Cuando se te embarren las patas, emocionalmente hablando, límpialas en la piel de tu oponente. Eso demuestra tu poder absoluto al tiempo que intimida, y cuanto más intimidado esté tu oponente, menos posibilidades hay de que vuelva a atacarte.

Harry cuidó de mí toda la mañana. Haciendo té, sujetándome el pelo cuando hacía falta; o sea, cuando vomitaba, y tapándome con las mantas cuando me acostaba. A pesar de mi humillación y de que me encontraba fatal, adoré cada minuto. Él era muchísimo más de lo que había imaginado. Más maravilloso, más entregado, más bondadoso.

Esa mañana casi parecíamos un matrimonio de ancianos. Eso debería haberme provocado náuseas, pero no fue así. Me gustaba que se hubiera duchado en mi casa. Me gustaba que hubiera lavado allí su ropa, aunque fuera para librarse de las manchas y olores que yo había causado.

Su ropa estaba en la secadora, así que andaba por la casa con unos seductores calzoncillos negros. Me pregunté si una intoxicación provocaba fiebre, porque yo empezaba a arder cada vez que lo miraba. Tenía el estómago como una tabla de planchar, la piel clara y suave. Las piernas largas y esbeltas.

Lo había visto denudo antes, pero con el sexo dominando mi mente. Ahora que no tenía energías para saltar sobre él, podía apreciarlo como una obra de arte. Y lo hice. Era fuerza fluida y pura virilidad.

Se acerco a la cama y me miró con ternura. El pelo castaño  le caía sobre la frente, alborotado.

—¿Necesitas algo?

—No me iría mal algo de compañía —dije.

Él curvó los labios con expresión satisfecha.

—Encontré tu PDA debajo de un montón de revistas que, por cierto, tienen unos tests sobre relaciones muy interesantes. Deberías leerlos. He dejado el PDA en la mesa de la cocina. A la vista.

—Eres demasiado bueno conmigo —dije secamente.

—Podríamos interpretar esta enfermedad como una señal, ¿sabes?

—¿De qué ha llegado la hora de mi muerte?

—De que estás embarazada —dijo él tras reírse.

—Ni una palabra más sobre ese tema —me tensé—. No necesito estresarme con eso ahora.

—¿Tan terrible sería? —preguntó él.

—No voy a contestar a eso —porque si decía que sí, estaría mintiendo. Y no quería decir que no.

Eso nos llevaría a otra conversación muy distinta.

Suspirando, se sentó. Eso me permitió ver mi imagen en el espejo del tocador. Grité, horrorizada.

—Parezco un monstruo horrible —tenía el pelo revuelto y enredado. Manchas negras de máscara rodeaban mis ojos—. Tienes que irte —le dije a Harry—. Vete ahora mismo.

—No te preocupes —rió él—. No voy a venderle fotos tuyas al Tattler.

—En serio, tienes que irte —el mundo entero podría verme así, excepto Harry. Cualquiera menos Harry.

—Miranda, cariño, vomitaste encima de mí. Creo que es un poco tarde para preocuparte por tu aspecto.

Casi le pedí a Dios que me permitiera ser una de las almas afortunadas que muere de intoxicación alimentaria. Me tapé la cara con las sábanas.

—Estoy feísima.

Él me destapó y puso la mano bajo mi barbilla.

—Tienes aspecto de necesitarme, y creo que ésa es una de las cosas más bellas que he visto en mi vida.

Oh. Ladeé la cabeza y empecé a derretirme.

—Te compré un regalo en Florida. Pero tendrás que venir a mi casa si quieres abrirlo.

De ninguna manera iba a ir a su casa. Era demasiado personal. Demasiado… tentador. ¿Y si decidía que no quería marcharme de allí nunca?

Pero…

—¿Un regalo? ¿Para mí? —me atravesó un rayo de calidez. Como a cualquier persona normal, me encantaba recibir regalos—. ¿Qué es? ¿Un collar? ¿Una bola de cristal con nieve? ¿Sería un anillo?

—No voy a decírtelo. Tendrás que venir a verlo —puso la mano en mi estómago y lo acaricio suavemente—. He encontrado tu libro de la Tigresa. Es bastante curioso. La verdad, a mí me parece que ya has liberado a la tuya.

Cerré los ojos y saboreé la sensación de tenerlo cerca, tocándome. Halagándome. Disfruté, sin más.

—¿Qué te hace pensar eso?

—Eres fuerte. No aceptas tonterías. Estoy dispuesto a admitir que me has dejado hecho un guiñapo sangrante más de una vez. Dudo que permitas que no te valore como te mereces.

Sentí una paz sublime. Había pasado toda la noche despertándome con náuseas o con el ruido del teléfono. La voz de Harry parecía alejarse y volver. Me pareció oírle decir: «Incluso las tigresas tienen compañero». Después me dormí profundamente.

Beautiful mess (Harry Styles)¡Lee esta historia GRATIS!