Un pitido estruendoso e insoportable penetró en la oscuridad de mi mente, y no era el de mi PDA.

No había bebido alcohol, pero me sentía como si tuviera una insoportable resaca.

El timbrazo continuó taladrando mis oídos.

Maldito teléfono. Extendí la mano a ciegas, con la intención de lanzarlo contra la pared, pero no encontré nada más que aire. Para cuando me incorporé, el pitido se había acabado. Con un suspiro, volví a apoyar la cabeza en la almohada.

Dios, me dolía el cerebro. Y aún tenía el estómago revuelto.

—Muerte por alitas —farfullé. Había pasado gran parte de la noche doblada sobre el inodoro, vomitando. Había deseado morir, pero en algún momento decidí hacer acopio de coraje y seguir adelante. Empezaba a pensar que había sido la decisión errónea.

Empezó otra tanda de timbrazos.

Salté de la cama para librarme del infernal ruido y tropecé con las sábanas y caí al suelo. Debía ser otro reportero del Tattler. Habían estado llamando toda la noche, mientras yo vomitaba, para preguntar por mi «supuesta» relación con Harry, cuándo iban a nacer los trillizos y si habíamos fijado fecha para la boda. No había hablado con ellos, pero había oído sus preguntas por el contestador.

Estaba harta. Iba a decirle a quien fuera que se pudriera en el infierno. En el suelo, agarré el receptor.

—Hola —mi voz sonó áspera y ronca.

—¿Miranda, cariño? ¿Eres tú?

—Sí, soy yo —era mi madre. Eso incrementó mis ganas de acabar con todo—. Apenas.

—Suenas muy enferma.

—Lo estoy.

—Oh, cielos. Pensé que mentías cuando dijiste que te encontrabas mal en mi casa, pero decías la verdad y ahora estás peor. Eso me convierte en la peor madre del mundo por no haber…

—Estaba mintiendo —interrumpí—. Ahora sí me encuentro un poco mal.

—Bueno. Entonces no te entretendré. Sólo quiero desahogarme un poco antes de estallar. Ahora que sabes lo de Rachel, Jonathan quiere que la conozcas. Ya te diré donde y cuando. Y… he decidido que estábamos equivocadas, que Jonathan no es la clase de hombre que me engañaría.

—Mama, eso es…

—No, no. Es un hombre honesto. Y muy dulce. Ayer me regaló flores y pasamos una romántica velada juntos, cena, vino, y todo.

Seguramente la noche romántica se debía a los remordimientos de Jonathan. ¿Por qué no lo veía mi madre? Sentí otro retortijón de estómago y gemí.

—¿Ves lo que me hace ese tipo de conversación, mamá? Me dan ganas de vomitar.

—¿Quieres que vaya a cuidarte? Llevaré sopa. Creo que tengo una lata de sopa de pollo. Y si no, seguro que hay de tomate.

—Ay, Dios —me puse la mano en la boca—. ¿Intentas asesinarme? Nada de sopa. No vuelvas a mencionar la sopa. Estoy bien. La gente no se muere de una intoxicación alimentaria.

—Claro que sí —afirmó ella—. Todo el tiempo.

—Gracias, mama. Es justo lo que necesitaba oír.

—¿Estás segura de que no quieres que vaya?

—Segurísima.

—Entonces te dejaré descansar.

—Espera. Sé que quieres pensar lo mejor de Jonathan. Yo también. Pero también quería pensar lo mejor de Richard.

—No es lo mismo. No son el mismo hombre.

—Ahí es donde te equivocas. Sí son el mismo hombre. Todos los hombres son el mismo —excepto Harry. Quizá—. ¿No te acuerdas de papá? Sólo era una niña pero recuerdo las noches que llegaba tarde y a sus «socias de trabajo» —en cambio, mi madre, había simulado no darse cuenta—. Y viste como yo excusaba a mi marido. Viste como sufrí, ¿por qué te expones a pasar por lo mismo?

—No tenemos pruebas —dijo ella a la defensiva.

—Lo vi. Lo vi con una mujer.

Siguió un silencio. Un gemido. Un sollozo.

—¿Quién? ¿Qué hacían? ¿Qué aspecto tenía?

Me pasé la mano por la cara. No era buen momento para tener esa conversación, pero era inevitable.

—Era Nora Hallsbrook, su secretaria.

—¿Qué hicieron? —preguntó ella.

—Hablaron y olieron aceites perfumados.

—¿Eso es todo? ¿Nada sexual?

—No. Esta vez no, pero…

—Ahí lo tienes —interrumpió mi madre con alivio—. No está acostándose con ella. Estaban trabajando.

—¿En su casa? ¿Con aceite de masaje?

—No se acuestan —insistió ella con desesperación.

—Mamá…

—Tengo que irme, cariño —colgó.

Moví la cabeza. ¿Por qué se empeñaban las mujeres enamoradas en excusar a sus maridos? Incluso las que ya habían sufrido engaños antes, como mi madre.

—Tu madre me recuerda a la mía.

Giré en redondo. Un error, porque mi estómago volvió a contraerse.

—¿Qué estás haciendo aquí? —gemí.

—No podía dejarte así —dijo Harry—. Intenté quitar el sonido al teléfono, pero el aparato se resistió. Es tan testarudo como su dueña. Y no quise contestar y darle más munición al Tattler. Ven, te ayudaré a volver a la cama.

Se acercó y me rodeó con sus brazos. Se había quedado para cuidar de mí. Sólo los hombres de las películas hacían eso. Richard se habría marchado, alegando que no podía permitirse que le contagiara lo que fuera. En ese momento me sumergí aún más en el hechizo de Harry.

Aventura sin sentimientos. Por lo visto nunca iba a conseguir tener una de ésas.

Beautiful mess (Harry Styles)¡Lee esta historia GRATIS!