Capítulo 4 - Nadie dijo que sería fácil

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-¿Qué?-gritó Gawen por el auricular- Voy a ir contigo, Ann, sabes que no te voy a dejar sola.

Con los ojos llorosos le contesté; Realmente quería que me acompañara, como siempre hacía, pero no podía involucrarlo en esto,  no a él.

-Gawen...E-enserio no te preocupes, estaré con una amiga.

Bufó indignado a la vez que me despedía: La marcha iba a empezar.

Tras horas y horas de viaje en la camioneta roja de Isis, llegamos por fin y me di cuenta de que no todo lo que se comentaba era cierto, ya que el lugar se encontraba bastante animado después de la puesta de sol: delicadamente alumbradas por farolas, las calles se adornaban con luces y florituras para atraer la atención de los visitantes. A pesar de eso, era muy sencillo y hogareño, aunque no era tan pequeño como pensaba, de hecho, había bastantes lugares que ver.

-¿Qué buscaba tu hermano aquí, exactamente?

-Si mi hermano tenía interés en venir debía de ser algo gordo.-apreté los puños recordándole, con una nueva oleada de ira.

Pasamos la noche en una pequeña habitación de un motel cercano. Subiendo las escaleras me quedé mirando a un joven muy apuesto, que me atacaba feroz con su plateada mirada. Por un momento pensé que le conocía, pero deseché la idea al instante al ver que se acercaba a una chica cerca de la barra y la cogía por la cintura de avispa, algo que no me sorprendió ya que nadie reparaba en mí, y él no iba a ser menos.

Reemprendimos la marcha al alba, descansadas y preparadas para todo. No sabíamos por dónde empezar a buscar, así que dimos un pequeño paseo. Por el rabillo del ojo, pude percibir que un chico nos seguía y, al girarme, pude admirar su enmarcado rostro: le había visto antes.

Me quedé cara a cara, mirándole a sus grises y profundos ojos, los cuales, reflejaban una tranquilidad contagiosa.

-¿Puedo ayudarlas en algo, señoritas? -Dijo con una relampagueante sonrisa. Isis me miró desconfiada.

-Podemos valernos nosotras mismas, gracias –le aclaré.

Mientras se acicalaba encantadoramente sus delicados rizos color petróleo, mi mirada se posó en un símbolo que llevaba estratégicamente tatuado en el interior del antebrazo, detallado con afán, en el que no me había fijado la noche anterior. Nos llamó misteriosamente la atención, ya que poseía unos símbolos bastante parecidos a los de mi familia, cosa que lo hacía extrañamente conocido.

Miré rápidamente a mi compañera y por su mirada, sabía que algo había detrás de ese tatuaje, aunque bien podía ser un tatuaje cualquiera. La curiosidad, el temor y la venganza se adueñaron de mí, y en ese momento, me sentí un tanto estúpida pensando que podía fiarme del muchacho.

-Puede que nos seas de ayuda, estamos un poco perdidas. ¿Podrías mostrarnos un poco el pueblo?

-Por supuesto-dijo alegre, empezando a caminar-¿De dónde venís? Si puede saberse, claro.

-Somos de bastante lejos.- dijo mi amiga.

-Hemos tardado una eternidad en llegar. Yo soy Adrienne y ella es Isis.

-Encantado de ayudaros, yo soy Jezebel.- un nombre que no le hacía nada de justicia, demasiado angelical para ese porte- Conozco este sitio como la palma de mi mano, es demasiado despiadado para que un par de jovencitas extranjeras como vosotras se paseen como modelos.

 - Veo que no sueles recibir a muchos visitantes, ¿Me equivoco? - reí con ironía, y con un toque de persuasión, proseguí. - Nos gusta mucho viajar, sobre todo si descubrimos algún que otro secretillo relacionado con las leyendas, ¿Nos podrías deleitar con alguna de por aquí?- e hice un ademán teatral que le hizo alzar la ceja y sonreír.

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