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Reto 24

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Consigna: Escribe un relato que termine con un cliffhanger


¿FIN?  

De pie en la entrada de mi casa me encuentro intentando descifrar lo que ha sucedido, pero solo me cabe en la cabeza la idea de un ladrón. Creo que solo un amante de lo ajeno podría ser el responsable de tales destrozos.

Temerosa de que el susodicho siguiese en mi casa, tomo como arma la escobeta que me queda de paso pues, aunque quizá en mi cocina hubiese indumentaria más dañina que una escoba, no es mi intención usarla de arma, es por si acaso debiese defenderme.

Camino unos pasos y veo un reguero en mi sala también: —Dios —musito y esclarezco mi garganta intentando disipar un poco los nervios que me hacer querer salir corriendo.

Andando las escaleras escucho un sonido fuerte en el desván de mi casa, mis pies se congelan mientras mi cuerpo se paraliza, excepto mis manos que tiemblan con fuerza alrededor del palo de la escoba.

«Camina» me ordeno a mí misma y mis pies vuelven a moverse.

«Para el otro lado idiota» reclama una parte de mi consciencia, pero, como si alguien estuviese llamándome allí, me dirijo a la parte alta de mi casa.

El silencio es tan profundo que se torna ensordecedor, solo los ecos de mis pasos se escuchan junto al frenético latir de mi corazón.

Camino cada vez con más lentitud, mientras empuño con más fuerza mi escoba, descubriendo a mi paso un poco más de desorden en cada área que voy pasando. El atrevido no se tentó el corazón, incluso desordenó el cajón de mi ropa interior.

Frente a la puerta del desván un nuevo lamento se escapa.

—Demonios —invoco a la parte contraria. Si algo malo va a pasarme necesito a Dios para que me proteja y al demonio como aliado. Un grito se ahoga en mi garganta al escuchar un gruñido detrás de la puerta.

«Es un oso» me aventuro a pensar. Aunque eso más ilógico que poderme defender con la escobilla entre mis manos pero la tensión en el ambiente, hace minutos, tiene loca mi razón.

Con la mano pegada a la perilla de la puerta, con el corazón latiendo a mil, escucho a quien sea que haya desordenado mi casa aproximarse a mí.

«Suelta la perilla, suelta la perilla, suelta la maldita perilla y corre» me ordeno internamente, pero al parecer la perilla tenía cola en ella, porque mi mano se ha quedado pegada.

—Dios, Dios, Dios —balbuceo arrepentida de haber invocado al diablo. Solo quiero salir bien librada de esta, pero seguro un oso no me perdona y posiblemente el ladrón tampoco, así que necesito a Dios de mi lado.

De pronto la puerta se abre, jalándome al interior. La escoba en mi otra mano es más inútil que mi mano misma, así que pienso en deshacerme de ella. Pero a puño limpio no le ganaría a mi abuela, menos a un oso o a un ladrón.

Con la poca voluntad que me queda empuño fuerte mí no tan amenazadora arma y abanico al frente estampando las cerdas en la cabeza de la figura confusa frente a mis ojos vidriosos.

—¿Qué diablos estás haciendo? —pregunta una voz que probablemente conozco pero que, entre tanta confusión, no alcanzo a reconocer. La adrenalina abandona de a poco mi cuerpo y, retrocediendo un par de pasos, dejo que mi propio peso me lleve al piso, desde donde reconozco la figura del hombre —y no oso—, que sobaba su cabeza—. ¿Por qué me pegaste con una escoba? —preguntó confuso y dolorido mi marido.

—Creí que eras un oso —dije sin poder contener el llanto. Mi esposo clavó la mirada en mí, parecía no dar crédito de mis palabras. Y no lo hacía, confirmé mis sospechas cuando preguntó en cierto tono de ironía: —¿Un oso?, ¿en serio? —aun llorando asentí y un suspiro escapó de sus labios.

—Si hubieses dicho ladrón otra cosa había sido —dijo con un tono de resignación—, pero tú y tu loca imaginación. Solo mírate, un nudo de nervios.

—Pues si no hubieses hecho tal desorden por la casa —reclamé.

—Pero tampoco lo hubiese hecho un oso ¿eh? —dijo aun burlándose de mí.

—¿Por qué hiciste tanto desorden? —pregunté un poco más tranquila. El rostro de mi marido se ensombreció y, apartando la mirada, dijo: —No lo hice yo, cuando llegué a casa estaba así y estoy buscando al responsable. Pero no un oso mi amor. —dijo cambiando su rostro a uno de clara burla.

—¿Lo encontraste? —pregunté haciendo caso omiso a su burlesco comentario, y negando con su cabeza informó: —Aquí no hay nadie. Todo está cerrado y no hay puertas o ventanas forzadas —aseguró— desde que nos fuimos nadie ha entrado o salido. Estoy seguro. —y un silencio sepulcral nos envolvió y una ráfaga de helado viento, proveniente de un desván sin ninguna ventana, nos hizo estremecer en cuerpo y alma.




¿Sí está bien?... ¿Se quedan con ganas de saber más?... Qué pena que sea el final del relato ¿no?Espero haberlo hecho bien. Gracias por leer. Besos hermosuras. 

52 RETOS DE ESCRITURA 2016¡Lee esta historia GRATIS!