— ¡Quién osa a gritar de esa forma en la puerta de mi propia casa!

«Aquella voz era pastosa y amargada. En el preciso momento que la puerta se abrió pude ver a un hombre entrado en años, aún con apariencia fuerte y la expresión de ser alguien sin la más mínima compasión.»

— ¿Quién es usted? «Le preguntó a mi señor con desagrado, a mí ni siquiera me miró.»

—Soy el duque Jacques D'Levallois y vengo en nombre del rey a confrontarlo por las muertes de muchas jóvenes durante estos últimos 12 años.

«Anunció mi señor. Sin embargo, aquel hombre en ningún momento cambió su expresión de disgusto, lo único que hizo fue hacerse a un lado para que pasáramos al interior de su casa. Eso como comprenderá, Conde, no me agradó en lo absoluto, pero mi señor entró aprisa y se detuvo frente a la chimenea.»

—Debo decirle «dijo inmediatamente después que todos estuvimos frente a él» que usted ha sido reconocido por la única joven que tuvo la desdicha de sobrevivir a su ataque y lo reconoció de inmediato «añadió con voz de triunfo. Yo, me había quedado un poco más cerca de la puerta vigilante por si algo desfavorable sucedía, también estaba mirando por alguna posible arma que pudiera utilizar para defenderlo en cuanto fuera requerido.» Aquella desdichada «continuó» pudo decirnos a quien debíamos mandar a la horca y esa persona es usted.

«Señor Conde, ese viejo no dijo nada durante el parlamento de mi señor. Cuando terminó su discurso, pude ver que la expresión de aquel viejo pasó de la molestia a la amargura y luego a otra que no pude identificar. De pronto, escupió en el suelo de su propia casa y habló con voz baja no sin antes añadir varias maldiciones que en su mayoría no pude comprender, las que sí no me atrevo a repetirlo delante de su merced —se disculpó Guy mirando al Conde, éste solo se limitó a instarlo a que continuara con la narración—. Ese hombre solo caminaba por la estancia sin que nosotros pudiéramos evitarlo.»

«De improviso se detuvo y miró fijamente a mi señor. Oh señor Conde, si hubiera visto la expresión de aquel hombre seguro se le hubiera helado la sangre igual que a mí. Estuve a segundos de coger una lámpara apagada que estaba a un lado de la puerta y reventarle el cerebro a ese viejo. Estaba seguro que deseaba matar a mi señor; sin embargo, no hizo mayor movimiento y solo habló con una voz que al escucharlo no supe que hacer o cómo reaccionar.

—Duque, mi querido duque ¿Me puede decir usted a favor de mi inocencia que aquella mujer le dijo que yo, yo en persona, fui quien le hizo alguna clase de bajeza? «Preguntó como si fuera algún inocente mendigo» ¿Podría usted jurar ante nuestro excelentísimo rey que ella dijo mi nombre completo y que fui yo quien la ultrajó?

«Por primera vez en todo el tiempo en que he estado al servicio de mi señor, jamás lo había visto tan desconcertado como aquel día. Es bien sabido de su gran corazón, su alta estima a la verdad y a realizar juicios justos que esta nueva situación le impedía actuar tal como había planeado a su llegada a esa casa. A pesar de su primer asombro nunca bajó la mirada ni se amilanó por lo que le preguntaba y aunque no pudo responderle a cabalidad tampoco se dio por vencido o aminorado.

—Ella dijo que estuvo en esta cabaña, describió el pueblo y el lugar donde estamos en este momento «le aseguró mi señor con voz fuerte». Y hasta donde sabemos es usted el único habitante de esta casa.

«Anunció con la facilidad de alguien que jamás se equivoca, pero el viejo sonrió y volvió a escupir en su propio suelo. Le juro Conde que estuve a punto de vomitar por el acto tan asqueroso que alguien pudiera tener en su propia casa.»

— ¡Eliot! ¡Eliot! ¡Mocoso desdichado donde diablos te has metido!

«Comenzó a gritar como desquiciado de pronto, yo volví a pensar en tomar esa lámpara y usarla como arma, pero antes que pudiera darle un segundo pensamientos a esa idea, un joven delgado y despeinado, se acercó a la sala donde nos encontrábamos. Este joven tenía la mirada en el suelo, las manos juntas hacia delante, claramente era desdichado en esa casa, él tenía una expresión torturada, y llevaba puesto ropas viejas y sucias.»

El Camino al destinoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora