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Reto 46

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Consigna: Escribe una historia que tenga lugar en un taller mecánico.


CONFLICTOS LABORALES

—Señora Martha, señora Martha —repetía Verónica, la gerente de recursos humanos, intentando despertar a la mecánica a cargo del área de reparaciones de la empresa—. Señora Martha, despierte por favor.

—¿Qué?... ¿Qué pasó? —despertó sobresaltada y tirando al piso la caja de herramientas en que hace segundos descansaba los pies. Martha se puso de pie, giró su gorra para que no le cubriera más el rostro y limpió las comisuras de sus labios después de haber tallado con pesadez sus ojos.

—Señora Martha —comenzó a hablar Verónica intentando que su enfado no se notara—, he recibido algunas quejas de su desempeño laboral —a estas palabras Martha llevó sus puños a sus caderas y frunció el entrecejo—, así que he venido a hablar con usted para que solucionemos los problemas que pudiesen haber.

—Aquí no hay ningún problema —aseguró Martha enfurruñada—, y ultimadamente, si no le gusta mi trabajo puede despedirme, pero a ver quién le hace todo el trabajo que yo hago.

—Señora Martha, no he venido a pelear con usted, ni a despedirle tampoco. Vengo a que hablemos un poco, solo eso —habló la de recursos humanos fingiendo calma.

Y es que, a pesar de lo que la mecánica decía, los problemas saltaban a la vista. Solo tenía que ver lo desordenado del lugar que hasta cierto punto parecía peligroso, el exceso de materiales fuera de su sitio y la actitud violenta con que reaccionó la señora Martha, para darse cuenta que efectivamente había situaciones a atender en ese lugar.

»Estas máquinas —señaló a una esquina Verónica—, ¿no debieron estar funcionando a partir de la semana pasada? —preguntó comenzando a buscar las dificultades que le traería si su sospecha fuese cierta.

—Ah, si —dijo con simpleza la mujer a cargo del taller mecánico— no me he dado tiempo —molestando a una mujer ya algo enojada.

—Pero para dormir si tiene tiempo —musitó sin quererlo. No era habitual que los reclamos salieran de su boca, pero ese desordenado lugar le tenía con los nervios de punta.

—Mire señorita —comenzó a pelear la tal Martha—, usted no tiene ningún derecho de venir a juzgar mi trabajo. Usted no sabe si mi trabajo es fácil, o si se puede hacer rápido —enumeraba la mujer mientras caminaba lento y asechadoramente hacia una mujer bajita que empuñaba algunos folders.

—Repito que no he venido a pelear —insistió Verónica—, vengo a que hablemos. Es cierto que desconozco los límites de su trabajo, pero si hablamos puedo intentar entenderlo.

—¿Qué va a entender usted que siempre viene de tacones y con las uñas pintadas? —preguntó furiosa Martha—, es obvio que usted no sabe lo que es trabajar para ganarse la vida. A usted le pagan por tener el trasero pegado a una silla ocho horas al día.

—Señora Martha, de verdad que no quiero pelear, solo quiero que me explique la razón de que unas máquinas que deberían estar funcionando ya, estén aún en su área de trabajo —preguntó Verónica exasperada. No era la primera vez que trataba con personas así de difíciles, y también sabía que no sería la última vez que lo hiciera, pero le molestaba bastante que subestimaran su trabajo. A ella no le pagaban por andar en tacones con las uñas pintadas y estar sentada en su escritorio por ocho horas al día, de otra manera no estaría en ese lugar conteniendo las ganas de despeinar aún más a la mecánica esa.

—¿Le molesta estar entre la suciedad? —preguntó con saña la mujer del jumper—, quiere volver a sentarse en su oficina con aroma a limón y tomar té con galletas ¿no?. —Verónica suspiró.

—Me gustaría, claro que sí —dijo con una sonrisa fingida. Definitivamente no caería en el juego de esa mujer.

—Pues si gusta siéntese acá, yo le traigo un café —se burló Martha ofreciéndole una caja llena de aceite y grasa. Verónica respiró profundo.

—Señora Martha —habló la de tacones—, usted dijo que, si no me gustaba su trabajo, podía despedirla ¿no? —tensando a la mujer que no podía reír más—. Mi intención no es despedirla, y es cierto que su trabajo deja mucho que desear, pero es bueno —aseguró—, aunque... ¿Cuánto cree que aguante la empresa que su trabajo de calidad tenga tan poca cantidad?, yo no creo que sea mucho.

»Le sugiero que se ponga las pilas —dijo con una sonrisa la gerente de recursos humanos—, y que ponga un poco de orden en este espacio, le haría mucho bien. —Verónica caminó un par de pasos, se detuvo y se giró para ver la furiosa cara de Martha— Por cierto, si tiene alguna queja o sugerencia puede venir a mi oficina, tengo té y galletas, platicaremos con calma.

»A menos que esas máquinas no estén trabajando para el fin de semana, entonces yo volveré aquí con su carta de despido. —sonrió de nuevo— Espero no tener que venir a eso. Pase una buena tarde, Señora Martha. —Y se fue pensando en llamar a un nuevo mecánico, porque la expresión furibunda de la señora Martha aseguraba que ella prefería cambiar de trabajo antes que de actitud.



Esto es una crónica de mis vivencias. En la universidad, para la clase de psicología laboral, hicimos un documental de las condiciones adecuadas e inadecuadas de trabajo. Mi papá nos prestó su taller —él es mecánico— y mi hermana Rose era la señora Martha. Rose actuaba con tal seriedad que Vero, mi compañera de trabajo, no podía dejar de reír y pues yo, que era la camarógrafa, tampoco. Por eso mi papá terminó grabando el vídeo. ¡Qué tiempos aquellos!

Gracias por leer hermosuras. Besos.

52 RETOS DE ESCRITURA 2016¡Lee esta historia GRATIS!