Capítulo 5 - Un secreto muy bien guardado

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Entramos al interior y, con sumo cuidado, me deslicé para colocarme detrás del esbelto cuerpo del muchacho: sabía lo que hacía.

Cuando alcé la cabeza para ver lo que se nos presentaba, pude ver un grupo de gente, no muy numeroso, ataviados todos con ropajes desgastados, negros, y hombreras rojas y oscuras. Todo tenía un aspecto muy sobrio y tenebroso, lleno de suciedad y polvo, que se mezclaba y movía a  nuestro alrededor como dedos espectrales. En las paredes había arañazos, como si por ahí hubiera pasado una manada de animales hambrientos, salpicaduras de sangre por aquí y por allá, manchas de algún desdichado que se había arrastrado pesadamente hasta morir en algún punto de la habitación.

El lugar era una mezcla de sala de interrogatorios, con una única mesa en el centro, sin iluminación alguna; y un psiquiátrico, con todas esas caras que te miraban; aunque más bien eran puntos claros en sus oscuras y realistas formas etéreas.

Uno de los integrantes, con pelo largo, grasiento, negro y tapándole completamente los ojos, asintiendo con la cabeza, se acercó lenta y misteriosamente hacia nosotros, elevando a Isis en el aire para transportarla a una especie de camilla.

-¿Quiénes sois vosotros y qué le vais a hacer? -dije sin poder contenerme.

‘¿No te puedes estar ni un solo minuto en silencio?’.

 Dios mío, ahora oía voces en mi cabeza, todo esto me estaba afectando demasiado.

‘No te beneficiará en nada, la clave está en tí'’

Me llevé las manos a la cabeza, cerrando los ojos con fuerza. Mis oídos chirriaban de una manera exagerada, formando un pitido sonoramente molesto en lo más profundo del tímpano.

¡Fuera de mi cabeza, monstruo!

Su risa era estremecedora, como cientos de búhos ululando a la vez en un bucle sin fin.

‘¿Eso crees que somos? ¿Monstruos? A nosotros no nos quieren ni en el cielo ni en el infierno. Existimos y a la vez no y sólo nos mostramos aquí, donde podemos pagar nuestro precio por ser corpóreos. ’

¿Precio? ¡Todo era una trampa desde el principio!

‘No te confundas niña. Una vez fuimos personas normales y corrientes, pero nos metimos donde no debíamos y lo único que conseguimos fue que nos convirtieran en esto. No cometas el mismo error que nosotros. Vuelve a casa ahora que puedes.’

Jezebel me tiró del brazo en dirección hacia afuera de la casa y, sin oponer resistencia, salí de toda aquella locura.

Seguimos la marcha hasta que se acabó la poca luz de la tarde que quedaba y nos instalamos cerca de un pequeño saliente, a las afueras del pueblo. En el horizonte se podía ver cómo el Sol caía, con su halo dorado, en la profundidad del bosque. Me senté, con los pies ligeramente doloridos por las zapatillas, con la espalda apoyada en la fría y mohosa piedra. Abrí la mochila, que había llenado con provisiones para el viaje, y de ahí saqué una vieja manta de terciopelo, olvidada en el fondo de la bolsa.

Mientras sacaba algunas barritas energéticas y algo de pan con mermelada que me había quedado del día anterior, observé disimuladamente a Jezebel, que cogía un mechero del bolsillo y lo activaba, povocando la combustión en un trozo de madera.

-Que descanses, Adrienne–Articuló mientras se tumbaba entre bostezos –Intenta dormir todo lo que puedas.

Asentí, preocupada, y le ofrecí la manta, que rechazó con tozudez. Me quedé mirándole un rato, viendo cómo su pecho subía y bajaba al ritmo de su calmada respiración.

Sinceramente, tenía un poco de miedo ya que nunca había dormido a la intemperie, así que, cuando él decidió acostarse, me acerqué un poco al lugar donde yacía, más cercano al fuego, y le cubrí con la manta para que el calor se quedara en nosotros. Poco a poco fuí cerrando los ojos, cayendo en un sueño que deseara que no tuviera fin, donde mi padre, mi madre, mi hermano, Gawen, Kael, las chicas... todos estaban ahí, para recordarme  por qué estaba haciendo esto.

La luz del alba irrumpió mi estado de descanso, penetrando mis párpados y haciendo que pestañeara más veces de lo usual. Todavía medio dormida y con la manta hasta el cuello, giré la cabeza y me sobresalté al ver a Jezebel, ya desperezado, apoyado en una gran roca, mirando al frente serio y observador.

-Buenos días - articulé con la boca seca mientras me incorporaba, incapaz de levantarme aún.

Él giró la cabeza y me miró directamente con sus ojos infinitos como un mar en tempestad.

-Buenos días. - Tenía la cara un tanto demacrada, con ojeras que desdibujaban la forma de sus ojos, y su pelo estaba revuelto y lleno de hierbajos, que revoloteaban al ritmo del aire.-¿Has dormido bien?

-No, pero he descansado lo suficiente. ¿Y tú?

-No duermo demasiado, prefiero hacer guardia durante la noche. -En ese nomento me dió un poco de lástima: no sólo bastaba con que fuera mi guía, sino que también tenía que perder horas de sueño para hacer guardia. ¿Quién era él realmente y por qué me ayudaba sin pedir nada a cambio?

Más tarde, ya todo estaba recogido y preparado para seguir, así que caminamos y caminamos hasta que empezó a soplar un viento intenso, que me impedía abrir los ojos.

-¿Jezebel?

-¡Por aquí!- gritó entre aullidos del viento.

Encontramos cerca una cueva que usamos como cobijo del temporal, silenciosa y lóbrega. Jezebel cogió la linterna de la mochila, que encendió tan rápidamente, que dañó mis sensibles ojos.

Haciéndole un gesto rápido con la mano, le indiqué que siguiéramos caminando por el pasadizo: podríamos encontrar algo de provecho, aunque fuera un poco de yesca para mantener un fuego decente.

-¿Pero qué...-señaló algo a seis pasos de distancia de nuestros pies, que relucía como un árbol en llamas: otro cadáver.-Debemos irnos de aquí, rápido.

-No, Jezebel. Esto puede ser la respuesta a todas mis preguntas.

-¿Qué es lo que no me habéis contado? ¿Qué es lo que tramáis vosotras dos?

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