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3 de Septiembre, 1939

A pesar de tener los ojos cerrados, podía sentir una luz frente a ellos. Empecé a abrirlos lentamente, sintiendo aún como un pequeño y delgado hilo seguía conectándome a los brazos de Morfeo.

Observe cautelosamente el lugar de origen de mi malestar.

No entendía como, las cortinas de la ventana estaban abiertas si yo las había dejado cerradas antes de acostarme.

Bostecé y estiré mi cuerpo.

No quería abandonar la cama. Quizás en unas horas más estará bien.

Acomodé nuevamente mi cuerpo en mi cama, entre las sábanas y frazadas. Todos creían que estaba loca cuando les decía que pasaba frío por las noches. Nadie me entendía, pero poco a poco lo estaban haciendo. El otoño dejaba ver por donde pasaba.

Los árboles comenzaban a teñirse de naranjo, las hojas comenzaban a secarme rápidamente, las flores se escondían para luego morir por las fuertes heladas; los insectos comenzaban su tiempo de invernación.

Y eso era lo que quería hacer. Invernar por unas horas más.

Pero era imposible. Estando en la familia que estaba, era imposible volver a dormir una vez ya despierta.

-Camila, sale -susurré, estirando mi brazo tratando de agarrar a la niña pequeña de ocho años, aún con los ojos cerrados.

-Despierta Aubrey. Mamá y papá están esperando por ti para el desayuno -comentó con una risilla. Lo que me encantaba de esta niña, era que siempre estaba con ese tono tan característico de ella. Podía estar el mundo en guerra, pero ella seguía manteniendo su tono de voz.

Abrí el ojo que no estaba pegado a la almohada, encontrándome con un par de ojos verdes. Lo que envidiaba de ella, eran sus preciosos ojos. Era la única de nuestra familia con aquél color, todos los demás los teníamos café, café claro algunos, otros; oscuro. Su cabello de color castaño que hacía sus ojos deslumbrarán aún más.

Suspiré, derrotada. -¿Qué hora es? -pregunté, bostezando.

-Quedan veinte minutos para las once.

-Está bien, diles que iré en diez minutos. Debo tomar una ducha -asintiendo, abandonó mi habitación dando brincos. Sonreí.

Hice todo rápido; tomar la ducha, vestirme, secar mi cabello, vestirme, peinarlo, etc. Todas las cosas que necesita una mujer para embellecerse.

Cuando estaba dando los últimos toques a mi cabello, me fije en el anillo que se encontraba en el dedo anular de mi mano derecha. Sonreí como una estúpida.

El día anterior había sucedido el momento más esperado por mi familia, y en especial por mi.

Me habían pedido matrimonio.

Estaba comprometida.

Y a pesar de que ya ha pasado la ocasión, mi corazón comenzaba a latir de tan sólo pensar en como lo había hecho.

Había sido tan romántico.

Nos encontrábamos bajo la sombra de un árbol haciendo un picnic. Para mí, era tan sólo otro día junto a él, mi amado. Esperaba pasar hasta los últimos días de mi vida junto a él.

Nunca antes había sentido algo así, así de fuerte por alguien. Y estaba feliz de que fuera con él.

Sentía... No, sabía que él era el chico perfecto para mí.

Sí, habían veces que me sentía insegura de mi misma; lo que casi nunca pasaba con las demás chicas de mi edad. Todas eran bonitas y lo sabían. Sus cabellos rubios, ondulados, tomados, etc. Sus cuerpos esbeltos, perfectos, listas para ir a la portada de una revista.

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