Contradicciones

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Manuela recoge sus cosas y se apresura en salir de la clase. Aún se siente mortificada por lo ocurrido. ¡Lo que se va a reír Olivier! piensa. Aprovechando el Wifi del campus, le envía un mensaje a Olivier, contándole lo ocurrido, otro a su hermana y otro al chat grupal que tiene con Sofía y Valeria. No puede parar de reírse. Camina en dirección a la parada de bus, en ese momento escucha que la llaman por su nombre. Lo reconoce al instante, nadie pronuncia su apellido de forma tan desagradable.

—¡Señorita Fernández! ¡Señorita Fernández! Espere un momento por favor.

Manuela se detiene y voltea, —Dígame señor Wyatt, ¿en qué puedo ayudarle?

—Perdón, se ve usted molesta, ¿le ha sucedido algo? ¿puedo ayudarla en algo?

—No me ha sucedido nada, responde ella. Sólo deseo llegar a casa lo antes posible.

—Déjeme llevarla, he venido en carro y será un placer.

—Se lo agradezco, pero no acostumbro subir al carro de desconocidos, responde ella.

—¡Pero usted y yo no somos desconocidos! Inclusive me ha visto desnudo, bromea él.

Manuela siente nuevamente que sus orejas están calientes, al igual que su rostro. ¡¿Por qué no puede controlar cuando se pone roja?! No sabe cómo responder a la broma de Wyatt, así que opta por lo más sensato, guardar silencio.

—Vamos, insiste él. Será un placer llevarla, soy una persona de confianza. Todos me conocen en Penryn.

—Está bien accede Manuela. Él viste un pantalón de lona y una camisa azul.

Caminan en dirección a los estacionamientos de la universidad, y Manuela se da cuenta que estacionó en el área de estudiantes.

—¿Estudias acá? Le pregunta.

—Sí acabo de comenzar una maestría en «Professional Writing», pero estoy en el campus de Penryn. Me gradué acá hace tres años, de periodismo y escritura creativa, tengo un BA. Pero me ha sido difícil publicar mis escritos, por lo que decidí continuar con la maestría.

—¿Tienes alguna otra profesión? Disculpa la pregunta, pero te ves un poco mayor para haberte graduado hace tan sólo tres años de la universidad.

—Tengo treinta y ocho años, y estás en lo correcto. Me enrolé en la universidad pasados los treinta años. Tengo dislexia severa, y estudiar ha sido siempre un reto para mí. Es una discapacidad. Supongo que esa es la razón por la que mis libros no han tenido aceptación. ¿Sabías que los disléxicos vemos el mundo de una manera diferente?

—Mi hermana tiene dislexia. Sin embargo ella no lo ve como una discapacidad, fue un reto en un inicio, pero es una profesional muy exitosa. Es arquitecta.

—Posiblemente la dislexia de tu hermana no es muy severa. ¡Yo tengo dislexia severa!

—Tranquilo, no es una competencia para ver quien tiene la dislexia más severa. Solamente hice la observación, porque ni ella, ni mis padres, ni yo, lo hemos visto como una discapacidad. Fue un reto para ella en la edad escolar, sobre todo en la primaria. Pero lo pudo superar con el apoyo de mis padres, y de sus maestros.

—Perdona, no fue mi intención darte esa impresión. Tan sólo las cosas no fueron fáciles para mí.

Suben al carro, es un Volkswagen Cabriolet. Él le comenta que el carro es modelo 1995, y que él lo remodeló, se siente orgulloso de ello. Manuela se da cuenta que aunque es un carro de más de 20 años, está en perfecto estado.

—¿Eres mecánico?

—Hago lo que se puede para sobrevivir, cuando tenía diecinueve años y me di cuenta que por mi discapacidad no podía estudiar, me mudé a Escocia a trabajar en la planta de «Diageo». Mi madre es escocesa, por lo que vivía en casa de una tía. Pero los horarios son terribles, y explotan a los trabajadores.

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