Capítulo 11.-

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Justin apenas conseguía pegar ojo en toda la noche y las pocas veces que conseguía conciliar el sueño, su mente se llenaba de imágenes en las que se encontraba frente a _____, al borde de un preci­picio. Tenía la sensación de que ella lo hubiera lle­vado hasta allí, donde no tenía otra escapatoria que acercarse a ella y cuando lo hacía, el sueño se volvía tan tremendamente erótico, que cuando por fin conseguía salir de él, estaba excitado, fu­rioso e invadido por su recuerdo y por su sabor.
No podía comer. Nada le satisfacía porque todo le recordaba a la sencilla cena que habían compar­tido unas noches antes. Se alimentó tan sólo de café hasta que los nervios y el estómago empeza­ron a protestar.
Lo que sí hacía era trabajar. Parecía que, cuanto más sufrían sus emociones, más se adentraba en la historia y en sus personajes. Resultaba doloroso arrancar esos sentimientos de su corazón y dejar que los personajes los engulleran ansiosamente.
Recordaba lo que ______ le había dicho antes de cerrarle la puerta en la cara, que utilizaba todas sus emociones en el trabajo, pero no sabía cómo in­troducirlas en su vida. Tenía razón y era mejor así. Había muy pocas personas a las que les pudiese confiar sus sentimientos. Sus padres, su hermana, aunque la necesidad que sentía de responder a sus expectativas era demasiado peligrosa. Estaban tam­bién Delta y André, los pocos amigos que se per­mitía tener y que no esperaban de él más que lo que él quisiera darles. Y Mandy, que lo presionaba cuando necesitaba presión, lo escuchaba cuando necesitaba hablar y se preocupaba por él casi más que él mismo.
No quería que ninguna mujer se hiciese hueco en su corazón nunca más. Ya había aprendido la lección con Pamela y desde entonces no había de­jado que nadie se acercara a tan vulnerable terri­torio.
Con sus mentiras y su traición, aquella mujer le había hecho aprender mucho a los veinticinco años. Desde entonces no creía en el amor, ni per­día el tiempo buscándolo.
Y sin embargo no podía dejar de pensar en ______.
La había oído salir varias veces en los últimos tres días. Más de una vez lo había distraído el so­nido de la risa y las voces procedentes de su apar­tamento. Ella no estaba sufriendo. ¿Entonces por qué él sí?
Debía de ser el sentimiento de culpa porque sa­bía que le había hecho daño, aunque hubiera sido de manera completamente involuntaria. Muy a su pesar, Justin había quedado fascinado con ella y no había pretendido hacer que se sintiera estú­pida, ni herir sus sentimientos. Las lágrimas de una mujer eran capaces de destrozarlo por mucho que supiera lo falsas que podían ser.
Pero el llanto de _____ no le había parecido falso, aquellas lágrimas habían sido naturales como gotas de lluvia.
Sabía que no podría resolver el problema hasta que hubiese arreglado las cosas con ella. Era cons­ciente de que no se había disculpado adecuada­mente, así que tendría que volver a hacerlo ahora que _____había tenido tiempo de controlar un poco esas emociones que dejaba salir con tal libertad.
No había motivo alguno para que fueran ene­migos. Ella era la nieta de un hombre al que Justin admiraba y respetaba y no creía que Daniel MacGregor opinase lo mismo de él si se enteraba de que había hecho llorar a su pequeña.
Lo cierto era que le importaba mucho la opi­nión de Daniel MacGregor.
Y también la de ____, le dijo una vocecita.
Por eso de pronto se encontró yendo hacia la puerta en lugar de trabajar.
La había oído salir hacía ya bastante, así que de­cidió salir y esperarla en la puerta. Entonces se dis­culparía de verdad con ella y podrían volver a ser buenos vecinos. Además tenía que devolverle los cien dólares porque, aunque al principio se había divertido con la ocurrencia, ahora hacía que se sintiera como un sinvergüenza.
