Capítulo 35

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La maldición de Ancör


Madison corría tan lento como podía. Una parte de ella deseaba hacerlo sin pensar en las consecuencias, pero sabía que en esos momentos era necesario ocultar sus nuevos poderes. En especial, después de lo que había pasado tras el anuncio de Yuhëen.

Aun no podía creer la decisión que la guardiana había tomado, y mucho menos comprendía como era posible que los guerreros y eruditos de Liabiric estuvieran de acuerdo con ello. Los informes sobre la frontera de Nudengor eran poco alentadores, y aun así, Yuhëen estaba dispuesta a enviar a cientos de álfr a la batalla. Todo con tal de ganar algo de tiempo y recuperar el territorio perdido.

Aquello era un disparate. Ni siquiera ella se habría atrevido a llevar a cabo semejante acción; y menos poniendo tantas vidas en peligro.

Y lo peor no era eso, sino que los álfr y demás guerreros que habían sido enviados a pelear lo aceptaron sin siquiera quejarse. Aquello había conseguido enfurecer a la Oidilian, mucho más de lo que quería demostrar.

Con eso quedaban claras tanto sus dudas como las que en algún momento albergaron Lënn y Ninfer. A la guardiana de Liabiric se le estaba acabando el tiempo y la paciencia, y si llegaba a enterarse de que la morocha ya no era un narendäe, era probable que también la enviara a las zonas de guerra.

—Soy yo, ¿Puedo pasar?

—Adelante.

Madison entró a la habitación de Stella con sumo cuidado. La caída de la capital de su país había afectado profundamente a la Iwin, al grado que no quería salir de su habitación y se la pasaba durmiendo por largas horas.

Anna había hecho lo posible por sacarla de la sala cuando Yuhëen mencionó lo ocurrido con Nianmusar, pero ni sus movimientos habían sido tan rápidos como para frenar la mano de Stella, que se cerró sobre el papel con un agarre de acero. Por lo poco que le había contado su cuidadora, cuando llegaron a su habitación la Iwin se puso a leer aquella hoja una y otra vez. No despego sus ojos de la superficie hasta pasadas unas horas, y cuando lo hizo se limitó a recostarse y dormir hasta la mañana siguiente.

De eso ya hacía un par de días, y Stella todavía no daba señales de querer despegarse de la cama; por ello, tanto algunos de los instructores como los chicos habían quedado de ir a cuidarla y visitarla.

Necesitaban de todos para lo que estaba a punto de llegar, sobre todo ahora que ya no contaban con la mayor parte de los guerreros de Liabiric para proteger de la ciudad y sus alrededores.

—¿Cómo se encuentra?

—Sigue dormida, pero hace unas horas se despertó y comió algo —, la morocha asintió, sin despegar los ojos de la joven mujer. Anna no tardó en comprender el mensaje tras esa mirada de pesar —. No te preocupes por ella. Estoy segura de que pronto volverá a ser la misma de antes...

—¿De verdad lo crees?... A mí no me parece que vaya a salir rápido de eso, y menos por como se ve.

—Lo hará —, la castaña apoyó una mano en el hombro de su joven amiga y suspiro —. Pronto comprenderás que pertenecer a Ancör significa hacer algunos sacrificios. Todos hemos perdido algo en esta guerra; algunos más que otros, pero es un precio necesario para poder alcanzar la paz.

Sin más que decir, Anna palmeó a Madison y salió de la habitación, dejando a la joven con sus propias dudas y una sensación de incomodidad.

—¿Madison?... ¿Madison, estas dentro?

La leyenda de la dama de la noche Vol.I - ANCÖR ©¡Lee esta historia GRATIS!