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Y pasaron diez largos meses. En este tiempo finalmente salí del hospital y pude volver a mi casa con los míos. También es cierto que me tenían más controlada. Solo tengo que deciros que Clara y Sebastián se pasaban allí horas conmigo contándome todo lo que habían hecho durante el día, lo cual me parecía increíble.

Ellos apenas pudieron estar conmigo cuando estaba en el hospital porque tenían muchas cosas que preparar para la boda.

Ambos habían insistido en aplazarla pero yo me negué. No solo porque yo lo estuviese pasando mal significaba que el resto de mis amigos no pudiesen seguir adelante y además, me llamaban tres o cuatro veces al día.

También parecía que Olga y Raúl habían hecho las paces. De hecho creo que acordaron no volver a mencionar el tema, aunque los sentimientos de ella no cambiasen nunca, la cuestión era que quizá los de él si lo hubiesen hecho. Lo único que Raúl sabía, era que debía hablar conmigo y resolver lo que fuese que le quemase por dentro.

Yo, por mi parte, había decidido que disfrutaría de lo poco que quedaba de verano a tope con aquellos a los que tanto quería.

Quedé con la pandilla en nuestro refugio. Era una pequeña casita de madera que mi padre solía tener alquilada, pero hace años que simplemente me la prestó.

La casita en cuestión estaba detrás del parque de la ciudad y siempre nos reuníamos allí para hablar de nuestras cosas.

Me puse un vestidito blanco y sin mangas que había enterrado en el fondo de mi armario y unas sandalias planas del mismo color.

Me recogí el pelo en dos coletas y así salí a la calle. Respiré hondo y corrí hacia el lugar de encuentro. Luis fue el primero en llegar. Al parecer ya tenía pensado hablar conmigo a solas.

-No sabes como me alegra verte.

-Y a mi verte a ti.

-¿Cómo estás?

-Creo que bien. Lo estoy intentando.

-Eso es lo que realmente importa.- me rodeó tan fuerte con los brazos que por un momento tuve la sensación de estar abrazando a uno de mis ositos de peluche.- Estaba muy preocupado.

-Creo que nadie pensaba que saldría de esta. Creo que ni siquiera yo pude ver la luz al final del camino hasta mucho después de lo que todos esperaban.

-La verdad es que creo que a muchos de nosotros nos faltó poco para perder la esperanza.

-Ahora estoy bien. Soy la misma de antes, solo que esta vez, si vuelve a ocurrir, si me vuelvo a enamorar, lo haré bien. Será el de verdad.

-¿No eres un poco joven para pensar en el hombre definitivo?

-¿Por qué? Al fin y al cabo siempre he creído en él. La próxima vez le conoceré en algún lugar fuera de las paredes del instituto, por si acaso.

-Como me alegro de que estés mejor.

-Y yo. ¿Qué están haciendo los demás que no llegan nunca?

-Ya están en la cabaña. No te dije nada cuando viniste porque primero quería que hablásemos.
Lo que yo decía.

Andamos hasta la cabaña hablando un poco de todo, cuando de pronto me vi llena de confeti. No tenía ni idea de donde había venido ni el porque hasta que oí a mis amigos reírse.

No hay dos...¡Sin tres! (04) ¡Lee esta historia GRATIS!