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Pen Your Pride

Capitulo 10.-

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Seguía sin saberlo cuando llamó a su puerta esa misma tarde, pero sabía que debía hacer algo res­pecto a lo que había visto en sus ojos unas horas antes. Claro que tampoco era asunto suyo si él te­nía trabajo o no; él había hecho todo lo posible para que no se entrometiera en su vida...
Hasta la noche anterior, recordó.
Había sido una mala idea; no debería haber ac­cedido a salir con ella y mucho menos debería ha­berse permitido el lujo de pasarlo tan bien.
Y de besarla.
Cosa que no habría hecho si ella no se lo hu­biera pedido.
Cuando abrió la puerta, Justin la esperaba con una disculpa.
—Lo siento —comenzó a decir con impacien­cia—. Pero la verdad es que no era asunto tuyo. Es mejor que dejemos claras las cosas.
Fue a entrar, pero ella le puso la mano en el pe­cho.
—No quiero que pases.
—Por el amor de Dios. Fuiste tú la que empezó todo. Puede que yo dejara que lo hicieras, pero...
—¿Qué es lo que empecé?
—Esto —espetó, furioso consigo mismo por no encontrar las palabras que necesitaba y con ella por mirarlo con esos ojos de perrillo herido.
—Está bien, yo empecé. No debería haberte llevado las galletas, fui una desconsiderada. No de­bería haberme preocupado por que no tuvieras trabajo, ni debería haberte invitado a cenar por­que pensé que no podías permitirte comer como Dios manda.
—Maldita sea, ______.
—Tú dejaste que lo creyera. Dejaste que pen­sara que eras un pobre músico sin trabajo y seguro que te has reído a mi costa. El laureado Justin Bieber, autor de la magnífica Una maraña de al­mas. Supongo que hasta te sorprende que una sim­ple dibujante como yo conozca tu trabajo. ¿Qué va a saber del verdadero arte, de la literatura con mayúsculas, una muchacha que sólo hace tiras có­micas? ¿Por qué no echarte unas risas a mi costa? Maldito engreído petulante —la voz le tembló a pesar de que se había prometido que no iba a per­mitirlo—. Yo sólo intentaba ayudarte.
—Nadie te pidió que lo hicieras. Yo no quería tu ayuda —justin se dio cuenta de que estaba a punto de echarse a llorar y cuanto más se acercaba al llanto, más furioso se sentía él. Sabía que las mu­jeres se servían de las lágrimas para destruir a los hombres—. Mi trabajo es sólo asunto mío.
—Tu trabajo se representa en Broadway, así que es público, pero eso no tiene nada que ver con que fingieras ser un simple saxofonista.
—Yo no fingí nada. Toco el saxo porque me gusta. Tú diste muchas cosas por hecho.
—Y tú dejaste que lo hiciera.
—¿Y qué si lo hice? Me vine aquí en busca de un poco de tranquilidad, pero de pronto apareciste tú con tus galletas, luego me seguiste y por tu culpa pasé la mitad de la noche en comisaría. Después me pides que salga contigo porque no tienes las agallas suficientes para decirle a una señora de setenta años que no se meta en tu vida. Y para colmo me ofreces cincuenta dólares por besarse.
Una primera lágrima de humillación cayó por su mejilla y le encogió el estómago a justin.
—No —le ordenó él—. No empieces.
—¿Me pides que no llore cuando me estás hu­millando y haciéndome sentir ridícula y avergon­zada? —no se molestó en secarse las lágrimas, sim­plemente siguió mirándolo—. Lo siento mucho, pero yo no funciono así; cuando alguien me hace daño, lloro.
—Tú misma te lo has buscado —tenía que de­cirlo y necesitaba creer que era así.
—Has relatado los hechos, justin —le dijo ella cuando ya se disponía a huir hacia su aparta­mento—. Pero te has olvidado de los sentimien­tos. Te llevé las galletas porque se me ocurrió que te gustaría tener algún amigo en el edificio. Ya te he pedido perdón por seguirte, pero volveré a ha­cerlo.
—No quiero que...
—No he terminado —lo interrumpió con tal dignidad que Preston se sintió aún más culpable—. Te invité a cenar porque no quería ofender a una mujer encantadora y porque pensé que quizá tu­vieras hambre. Lo pasé bien contigo y sentí algo cuando me besaste. Pensé que tú también lo habías sentido. Pero sí, tienes toda la razón del mundo — asintió mientras otra lágrimas le caía por la meji­lla—. Me lo he buscado yo sólita. Supongo que tú te guardas toda la emoción para el trabajo y no de­jas ningún sentimiento para tu vida. Lo siento mu­cho por ti y siento haberme metido en tu territo­rio sagrado. No volveré a hacerlo.
Antes de que justin pudiera decir nada, _____ cerró la puerta y echó los cerrojos. Él se dio me­dia vuelta e hizo lo mismo con la puerta de su apartamento.
Ya tenía lo que quería, se dijo a sí mismo. Sole­dad. Tranquilidad. Su vecina no volvería a llamar a su puerta para distraerlo con conversaciones y sentimientos que no deseaba. Unos sentimientos con los que no sabía qué hacer.
Se quedó allí de pie, agotado y furioso consigo mismo en mitad de la habitación vacía.

La Vecina Perfecta. Justin Bieber. Adaptada. TERMINADA.¡Lee esta historia GRATIS!