Pero estaba seguro de que _____ no tardaría en reírse de lo ocurrido y volver a ser la chica alegre de siempre. Una mujer como ella no podría seguir enfadada por mucho tiempo.
Justin se habría sorprendido de ver hasta qué punto seguía enfadada ____ pues mientras subía en el ascensor, se lamentaba de tener que pasar por delante de su puerta para ir a casa porque cada vez que pasaba por el 3B se acordaba de lo estúpida que había sido y lo estúpida que él le había hecho sentir.
Tenía intención de sacar la llave antes incluso de salir del ascensor para no tener que entrete­nerse en el descansillo, pero iba muy cargada con la compra y aún estaba buscándola cuando salió.
Apretó los dientes al verlo y lo miró con toda la frialdad que pudo.
—____ —Justin nunca la había visto mirarlo de ese modo, pero la frialdad de sus ojos lo hizo estremecer—. Déjame que te ayude con esas bol­sas.
—No necesito ayuda, gracias —____habría querido tener tres manos para poder encontrar de una vez las malditas llaves.
—Yo creo que sí, si vas a seguir buscando en el bolso —dijo intentando sonreír cuando por fin consiguió quitarle una de las bolsas—. Escucha, ya te he dicho que lo siento. ¿Cuántas veces tengo que disculparme para que quites esa cara de en­fado?
—Vete al infierno —replicó ella—. Dame la bolsa —le ordenó una vez tuvo la llave en la mano.
—Te la llevaré a la cocina.
—He dicho que me des la maldita bolsa —for­cejeó con él y al ver que no podía, se dio media vuelta—. Muy bien, entonces quédatela.
Abrió la puerta y se disponía a cerrarla de golpe cuando él la sujetó. Sus ojos se encontraron y Justin creyó ver violencia en los de ella.
—Ni se te pase por la cabeza —le advirtió—. Yo no soy un atracador desnutrido.
_____sabía que de todos modos podría hacerle daño, pero se dio cuenta de que eso sería hacerle parecer más importante de lo que quería que fuera. Así pues, dejó que le llevara la bolsa a la co­cina y ella hizo lo mismo con la suya.
—Gracias. ¿Quieres una propina?
—Muy graciosa. Antes dejemos solucionada otra cosa —dijo al tiempo que se sacaba cien dó­lares del bolsillo—. Aquí tienes.
____ miró el dinero sin el menor interés.
—No voy a aceptarlo. Eso dinero te lo ganaste. De hecho, te debo otros cincuenta, ¿verdad?
Justin apretó la mandíbula con furia al ver que echaba mano de su bolso.
—Ya está bien, _____. Toma el dinero.
—No.
—He dicho que agarres el maldito dinero —la agarró de la muñeca y se la hizo girar para ponerle el dinero en la mano.
Se quedó atónito al verla convertir en confeti un billete de cien dólares.
—Ya está. Problema resuelto.
—Eso ha sido una solemne estupidez —dijo Justin después de respirar hondo para intentar mantener la calma.
—Bueno, ¿para qué cambiar? Ahora ya puedes marcharte.
Su voz sonó tan ecuánime, que Justin se ha­bría ido de no haber visto el modo en que le tem­blaban los dedos mientras guardaba la compra en los armarios. Aquel simple temblor hizo que toda su furia desapareciera y sólo quedara la culpa.
—____, lo siento —la vio titubear antes de colo­car el siguiente bote—. Se me fue de las manos y no hice nada por pararlo. Pero debería haberlo hecho.
—No tenías por qué mentirme; te habría de­jado en paz si me lo hubieras pedido.
—No te mentí, o al menos no pretendía ha­cerlo. Es cierto que dejé que creyeras algo que no era cierto. Quiero tranquilidad, la necesito.
—Pues ya la tienes. No soy yo la que se ha co­lado en tu apartamento a la fuerza.
—No, es cierto —hundió las manos en los bol­sillos—. Te he hecho daño y no debería haberlo hecho. Lo siento mucho.
____ cerró los ojos al sentir que la puerta que había prometido mantener cerrada comenzaba a abrirse.

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Att: Claudia. 

Heello: @dearbieberr

La Vecina Perfecta. Justin Bieber. Adaptada. TERMINADA.¡Lee esta historia GRATIS!