sexys y tentarlo a la menor oportunidad. Ya veríamos quién se rendía antes.

La cabaña apareció ante nuestra vista. Era pequeña y acogedora, frente a un lago de agua cristalina. Cuando el coche se detuvo, abrí la puerta y salté fuera.

—Deja tus cosas —dijo él, cuando me vio ir al maletero—. Yo me ocuparé de eso.

Ser novia tenía ciertas ventajas. Me alejé, bamboleando las caderas con descaro. EI aire era fresco y limpio, olía a pino y a verano. Los árboles se mecían en la brisa. Cuando llegué a la puerta, giré el pomo y me sorprendió que se abriera. Entré y di un gritito.

La cabaña era increíble sensual, perfecta, el sueño más erótico de una mujer. En la sala principal había un enorme jacuzzi, ya lleno, a un par de metros de la chimenea. La pared trasera era un enorme ventanal de cristal con vistas al lago.

EI lugar perfecto para ver la puesta de sol.

Perfecto para relajarse.

Era sencillamente… perfecto. Sonreí lentamente. Harry sería incapaz de resistirse. ¿Esperar al matrimonio? Eso habría que verlo.

—¿Qué te parece?

Me di la vuelta. Harry estaba en la entrada con mi bolsa en una mano y la suya en la otra.

—Me encanta. Es como un paraíso escondido. No serviría para la fiesta, claro, pero me encanta.

—¿Ya sabes que no serviría? —alzó una ceja.

—¿Crees de verdad que podrías meter a trescientas personas aquí?

—Puedo reducir el número de invitados si hace falta. Ya hemos tenido esta conversación antes.

—Echaré un vistazo —gruñí yo.

—Bien. Yo prepararé el almuerzo —desapareció tras una puerta.

—Sí, señor —saqué el metro de la bolsa y empecé a trabajar. Midiendo la habitación sabría cuántas personas y cuantos motivos decorativos cabían allí.

Beautiful mess (Harry Styles)¡Lee esta historia GRATIS!